Lectura en voz alta

Por Ángeles Favela

El pasado jueves se llevó a cabo, por primera vez, en Literálika, el evento Lectura dramatizada. Gracias a las voces de los actores Rubén González y Delia Garda, veintitrés autores tuvieron la experiencia de ser público de sus propios textos. “Fue una sensación intensa e interesante”, se escuchaban comentarios así al final del evento. Luego, otra experiencia interesante fue cuando los actores iban uno a uno conociendo a los autores de los textos: era como ir poniendo rostro a las palabras que minutos atrás se habían leído. Antes de la lectura el único hilo que los unía (actores & autores) eran las líneas que formaban cada obra, y que cada uno había concebido con una idea personal y propia, la entonación y forma de los textos.

Borges, lector ejemplar que a lo largo de su vida fue perdiendo la vista, decía que a pesar de su ceguera seguía descubriendo textos, pero ahora a través de las voces de quienes leían para él. 

La lectura en voz alta es un deleite que pocas veces disfrutamos, y digo disfrutamos porque el goce es como volver a la feliz etapa de la infancia cuando alguna vez alguien leía para nosotros. Los lazos afectivos entre padres e hijos se estrechan por muchas razones, una de ellas es a través de esos momentos de lectura compartida en los que la voz representa una forma de afecto y relajación antes de dormir. 

No solo los niños se benefician por la lectura en voz alta, para adultos que escriben, no hay mejor forma de corregir los propios textos que dedicar tiempo a leerlos en voz alta; los errores o fallas de sintaxis y gramática saltan cual palomitas de maíz a la hora de escucharlos. Pero aún hay más beneficios al respecto: la lectura en voz alta es un gimnasio mental que puede prevenir enfermedades neurodegenerativas o, por lo menos, disminuir su velocidad de avance. La lectura en voz alta nos obliga a aumentar la atención y eso equivale a oxígeno extra suministrado al cerebro. 

La memoria es más que nada auditiva, para comprobarlo basta con intentar memorizar algo sin repetirlo en voz alta, ¡es prácticamente imposible! Por lo tanto, ahí tenemos un beneficio más de la lectura en voz alta: estimula la memoria. Por cierto, en la actualidad se ha perdido el hábito y la habilidad de recitar versos que se han memorizado, qué maravilla escuchar cuando alguien sorprende con ello a su auditorio. 

Por último, la imaginación se activa y ejercita cuando nuestro cerebro atiende a las lecturas en voz alta. Escuchar la voz de un buen lector nos permite viajar hasta las entrañas de una historia, hasta el suelo de una descripción magistral, hasta mirar el rostro de alguien que transita en un relato. Escuchar un relato hace posible percibir el aroma que viaja a través del viento que habita en un cuento. 

Quizá, escuchar un verso en voz alta es convertirnos un poco en el poeta que ha creado esas líneas capaces de mover las fibras de nuestros propios sentimientos.

hola@literalika.com

Un cuarto propio

Por: Lorena Morales

En su célebre libro “Un cuarto propio”, Virgina Woolf afirma que “una mujer debe tener dinero y un cuarto propio si desea escribir ficción”. Dentro de todas las implicaciones de esta frase [1], la parte que deseo rescatar y subrayar es la necesidad de tener una habitación propia, la cual visualizo más que como un espacio físico, un área en nuestro interior a la cual acceder para crear.

Así, tener una habitación propia es poseer la capacidad de introspección, de crecimiento personal que, a su vez impacte en la vida hacia afuera: pareja, hijos, familia extensa y amigos. Un espacio de innegable importancia si se quiere trascender en la vida.

Escribir y ampliar la propia habitación interna van de la mano. La escritura tumba muros innecesarios, abre ventanas, ilumina rincones clausurados y los convierte en áreas no solo habitables, sino agradables para uno mismo y para el mundo. Escribir permite también decorar habitaciones simples y vacías para dar paso a una morada más interesante, fuente de creatividad y nuevas perspectivas.

La aventura de escribir es solitaria, pero conecta con otros y, si se comparte, crea puentes firmes e irrompibles por donde pueden transitar vivencias con más carga.  Al compartir con otros mundos nuestros escritos, cartas o relatos de viajes, surge una empatía que genera lazos sólidos de complicidad y, a la vez, de responsabilidad con el otro.

