Las herramientas del artista

Por Andrés Rodríguez López

Es equívoco pensar que la fantasía no tiene límites. Las comunidades, en general, vinculan la imaginación con la construcción “imaginativa” del arte. Tales conceptos pueden ser paralelos, pero el tejido de cada uno es diferente, y erróneamente mezclado. El escritor, pintor, cineasta o músico son individuos imaginativos, igual que puede ser cualquier ingeniero, oficinista, chofer o burócrata de gobierno. Ser capaz de imaginar diferentes posibilidades del día a día es una cualidad naciente en el ser humano. La lógica se transforma en la herramienta primordial para concretar tales pensamientos imaginarios en alternativas o posibilidades de la realidad, alguien consciente, sin necesidad de amplia cultura, es capaz de ello. La imaginación es esencial en todo trabajo e indispensable al escribir obras fantásticas de diversos género, pero no puede ser la única herramienta del artista. 

Sin miedo a ser corregido, puedo afirmar: el artista crea de lo que conoce.

El pintor no puede manifestar las grandes planicies, si en la realidad sus pies no han caminado sobre alguna, o si sus ojos no han observado a cientos en pinturas de otros artistas. El cineasta o músico no pueden componer obras para infantes, si no tienen conocimiento previo sobre tal público. Tampoco pueden imitar componentes culturales, cuando son ajenos a esta; no por términos étnicos de origen, sino por falta de información relevante.

El escritor también entra en este paradigma. La herramienta primordial, al escribir fantasía, es el conocimiento de la realidad. Quienes aspiran a crear mundos enteros, mitologías y personajes dignos de epopeyas, no podrán hacerlas, hasta que tengan noción de cómo tales construcciones existen ya en la historia del mundo. De la misma forma, alguien sin conocimiento de la psicología, no tendrá éxito al configurar las características precisas que demuestran los diversos perfiles de quienes habitan sus historias.

La imaginación es el baúl de juguetes encerrado en el ático, pero el conocimiento fidedigno son los juguetes.

El escritor juega con la información y compone las historias a su gusto, por lo tanto, imaginar no es suficiente. La capacidad de observación y saber un poco de todo e incluso haberlo vivido, son realmente las herramientas para un escritor. 

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Andrés Rodríguez López / Tallerista de Cascadas Literarias

Decoro (Parte II de II)

Por Patricio Gómez Junco

Por eso, todo compositor en primer lugar ha de ser músico. Desconfío de quienes optan por ser compositores sin haberse expresado jamás con el canto y sin tener la experiencia de tocar bellamente un instrumento con cierta libertad y seguridad. Desconfío de sus obras. PGJ

Cuando se trata de dar el perfil de la profesión que uno más quiere, por lo general ponemos la vara muy alta (como si fuera un salto de altura). Pero las exigencias no son muchas. Veamos:

Componer quiere decir escribir emociones e ideas musicales. Para eso se requiere una formación que incluya: capacidad de socializar, conocimientos generales vastos (que incluyen la historia de nuestro país, lectura de los diarios y la sección de Opinión, Literatura, especialmente poesía y Novela), ligereza ante la vida (capacidad de sonreír y de bromear) así como pisar tierra en la realidad: sentir las angustias sociales, los anhelos de la humanidad, saber de la importancia del juego en la formación del ser humano.

¿Será mucho pedir? Bueno, después de eso, pero solamente después, viene el oficio.

Y aquí se precisa de la experiencia infantil del propio compositor. 

Cuando pensamos en nuestra infancia, más vale que el recuerdo vaya acompañado de una sonrisa, fruto de aquellas ya lejanas, de aquellos amigos y bromas, de aquel profe que nos hacía disfrutar los ensayos y propiciaba la convivencia y el respeto (“El respeto al derecho ajeno es la paz”).

Hay una cierta conexión entre la capacidad del músico compositor y el oficio de escribir para determinado medio sonoro. 

Todo grupo coral tiene un nivel en el que se mueve a sus anchas. El nivel está marcado por las capacidades y las limitaciones: de rango, de sonidos bellos, de dinámicas, de comprensión y manejo de las disonancias, de ritmos complejos o simples, etc…

Cada director de coro ha de saber su nivel, sus capacidades y limitaciones. En ese nivel deben estar las obras que el director de coro puede abordar.

Pero también el compositor, debe tener muy claro el nivel del coro para que escribe. 