Escribir impulsa y genera cambios; nadie que escriba desde el corazón puede permanecer igual. Y compartiéndolo, esos cambios toman fuerza y se potencian.

Estas reflexiones surgen al haber tenido la oportunidad de impartir el Taller de Escritura Expresiva a un extraordinario grupo de mujeres en Literálika.  Caminamos durante un semestre llevando a cabo un proceso de crecimiento individual y grupal sumamente interesante.

Por un lado, es de vital importancia –ahora sí siguiendo el sentido de la cita de Virginia Woolf—el tener un cuarto propio, un espacio en algún rincón acogedor para escribir en soledad de manera cotidiana.  Y, en esta particular experiencia del taller de escritura, tener otro cuarto compartido, donde escribir en compañía.

Ambas habitaciones se complementan brindando oportunidades de tremendo aprendizaje y de emocionante aventura donde podemos entrar a trabajar en nuestra propia habitación interna e ir compartiéndola a las demás.  Se da un proceso gradual en el que el clima de confianza y respeto promueve la apertura. Reconocer en las demás historias un eco a las propias vivencias, nos va acercando y haciendo que nos sintamos menos solas.

La heterogeneidad de edades, vivencias y personalidades, enriquece y promueve que cada participante tome un importante rol en el grupo.   En este caso, todas éramos mujeres, un común denominador que, por un lado, nos daba un hilo conductor con el que se tejía una red entre todas las historias y, por otro, se acentuaban las diferencias de enfoques ante el tema propuesto en cada reunión.  Era como si nos prestáramos los lentes de cada una y experimentáramos observar la vida con diferentes prismas.  Al mismo tiempo, se fue creando un lenguaje propio alimentado por las frases y comentarios que resonaban y ampliaban la paleta de colores para pintar las propias experiencias.

Leyendo el recuento que hace Virginia Woolf de la desafortunada vida que les ha tocado a la mayor parte de las mujeres a lo largo de la historia respecto a la práctica de la escritura, no puedo más que agradecer que vivamos en una época en donde las mujeres podemos no sólo hacer un espacio en nuestro interior, sino escribirlo y compartirlo con libertad.

En “Un cuarto propio”, Woolf habla de las mujeres que han escrito ficción y que han tenido la presión de alterar sus valores “en obsequio de la opinión ajena”.  Para liberar ese yugo, el camino de la escritura expresiva regala un ambiente libre de juicios y deseos de agradar.  Es un medio propicio para ir soltando amarres y dar fuerza a las propias ideas.  Es una vía para mejorar la seguridad y autoestima. Es una oportunidad de resignificar el pasado y planear con mayor esperanza el futuro.

Animarse a practicar la escritura expresiva, sin la presión de producir una obra terminada –pues el ejercicio de la búsqueda interior es permanente—se convierte en algo liberador, e incluso divertido.  Y claro, puede ser un trampolín para incursionar en otros campos de la escritura más adelante, en verdad, no hay límites… Como diría Virginia Woolf “no hay puertas, ni cerraduras, ni cerrojo que cierre la libertad de mi espíritu”.

[1] Tenemos que ubicarnos en el contexto de la vida de Virginia Woolf, la cual transcurrió principalmente en el periodo entreguerras, en una Inglaterra donde la voz de las mujeres no era escuchada, no tenían derecho a tener posesiones y, al no tener libertad económica, dependían por completo de los hombres incluso para tener un espacio para explorar y compartir sus ideas.

hola@literalika.com

Noticias del imperio

Por Ángeles Favela

Hace once días falleció el escritor, dramaturgo, dibujante y podría decir diez oficios más, Fernando del Paso, quien en 2015 ganara el Premio Cervantes, máximo galardón en letras en español.

Fue una casualidad que en esos días del premio, yo me encontrara en España y, recuerdo con gusto llegar a un quiosco a buscar algún periódico, y verlo a él en todos los encabezados. Era un mexicano al que poco conocía. Ese fin de semana entre paradas de museo y cafés madrileños leí Noticias del imperio (1987). Mi lectura fue a modo de disfrute como a veces hago con algunos libros, en él relata la trágica historia de Carlota y es a la vez una fotografía de la época del imperio de Maximiliano. Fernando del Paso construyó esta obra cediéndole voz a un personaje quien desde su locura va exhumando recuerdos que inician desde su origen familiar y van girando en torno a su amado esposo fusilado.

La voz de Carlota es desgarradora. Una mujer que vive entre la cordura y los desvaríos. El amor y las circunstancias la trajeron a México para dejar una huella imborrable. Años después tuve la oportunidad de admirar una puesta en escena con los monólogos de la mujer protagonista de la novela, una voz llena de poesía, fuerte como su propia locura. He aquí algunas frases sueltas que resuenan en Noticias del Imperio. Fernando del Paso creó para Carlota una voz indeleble:

“La historia y yo, Maximiliano, que estamos vivas y locas. Pero a mí se me está acabando la vida.”

“Soy yo la que cada día invento de nuevo el mundo.”

“Porque si es mi condena también es mi privilegio, el privilegio de los sueños y el de los locos, inventar si quiero un inmenso castillo de palabras, palabras tan ligeras como el aire en que flotan.”

“Es desde siempre que yo soy todas las voces, la voz tuya y la de tu conciencia, la voz del rencor y de la ternura, la voz que un día, y más por compasión hacia mí, que por amor a ti, puede transformarte de nuevo en el Rey del Universo.”

Noticias del imperio es una novela histórica. [Fue durante la primera mitad del siglo XIX que surge en América Latina el género de la novela histórica, quizá influencia de autores europeos como Alejandro Dumas y William Scott.] A pesar de que es imposible llegar a conocer con certeza absoluta una verdad histórica, del Paso muestra un México que huele a México. En nuestro país y en todos los lugares del mundo hay hechos transcendentes en su historia y Carlota y Maximiliano lo fueron para el nuestro. La historia objetiva no existe, cada relato es una versión de una pluma, pero los hechos históricos en México entre 1861 y 1868 están presentes en la novela, cuando Napoleón III envía un ejercito de ocupación con el fin de establecer una monarquía católica europea, pero el destino fue trágico para los efímeros Emperadores de México.

hola@literalika.com

Escritura creativa en la infancia

Por Ángeles Favela

En la primera infancia es indispensable oír, tocar, oler, gustar, así como también lo es imaginar. No importa que esto suceda por algunas casualidades o por prácticas buscadas por los padres y recreadas por el entorno. Cuando estas actividades no existen, la naturalidad de los primeros años se ve mermada poco a poco.

La expresión y, además, saberse escuchado, son dos elementos imprescindibles en la formación las personas.

Es en los primeros años cuando tenemos contacto con casi todo: con los valores que habrán de regir nuestra vida, y con las actividades que nos ponen en contacto con las artes. Es en la infancia cuando por primera vez exploramos, de tiempo completo, la creatividad.

Y más tarde, mientras vamos desarrollando el uso del lenguaje, ejercitamos también diversas capacidades cognitivas en beneficio de distintos tipos de inteligencia: espacial, matemática, musical y temporal. No es lo mismo, ser el receptor y escucha de los conocimientos que los maestros vierten sobre los alumnos, a los niños que van creando su propio conocimiento y acervo de lenguaje.

Al mismo tiempo, los niños que viven la experiencia de la escritura creativa potencian su desarrollo emocional.

Un niño que escribe historias aprende a tomar decisiones, a ser empático, a buscar la justicia, a tocar la esperanza, y a ponerle nombre a las emociones y sentimientos en su interior o en el interior de sus personajes.

En esta etapa poco importan los errores gramaticales o la sintaxis; lo que debemos buscar en primera instancia es la fluidez y la libertad de expresión. Daniel Cassany argumenta que la escritura va más allá que conocer reglas gramaticales y ortográficas; el área a desarrollar es la creatividad a través del lenguaje escrito.

De unos años para acá he preguntado a cientos de personas acerca de sus sueños secretos, quizá porque a lo largo del tiempo, los míos iban pesando cada vez más. Me sorprendía cada vez que escuchaba la coincidencia entre mucha gente, con tres de ellos: para quienes no lo hacen, bailar, cantar y escribir, representan sus sueños secretos.