Si el compositor escribe en el aire, es decir sin pensar en el medio sonoro que va a abordar la obra, estará perdiendo su tiempo y tinta. Hay obras escritas para coros profesionales y otras para coros muy limitados. El compositor que inicia una composición no sólo tiene una hoja en blanco, sino unas pautas en las que él personalmente tiene que exigirse limitaciones.

Así como debe escoger el lenguaje, la duración, el grado de dificultad, el texto por supuesto… de igual manera tiene que pensar en los niños y niñas que van a cantar la obra. Estas limitaciones van a detener su lápiz, para no salirse de rangos preestablecidos, para no abundar en registros constantes y difíciles, para cuidar que las disonancias se puedan abordar con cierta facilidad, para dar interés a sus líneas y complicar el tejido hasta un punto manejable y expresivo.

¿Cómo se forma un compositor?

Líneas arriba escribí que debe ser músico.

Debe haber estudiado lectura musical, apreciación, armonía, contrapunto, historia musical, ritmo, formas y géneros musicales, lenguajes. Debe conocer una amplia gama de literatura musical. Aunque se trate de un músico popular no puede desconocer las grandes obras de la literatura musical, incluyendo épocas, períodos, estilos.

Si se trata de un compositor que escribe para la voz en coro, además debe conocer la historia de la música vocal, desde el gregoriano hasta nuestros días. ¿Es poco decir o es mucho? 

Personalmente desconfío de compositores que no saben escribir una línea melódica cantable; de los que no son capaces de escribir un bello contrapunto en cualquier lenguaje; de los que no respetan el texto o ni siquiera saben escoger un texto de valor y adecuado para el coro infantil, si de eso estamos hablando.

Por todo lo anterior, creo que cada compositor (¿quién es un compositor? ¿Todo aquél que toma un lápiz y escribe una obra a tres pautas?) debe saber y respetar sus límites.

Sin embargo, a pesar de tantos requisitos, es preciso que en México haya más compositores que practiquen la escritura original para coro infantil.

Uno de los defectos en la práctica coral en nuestro país es que paralela a la muy limitada formación de los directores de coro, corre la costumbre inveterada de cantar “arreglitos” que escribe el propio maestro del grupo. Al no encontrar materiales adecuados, al no tener recursos para tener a la mano obras que le queden como vestido a la medida a su propio conjunto coral, decide él mismo convertirse en arreglista, con la esperanza de que el coro le vaya corroborando su habilidad o generosidad.

Otros países abundan en compositores, obras y publicaciones, y por tanto en coros de calidad, directores que conocen su oficio y hasta discografía en la que pueden compartir y lucir su trabajo.

A nosotros, en México nos ha faltado mucho por hacer.

Pero cada director de coro, cada compositor y ejecutantes podemos tratar de conocer nuestro nivel, respetar los niveles que no podemos abordar, prepararnos para hacer mejor nuestro trabajo y compartir nuestros pequeños o grandes logros y ponerlos al servicio de todos para su uso libre.

Los que estamos en el aula y en el escritorio o frente a la pauta, hemos de potenciar a nuestros coros: hay que componer sencillito, bonito. ¡Obras frescas con textos valiosos y oportunos que los mismos chicos puedan disfrutar, modificar, compartir y hasta colorear! Nosotros encarguémonos de escoger lo mejor, de solicitar a los compositores que modifiquen lo que creemos que es inadecuado (ellos necesitan retroalimentación).

¿Sería factible que al menos diez compositores se apunten para escribir sobre poesía mexicana para niños? ¿Sería mucho pedir que se apunten unos diez? 

No creo que sea mucho pedir. 

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Decoro (Parte I de II)

Por Patricio Gómez Junco

La infancia y sus experiencias tocan el fondo de cualquier ser humano. Es el período en que el niño se encuentra con la vida, con la sociedad y su cultura: sus modos de hablar y sonreír, su libertad para sentir y expresar emociones: en la infancia, el habla, y antes del habla, la comunicación sonora. 

Los seres humanos nos comunicamos con música, no solamente en la infancia sino durante toda la vida. Es cierto que también es importante tocar y sentir el abrazo y el beso y la cercanía de la madre, del padre, de toda la familia…pero el sonido organizado, así sea un balbuceo, es música, y en música expresamos lo que queremos, lo que nos disgusta o enoja, nuestra tristeza y por supuesto la alegría, en sonoros “acú”, y en la risa. 

Hay un verso latino que aprendí hace mucho tiempo, tanto que nunca supe su autor: “Incipe, parve puer, cognoscere matrem risu”(Empieza niño chiquito a conocer a tu mamá por la sonrisa).