Desde niña la escritura ha sido mi eterna acompañante. En los momentos más difíciles o más plenos, o más solitarios, o en el aturdimiento entre multitudes, la escritura ha sido un ancla entre el suelo y cada uno de mis pasos. Pero el sueño de cantar y de bailar, sembrado en mi infancia, quizá en algunas breves actividades corales del colegio y presentaciones artísticas, me reclamó muchas veces por mantenerlo guardado.

Los sueños, ya lo he comprobado, son de larga duración y resistentes al paso del tiempo. Poco a poco van tomando fuerza y voz para reclamar nuestra atención de maneras más frecuentes y potentes.

Ojalá que cada vez haya más niños abonando las semillas de lo que será parte de su vida cotidiana y, por supuesto, personas con menos sueños secretos. Que el proyecto de escribir historias sea para muchos, una actividad realizada, bien hecha y por supuesto, bien acompañada. Aquí, en Literálika, a eso dedicamos nuestros conocimientos y esfuerzos.

hola@literalika.com

Conversaciones frente al mar

Por Ángeles Favela

El entorno natural en el que se desarrolla la vida nos regala a los seres vivos, sus maravillas. Una de ellas es el mar. La mar para unos. Grandes poetas y novelistas lo han utilizado como marco de historias entrañables. El enigma y el asombro que despierta puede encaminarse a historias de introspección, expediciones, viajes, submarinos.

De manera individual ¿cuántas conversaciones podríamos entablar con ese Don Señor Mar?

De cuándo fue que lo conocí por vez primera, bien a bien no lo recuerdo. Quizá, aún siendo niña las plantas de mis pies acariciaron la frescura de la arena y pareciera que lo conozco desde siempre, o tal vez, en las historias que me leían mis abuelas, el mar estaba ahí, entre frases y dibujos. Lo cierto es que su grandeza ha sido para mí siempre motivo de asombro. Debo confesar que nunca he podido contener la emoción que me inunda cuando estoy a punto de mirarlo de nuevo, es como si la cercanía de su aroma, la sonoridad de sus olas estrellándose contra las rocas y el parloteo de las gaviotas, le avisaran a mi pulso que debe acelerarse.

¿Será que su grandeza me devuelve al vientre de mi madre? ¿Será que me siento extraviada acá afuera?

Aunque pasaran años sin verlo, a lo lejos podría reconocer su voz, pero eso es lo que menos deseo.

No podría vivir sin él: fue en la orilla de una playa donde cayó mi primer diente; un día, por su culpa (así fue mi razonamiento infantil) me olvidé del sol y sus efectos, mientras en la arena escribía cientos de pequeñas palabras y figuras para ver cómo sus olas las sumergían para llevarlas a explorar en las profundidades; el mar ha acompañado a los personajes principales en las mejores historias que he leído. Quizá, sin pensarlo, lo he tomado a manera personal como confidente atento de mis íntimos secretos.

Infinidad de veces, aún careciendo de palabras el mar me ha dicho tantas cosas, hemos charlado por horas, días y noches enteras.

El mar resonará en mis oídos. Los pétalos blancos se oscurecerán con agua de mar. Flotarán por un momento y luego se hundirán. Llevándome sobre las olas me echaré encima. (Las Olas, Viginia Woolf)

Fue en sus entrañas donde un día supe lo que era el miedo, en la voracidad de su marea la vida significa también supervivencia; en él, un instante es un abismo y también la vida entera.

A la orilla del mar he tocado la orilla del viento, sí, la orilla del viento. He sido testigo de cómo el sol se funde en la superficie y de cómo la luna se estrella en él cual imagen astillada.

Necesito del mar porque me enseña

no sé si aprendo música o conciencia

no sé si es ola sola o ser profundo

o sólo ronca voz o deslumbrante

suposición de peces y navíos. (El mar, Pablo Neruda)

hola@literalika.com

Réquiem

Reseña de El olvido que seremos, de Héctor Abad Fasciolince.

Por Demetrio M. Velasco

Compartimos con todos los seres vivos el instinto de conservación, de la vida propia y de la especie. El deseo de trascender el tiempo y el espacio, es solo humano, y es diferente al instinto de supervivencia. A veces, se sacrifica la vida para trascender o se trasciende, sacrificándola. Podría decirse que es un meta-instinto, el de trascender. Para los que tienen fe la trascendencia se da en un mundo más allá de la muerte, en el paraíso con sus múltiples nombres, o en la reencarnación; pero para los agnósticos y los ateos la trascendencia se da en el recuerdo de las acciones durante la vida. Es una lucha desigual contra el olvido que trae el tiempo.

La novela de Héctor Abad Faciolince es un réquiem; una composición para buscar el descanso del muerto y de los deudos. Por eso el ajuste de cuentas con la sociedad de Medellín que propició su muerte prematura; y la mención de todos los personajes de la tragedia, con nombre y apellido. Es al mismo tiempo un reclamo y una búsqueda de justicia histórica, ya que la justicia-justicia es inalcanzable, en este caso porque los asesinos materiales e intelectuales formaban parte activa del estado colombiano encargado de impartirla. También es un esfuerzo por la trascendencia de su padre; para que el recuerdo de sus acciones se extienda un poco más allá de la penumbra del olvido que el tiempo esparce inevitablemente sobre todos; para que su sacrificio no haya sido en vano.

Tardó 20 años, en escribirla. Requirió valor y mucha decisión, seguramente. Valor para sustraerse al miedo de la venganza que los poderosos pudieran tramar para callarlo; pero también para afrontar otra vez el dolor, la pérdida y la injusticia de no saber siquiera quién lo mató. Debe haber sido un ejercicio duro; recordar todo otra vez, investigar los detalles, conectar los puntos. Puedo también imaginar el mar de nostalgia que debió invadirlo por meses al vaciar al texto los recuerdos de la infancia, las reflexiones, la imagen del padre, el esfuerzo por hacer una pintura realista, justa, y evitar la trampa de convertirlo en una estatua de papel. Y seguramente debe haberlo atormentado también la idea de que este libro lo volvería a él un autor famoso a costa de la historia de su padre.

Un comentario de Coetzee la define como biografía novelada, y mi primera impresión fue la de estar leyendo una auto-ficción, porque es el autor quien aparece al centro del relato; pero no pude encontrar más de un elemento que no fuera real: el gringo que visitaba a su padre, Richard Saunders, y su fundación Future for the Children. Una búsqueda rápida en internet no arroja ninguna fundación con ese nombre, y de los muchos Richard Saunders que aparecen sólo hay uno relevante: un australiano miembro de una asociación de escépticos.

Escrito en un lenguaje simple y directo, no exento de alguna palabra dominguera aquí y allá, el texto es un poco empalagoso al principio; sin embargo, logra trasmitir la tristeza y la desolación que el autor experimentó al perder a dos de sus familiares directos, tanto que en no pocas ocasiones me arrancó uno que otro suspiro y empujó un par de lágrimas.

Las siete treinta y cuatro

Por Alejandra Sandoval

Abro los ojos al tiempo en que el sol se asoma por el filo del marco de mi ventana, la casa me abraza serena. El reloj marca las siete treinta y cuatro. Con mis dedos entrelazados atrás de mi cabeza sonrío, recordando la noche anterior en que había logrado desenredar momentos de un luto engarabatado al pensamiento. Me levanté de la cama y al bajar las escaleras me descubrí con palabras nuevas de un sueño. Tarareo una canción mientras me dirijo a la cocina, en donde busco entre la canasta de frutas algo con que iniciar mi día. La más grande de las toronjas es la elegida. La coloco en mi plato y con un buen cuchillo afilado en mano, inicio la operación. La secciono en dos mitades perfectas, para después cuidadosamente fraccionarla, separando la membrana amarga de la pulpa sonrosada dulce, ácida y jugosa. Me gusta sostener la mitad en mi palma, como si fuese un tazón engranado a mi mano, tal como siempre, desde que recuerdo, como mis padres la comían. Ese repetitivo y cotidiano momento, activó un gatillo dentro de mí cabeza. En ella despertó una voz recordando a mi conciencia “hoy es sábado” y eso automáticamente me hizo sentir que debía llamar a mis padres. Por ese par de segundos en que mi cuerpo se dirigió al teléfono, me petrifiqué por minutos. La toronja escurría en mi mano mientras yo sollozaba como una niña. Me topé de frente con un vacío que más tarde nombraría “la ausencia tocando mi pecho” lo hice después de leer a mi hermana Cokis, quien a 450 km de distancia escribió esa misma mañana una carta al cielo, una carta a nuestros padres.