Si nos comunicamos con música en la infancia, debe ser un instrumento valiosísimo durante toda la vida. Recuerdo que Stravinsky comentó alguna vez que, al estar componiendo para orquesta, con frecuencia le venía el recuerdo de aquellos sonidos que (como trompetillas a manera de juego y quizá para exasperar a más de alguno) él producía con el sobaco sudado y su mano en él. Juegos de infancia y adolescencia, que conjugan dos elementos importantes: el sonido y el juego. Esos juegos y sonidos luego fueron llevados a la partitura, como estridencias novedosas en 1913.

No hay músico que haya destacado como artista compositor que en su infancia no haya dado importancia al sonido. Y si el instrumento portátil y natural es la voz, difícilmente encontraremos nombre de compositor alguno que no haya cantado en su infancia. Y la mejor manera de cantar en la infancia es el grupo coral. Así de fácil.

El Coro u Orfeón es la escuela de música por excelencia, no solamente para los que en un futuro van a escribir música coral, sino para todo compositor.

Allí se aprende el sonido, es decir a emitir sonidos agradables, a conjuntarlos en grupo, a supeditar la propia voz al todo.

Allí se aprende a frasear una línea melódica, a apreciar su contorno, el fraseo, la sintaxis.

Allí se inicia el oído a la polifonía y el contra-canto, a la experiencia inigualable de saberse parte de un juego y una disciplina en la que se practica el respeto a otras líneas, a otras personas, que delimitan (porque hay que aprender a ceder el paso) a la vez que enriquecen cada voz singular.

Allí se aprende el timbre de cada vocal y algunos de los detalles de sonoridad y belleza que solamente produciéndola se sabe (de saber y de saborear), se disfruta y se lleva de por vida como una referencia que nadie puede tener sino quien la haya experimentado.

Allí se aprende el movimiento de las líneas, el pulso de la vida, las irregularidades y las disonancias que son un reto para resolver.

Allí los niños aprenden a socializar con niñas y jóvenes, aprenden que se requiere trabajo de todos para lograr un sonido común y característico de un grupo, aprenden a expresar sus emociones, a respirar hondo, a suspirar y a callar de emoción en un suspenso que quizá sea el clímax de un camino sonoro.

Si de todo músico se espera que no haya pasado por alto esta experiencia musical en la infancia, con mayor razón se espera que aquél compositor que quiera expresarse en el medio sonoro llamado “coro infantil”, haya sido bendecido por la vida con la experiencia coral a temprana edad.

Todos los directores de coro hemos tenido la experiencia de abordar alguna obra musical que más bien parece escrita para expresar dificultades insípidas en vez de ser un vehículo de emociones y desborde de sentimientos. No quisiera citar ejemplo alguno porque cada lector de estas líneas podrá aducir y recordar obras destinadas al cesto de basura, porque truncan ilusiones, roban el tiempo y desgastan el alma.

Por eso, todo compositor en primer lugar ha de ser músico. Desconfío de quienes optan por ser compositores sin haberse expresado jamás con el canto y sin tener la experiencia de tocar bellamente un instrumento con cierta libertad y seguridad. Desconfío de sus obras.

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La importancia de escribir a mano

Por Lorena Morales

“Si dejamos de escribir a mano todos tendremos la misma letra”.

León de la Vega

Quienes crecimos antes del uso generalizado del internet, donde leer en papel y escribir a mano eran nuestras únicas opciones de comunicación escrita, sabemos el valor de escribir y de recibir una carta donde la caligrafía, la textura e incluso el olor, son parte importante del mensaje. 

Recuerdo la emoción de ver llegar al cartero y abrir el sobre adornado con estampillas que mostraban información interesante del lugar desde donde habían viajado y leer con igual emoción las noticias de alguien querido.  Eran cartas releídas y contestadas en nuevas misivas enviadas a través del ritual del servicio postal.  Todo esto implicaba tiempo y, por tanto, destacaba lo valioso que era hacerlo. 

Actualmente, escribimos mensajes y correos electrónicos que viajan de forma inmediata y de la misma manera son respondidos ya sin el cuidado y el esmero de una comunicación escrita en papel.  El tiempo corre y corren igual nuestras comunicaciones, por lo que resulta interesante conocer las ventajas de rescatar esta noble práctica.

El escribir a mano se realiza de manera más lenta que escribir en un teclado de computadora, lo que ayuda a tener un mayor flujo de ideas y reflexionar en lo escrito. El que sea más difícil borrar o hacer correcciones, implica un mayor esfuerzo de atención y concentración, así como paciencia y perseverancia, cualidades importantes para alcanzar buenos resultados.

Desde el punto de vista neurológico, esta práctica tiene una importancia vital para el desarrollo cognitivo. Hacer trazos implica conexiones entre múltiples áreas de ambos hemisferios cerebrales, entretejiendo la parte intelectual con la artística, lo cual no ocurre en la escritura en medios electrónicos. No es de sorprender que se utilice como herramienta en el tratamiento de diversos trastornos como el déficit de atención y la dislexia. Incluso se ha descubierto su utilidad para la prevención del deterioro mental y la aparición de enfermedades como el Alzheimer.

En un estudio de la universidad de Princeton, se encontró que los estudiantes que toman notas a mano durante las clases, tienen un mejor aprendizaje que aquellos que lo hacen en la computadora ya que además de escuchar y sintetizar, la acción motora de escribir refuerza la memoria. 

Escribir a mano fomenta el desarrollo de la creatividad. Las personas que tienen el hábito de la escritura hacen conexiones y llegan a soluciones más originales.  Por otra parte, redactar una carta, un ensayo, incluso una nota de agradecimiento, requiere escoger las palabras adecuadas, el estilo y la mejor forma de hacernos entender.  Finalmente, transmitimos nuestra singularidad a través del resto de los elementos como el tipo de papel, el color de la tinta, la forma y firmeza de los trazos, que proyectan nuestra personalidad y transmiten contenido emocional. 

Escribir y leer en papel ayuda a relajar el cuerpo y la mente.  Si se realiza por la noche en un ambiente que promueva el descanso, puede ser un antídoto al insomnio. El movimiento rítmico del lápiz sobre el papel y el depositar en él nuestros pensamientos, harán que nos sintamos más ligeros. 

Afortunadamente, la tecnología ha avanzado y cada vez las “tablets” incorporan con mayor calidad el uso de lápices electrónicos, lo que permite escribir de una manera práctica y ecológica. Sin embargo, como menciona León de la Vega en su libro La importancia de escribir a mano: “restauremos el hábito de escribir a mano, la aritmética sin calculadora, el dibujo natural, la música con instrumentos”.  Los avances en los medios electrónicos representan recursos de suma importancia para conectarnos y ser más eficientes en nuestras comunicaciones, pero siempre nos veremos beneficiados si hacemos “tierra” con algo tan sencillo como un lápiz y un papel.

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Lo que sí queremos

Por Ángeles Favela

Compás, simetría, ritmo, cadencia, proporción, ciclo, son palabras que intentan explicar el tiempo y el espacio donde las cosas suceden. 

El mundo, y en él incluidos la tecnología, la ciencia y la naturaleza, y en ella, los seres humanos, es regido en esta era por tal velocidad –para retroceder o crecer– que es necesario hacer una pausa para observar un poco nuestro entorno. 

A lo largo de la historia, pensar el mundo en que vivimos, ha sido tarea de filósofos, pero creo que vivir en esta época, sin una propia filosofía, nos dejará al margen o bien nos sumergirá sin reparos, en los laberintos de estructuras y sistemas en los que transcurrirán nuestros días.

Zygmunt Bauman, fallecido el 9 de enero de 2018, creador de la Ética del individuo en la aldea global, y del concepto de Modernidad líquida, es sin duda uno de los sociólogos que dejarán una huella imborrable de esta era, donde la realidad permanece con nosotros, tan sólo un instante.

Bauman afirma que el fantasma que vuela sobre los moradores del mundo líquido y moderno: la superfluidad. 

Repensar el mundo, nuestro mundo, nos acerca a la vida, a la propia, y aquí es donde cabe la pregunta ¿qué es lo que sí queremos? 

Vivimos en la era del consumo, y no sería real, ni posible, escaparnos de él. El consumo, nos es necesario para sobrevivir, y el problema no es consumir. El asunto, nos dice Zygmunt, es el deseo inacabable de seguir consumiendo. 

Y aquí va de nuevo una pregunta ¿qué es lo que estamos adquiriendo?, por supuesto no me refiero a tal o cual marca de café o de automóvil, ni al dentífrico que a diario usamos o a la elección del mejor lugar donde pasar unos cuantos días de descanso.