Unos meses después de ese día, Mi hermana Denise y su familia estaban de visita en Monterrey, desayunamos en familia unos chilaquiles acompañados de un café de olla campechaneado, el cual consiste en mitad de piloncillo mitad negro. Al finalizar ella me acompañó a dar una clase de baile flamenco, al grupo de amigas de mi hija. Al terminar la clase, salimos del salón y nos recargamos sobre el barandal observando el patio central que estaba a tres pisos abajo de nosotros. De maestra a maestra me dio varias recomendaciones, recuerdo que enfatizó lo relajada que me había vuelto en cuanto disciplina, y yo tomaba nota cuando de pronto sentí su mirada analítica clavada en mis ojos, y me dijo con esa su sonrisa, la que conozco y que tanto quiero

—Yo no sabía que todo esto lo iba a tomar de esta manera —nos quedamos fijas por un par de segundos y entonces lo entendí.

Nuestros padres nos habían preparado y nosotros ni cuenta nos habíamos dado. Llegar a esa conclusión llevó un par de meses. Aceptar que la vida sigue su curso, incluso cuando la atmósfera está cubierta de una increíble y soberbia desesperanza es como ser poseída por una amalgama de contradicciones que al final desembocan en la realidad de que todo forma parte de una rueda en el tiempo que no es estático. Me recuerdo implorando por un estruendo sobrenatural que se afanase en paralizar el casual transcurrir de los otros. No sucedió. Por ello cada día me levanté y seguí con mi trabajo. Cada uno de mis hermanos lo hicimos, como si todo hubiese sido parte de un plan. Recuerdo sentir lastima por el jugo de la toronja que se derramaba entre mis dedos aquella mañana en la que por unos instantes olvide lo inolvidable.

Absorbí de mi jícara-toronja lo que chorreaba desde mi mano, el sabor contrastaba con lo dulce de mis lágrimas, dulce como el olor de mi madre. Con un trapo limpié el piso y de un salto me senté en la barra, en una de las esquinas. Terminé mi toronja, con cara de puchero, a mis treinta y ocho, ¡si seré infantil! Cara de pato me decían de pequeña. Con el escalofrío del miedo recuerdo pensar en qué tantos detalles cotidianos desencadenaran el hábito de querer llamarles. Al terminar la toronja, saco de mi boca un pedazo de la membrana amarga, la dejo sobre cáscara a mi lado y me pierdo unos minutos en la imagen. Serán ciclos, aceptaré vivirlos dulces, agrios como vengan, tarde que temprano los nuevos recuerdos serán mayoría, y la vida misma será una fusión de quién fui y quién soy y de quiénes fui y de quiénes soy. Papá y mamá agradezco haberlos conocido.

Méjico

Por Javier Potes

Dios creó el mundo en cuatro días, el quinto dispuso a los animales sobre la tierra y, al sexto, a la mujer y al hombre. Descansó el séptimo día, pero durante el octavo se dio cuenta de que a su mundo perfecto le faltaban las regiones y los países.

Trabajó en orden alfabético. Hizo sus primeras pruebas con Alemania; le dio bosques majestuosos, orden, limpieza y cerveza. Se equivocó con el idioma, pero los hizo buenos para el futbol.

Siguió con Brasil, y se fue de extremo a extremo; le facilitó un clima cálido y una selva inmensa y desordenada. Los hizo amigables y con un idioma simpático; les surtió de samba y también de un futbol alegre y bonito.

Después forjó todos los demás países. Experimentó con la India un país espiritual; con Reino Unido un país gris; con Canadá un país light,y en Estados Unidos se dejó caer con intensidad. Pero no estaba satisfecho.