A lo que en estas líneas me refiero, son las decisiones fundamentales de las que todo ser humano debiera estar a cargo de manera definitiva. El acervo por lo menos de conocimiento, filosofía y modo de vida. Nuestra manera de interactuar con la naturaleza, con nuestra comunidad, o la certeza con la fundamos nuestras empresas, nuestros lazos afectivos, o por que no, la seguridad con la que sostenemos la mano de nuestros propios hijos.

En medio de revuelos políticos y económicos, pareciera que el mundo (a pesar de ser redondo), se ha vuelto de cabeza. 

En vez de buscar soluciones a los problemas insolubles del mundo moderno, y que pareciera que se multiplican ante los ojos de todos, quizá, sea necesario ubicarnos y mirar desde otra perspectiva, de esta manera será como cambiar nuestra manera de observarlos y por lo tanto, de enfrentarlos.

Elegir –en la medida de lo posible– es una fortuna. 

Elegir lo que sí quiero aprender y aprehender. Asignar el tiempo que otorgaré a tal o cual actividad. Emprender con el ahínco necesario para lograr.  

El oficio, nos exigirá tiempo, todo el que sea necesario. Así sea para aprender un idioma, escribir un libro o interpretar con maestría una melodía al piano, el tesón, que no se compra en ningún lugar, habrá de recordarnos de lo que estamos hechos. 

En este trayecto, el de la vida, sería injusto que la felicidad que desde tiempos remotos todos aspiramos, quedara fuera de las decisiones a las que todos tenemos derecho. 

Y qué será la felicidad sino la certeza de que en todos nuestros proyectos, desde la creación, la ejecución y la operación, lo hemos dado todo, sin olvidar el hecho inquebrantable del derecho genuino también del otro.

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La magia del relato corto (Short Story)

Por Homero Hinojosa

Decidirse de una vez por todas a escribir un relato corto es el principal objetivo por lograr. Lo demás viene por inspiración, experiencias propias y “arte de magia”.

¿Cómo escoger una historia a relatar en modalidad de texto breve? Primero que todo es importante establecer tu audiencia meta, si prefieres llegar solamente a un sector (niños y jóvenes) o bien a un público en general. Decidir esta parte es primordial para pensar en el lenguaje que piensas utilizar en tus textos.

Igualmente es importante pensar en el género de relato corto a desarrollar. ¿Quieres escribir un cuento? (género ficción). ¿O te gustaría hacer una crónica corta, relatar una experiencia propia o simplemente compartir una serie de sentimientos y estados emocionales que vives en estos momentos? (género vivencial).

El género es el enfoque en especial que le das a tu contenido para ayudarle a tu lector a ubicarse en el contexto sintáctico y semántico de tu historia. Al escoger un género se toman en cuenta ciertos criterios de estructura, veracidad y estilo que le ayudan a tu audiencia a clasificarlo como un relato de “ficción” o de realidad y experiencia.

Seleccionar el tema es otro punto elemental. Aquí se presentan algunas preguntas que surgen para definirlo:

                   a) ¿El tema es original o cliché?

                   b) ¿Está avalado por el factor oportunidad (es de interés actual)?

                   c) ¿Hay posibilidad para trabajarlo? (ser realistas)

                   d) ¿Le interesará a mi audiencia meta?

Una vez que se logra definir el tema se procede entonces a elaborar un avance de guión. Se establecen escenarios, diálogos y acciones o conflictos. También se definen personajes principales y de “refrescamiento” para romper espacios de trama y sorprender. Y por último se buscan anécdotas y ejemplos que le puedan dar vida al relato. 

En el taller de Relato Corto (Short Story) que imparto en Literalika dedicamos un buen tiempo a esta parte elemental del escrito, trabajando ejemplos y examinando los consejos de famosos escritores latinoamericanos.

Cuidar la lógica y el sentido de dirección durante todo el desarrollo será también vital para que el lector “no se pierda” en laberintos de narrativa.

Y finalmente siempre será importante cuidar un buen cierre que resuma el tema. Y cuando se dice “punto final” así debe de ser, aunque nuestro lector no necesariamente debe llevarse respuestas a todos los cuestionamientos que afloraron en el relato, ya que el escritor puede tener la intención de dejar trabajando la imaginación de su lector aún y cuando ya haya terminado de contar la historia.

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Homero es profesor de la cátedra de Producción de Crónica y Opinión en el Tecnológico de Monterrey. Es tallerista de Literalika de hace muchos años. Uno de sus talleres favoritos es el de Relato Corto (Short Story).