Un ángel que pasó a su lado lo vio pensativo y, sabiendo que Dios era el primer caso de Trastorno Obsesivo Compulsivo, le preguntó:

—¿Qué te pasa Dios?, has creado el planeta más perfecto del universo, con todo tipo de vida, paisajes hermosos, océanos sublimes, ¿qué más te puede faltar?

—No lo sé —contestó Dios—me falta un país diferente.

Por la noche los ángeles se dieron cuenta de que no habían ido al supermercado y tuvieron que inventar en la cocina, la ángel Lupita estaba furiosa por la falta de ingredientes, fue necesario improvisar. Tomó un chile verde que encontró en el centro de un país sin nombre entre Estados Unidos y Guatemala, lo abrió y “desvenó”, lo asó a fuego directo, dejó que se enfriara un poco y lo metió en una bolsa de plástico para que sudara. Al cabo de un rato lo sacó  y le desprendió las capas negras. Después preparó un relleno de carne que molió y preparó con jugo de tomate y después endulzó con cuadros de piña, duraznos en almíbar así como pasas, nuez y almendras molidas, todo en fuego lento, hasta que se coció la carne y con ello  rellenó el chile que había “tatemado”. Al final lo decoró con crema arriba y semillas de granada.
Dios preguntó qué era ese raro platillo, la ángel le dijo que no sabía, solo le advirtió que la cocinera había preparado ese chile “enogada”. No fue buena idea, se quedó pensando.

Esa noche Dios tuvo un sueño raro, aparecieron animales fantásticos de colores, música de guitarra con trompetas y violines, pirámides de piedra, en su sueño los vivos y muertos convivían y la comida era un arte; el fútbol no era un juego, era una fiesta; las estrellas fugaces volaban de la tierra al cielo explotando en supernovas multicolores; todas las personas se llamaban igual, los hombres “compadre” y las mujeres “comadre”, no eran prácticos ni disciplinados, eran rebeldes, ingeniosos y alegres. No buscaban la felicidad, vivían felices a pesar de habitar en un mundo que, años después, alguien describiría como surrealista.

Al despertar no podía creer lo que había soñado, para que no se le olvidara su sueño utilizó el único pedazo de tierra al que le faltaba ponerle nombre, y vació en él todo lo que había pasado por su cabeza la noche anterior.

—¿Cómo le vas a poner a esa tierra? —preguntó un ángel.

—Méjico —contestó Dios, pero un ángel le hizo notar que había usado todas las letras del abecedario para los demás países, menos la “X”.

—Está bien, ¡pongámosle México!

Cuento ganador del concurso Mis palabras por México.

Categoría adultos. Convocatoria de la Fundación El mundo escribe A.C.

50 años después de un 2 de octubre

Por Ángeles Favela

Una vez que se encendiera la bengala, de nuevo la historia avanzaría hacia una dirección equivocada. En ella todos perderían. Los pasos del 68, una movilización que quiso cambiar el rumbo de las cosas. Cincuenta años que no han pasado en blanco. Cincuenta, uno a uno sucediéndose del rojo al negro, del gris al amarillo caminando de la mano del circular tiempo.

Al llegar la noche una barbarie tomaría Tlatelolco, una bengala inauguraría la fiesta de la muerte para arrasar con los hombres y mujeres jóvenes de brazos fuertes y alzados. A la protesta habían llevado sus puños como un símbolo de unión y determinación. Para ellos la paz no necesitaba de armas, suficiente serían sus frases enérgicas y elocuentes. Buscaban paz, y se unían al deseo de los jóvenes de México y del mundo entero.

Esa noche todo lo necesario lo cargaban en su interior: eran sus voces, sus ideas, los ideales de un mundo mejor para todos, para sus hijos, por supuesto, los que aún no habían nacido, pero la noche del 2 de octubre del 68 se vistió de cascos verdes y rifles. Devoró a más de mil, primero decididos y luego, horas más tarde, desencajados rostros jóvenes.

La fiesta fue estruendosa, gritos, lamentos, órdenes, disparos, piedras, palos, uñas, dientes, cabellos, sangre. A la mañana siguiente el mundo entero fue otro. Una matanza había sucedido y al parecer nadie hablaría de ello.

Los muertos de Tlatelolco fueron “barridos” por las autoridades y cientos de estudiantes fueron presos en Lecumberri y otros en el Campo Militar número 1.

Madres de estudiantes lloraban en sus casas por sus hijos, había hermanos buscando a sus hermanos, padres enloquecidos por la desaparición de sus familiares. Había amigos. Cientos de amigos siendo solidarios entre ellos.

Por su parte, México debía estar listo para la siguiente fiesta, así que se esmeraba en los preparativos sin olvidar la calma para sus invitados internacionales. ¿Cuántos telegramas se habrán enviado para informar que después de la violencia de la noche anterior, las autoridades mexicanas garantizaban que la situación de seguridad en la ciudad de México estaba bajo control y que no existiría peligro alguno para “el honor de su visita” durante la próxima inauguración a los Juegos Olímpicos?

Para la gran celebración, la que el mundo aguardaba con ojos expectantes, ya estaban listos los cientos de guaruras escondidos tras los árboles de toda la Ciudad Universitaria.

El 3 de octubre, el secretario de Relaciones Exteriores y el jefe de Estado Mayor de Defensa, y hasta un noticiero de la mañana, informaron al mundo que había un día espléndido. “La perfecta paz” se dispersaba a través de los rayos del sol de aquella mañana de jueves, pero en algunas casas de la Narvarte no hubo un solo destello de luz que se atreviera a entrar por la rendija de ninguna ventana. Entre pausas de llantos, en aquellos hogares, un silencio invadía las paredes con las fotografías de sus desaparecidos.

La sombra de una bengala esparcía sobre sus techos cenizas de sueños, esperanza, planes rotos, y miles, millones de partículas minúsculas de libertad efervescente.

La belleza de la vida

Por Ángeles Favela

He aquí unos ojos bellos; el contraste de paz y serenidad en toda la extensión de una imagen. Un instante y una eternidad. Es la vida que se desborda; el retrato de aquellos los pasos recorridos y que aún en el silencio, en el eco, en la memoria, podrá escucharse aquella voz que no habrá de apagarse nunca: a donde quiera que vayas… la certeza del amor que ha de traspasar tiempo y fronteras.

Una imagen, un reflejo que es de todos: la condición de seres vivos susceptibles a la muerte. Nadie sabe cuanto ha de durar el viaje, pero ¡ah poetas!, la existencia de un poeta no se extingue nunca, seguirá por siempre tocando almas con sus versos.

He aquí una fotografía, símbolo de poesía, ese placer creado de lenguaje para el espíritu y el intelecto, para recordarnos que estamos vivos, con la posibilidad sensorial de tocar el universo entero.

He aquí el aspecto de un hombre que ha caminado un tramo largo con la decisión de sembrar y cosechar innumerables recuerdos. Ignacio Ríos Burns, el poeta que ha vivido. Un elegante bardo de esos que el mundo entero necesita para recordarnos de la mortalidad como una cualidad, como el aroma que ha de mantenernos diligentes, enérgicos, dinámicos.

He aquí un rostro con las huellas de su tiempo, con la hechura que ha dejado en sus descendientes, cual emblema del cariño que se fortalece.

Hay lazos que alimentarán a generaciones enteras, afectos que recorrerán como la savia en cada una de las nuevas ramas y, quizá, la belleza de la vida es sabernos mortales, ponderar, respetar y disfrutar nuestra historia y nuestro entorno. La existencia será por siempre un viaje: ida y vuelta en la continuidad que no concluye.

Termina el hombre, vive el poeta. “Ars longa… Vita brevis”

EN MI ULTIMO DIA

En mi último día

recordaré las leyes naturales

de nacer, vivir, morir y renovarse.

Emprenderé en silencio mi camino.

En mi último día

Océana seguirá su rotación en el espacio.

No cambiaran las normas de la vida.

En mi último día

seguirán su batalla la verdad, la mentira,

el amor, pasión y la lujuria

vibrando en ondas cerebrales.

En mi último día

vendrán conmigo almas de ancianos,

jóvenes y niños

reclamados por el tiempo destino.

En mi último día

nada se habrá perdido,

me llevaré en mi alma el amor ganado

y dejaré sembrado para siempre el mío.

Ignacio Ríos Burns (IRBE)