El primer domingo de 2019

Por Ángeles Favela

El primer domingo del año es un día singular, dueño de esa rareza que algunos otros días del año poseen. Es admirar desde la cima de algo que recién ha terminado. Un lugar seguro, donde se puede mirar hacia atrás y hacia el futuro, con los pies bien puestos sobre la tierra. Es un momento, por lo menos, así lo percibo yo, donde el año que hemos caminado tiene por fin el rostro completo. Es un instante donde los bolsillos están repletos de saberes, aprendizajes y viajes, por lo tanto, es posible mirar con un poco de paz hacia lo desconocido, lo nuevo, lo que viene.

El primer domingo del año, es la puerta que se abre hacía un nuevo ciclo, hacia un recorrido que está por iniciar, viajes por emprender, experiencias para crear, pizcas nuevas de autoconocimiento, libros por leer, charlas por compartir, en fin: (por lo menos 365) hojas en blanco listas para escribirse.

El primer domingo del año, es también la certeza de que el año que termina no tiene marcha atrás. Es la conciencia de que la vida es ahora, pero sin el vacío de la nada, y sí con la visión de que cada ahora, habrá de ser la semilla de muchos mañana.

En el primer domingo del año, el recorrido, el camino, el año, el ciclo ha emprendido de nuevo la marcha. Las uvas, las campanadas y los brindis se han puesto en modo de descanso.

A todo eso me sabe cada año este día, pero hoy, como no en muchos años anteriores, me sabe también a gratitud. Tengo la impresión de abrazar con fuerza el 2018, no para que no se vaya, sino para dejarlo ir a sabiendas de que lo he vivido al máximo y, mientras lo abrazo, me escucho decirle con gran cariño que tiene y tendrá siempre un lugar de buen sabor en mi memoria. 

Estoy segura de que todos tenemos un montón de cosas que nos llenan de gratitud, cada una personal y particular como la propia vida. En mi caso, una de esas cosas que hoy me hace sentir de manera profunda la palabra gracias, se refiere a la escritura: una palabra que resuena en mi interior llena de muchas otras palabras de valor y que a manera de lista me gustaría compartir: amistades entrañables; sueños míos, sueños de otros y sueños compartidos; fuente de trabajo; aprendizaje y enseñanza; imaginación; creatividad; logros; memorias; recuerdos; historias; personas valiosas y admirables; sentimientos, emociones y luchas internas; ideas transformadas en palabras; tragos amargos superados; preguntas y respuestas; respuestas y más preguntas; carcajadas; sonrisas; nudos en la garganta transformados en palabras escritas; ojos de Candy como dirían en broma mis hermanos, cuando uno tiene los ojos llenos de agua; proyectos; satisfacción; proyecto personal; libros publicados; libros por publicar; historias por escribir.

Hay una frase que conocí gracias a Zygmunt Bauman, cuando cita a Václav Havel: La esperanza no es un pronóstico, sino un arma que, junto con el coraje y la voluntad, deberíamos aprender a utilizar”.

Gracias escritura, gracias lenguaje. Gracias, gracias, gracias.

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Propósitos de año nuevo

Por Ángeles Favela

La magia que envuelve los últimos días del año está llena de abrazos, buenos deseos y grandes propósitos. Uno de ellos fue mencionado ayer por Enrique Galván Ochoa, editorialista en La Jornada. La sección a su cargo que se especializa en hacer sondeos de opinión mostró que el propósito que quedó en primer lugar es el de dedicar menos tiempo a las redes sociales y más a la lectura de libros. En la muestra participaron 2 mil 516 personas. Las otras opciones que fueron presentadas son: conseguir o mejorar empleo, apoyar causas sociales y el cuidado de la salud. [Metodología usada: El sondeo se distribuyó a través de redes sociales y El Foro México. Participaron 2 mil 516 personas: de Twitter mil 731, de El Foro México 555 y de Facebook 230.]

Lo anterior es una buena noticia, ya que de acuerdo con la UNESCO México ocupa el lugar 107 de 108 en índice de lectura. 

Sin embargo, me gustaría compartir que, en estas fiestas navideñas, en lo personal recibí como regalos libros, y fui testigo de que muchas otras personas recibieron lo mismo, yo por mi parte también obsequié libros. Lo mejor de todo e indispensable mencionar, es que estas acciones de regalar libros no tuvieron influencia ni acuerdo entre si. 

Sin duda, las cosas están cambiando. Creo que poco a poco todos vamos tomando gusto a la lectura. En lugares públicos, cafés, parques y plazas, la gente que está leyendo va cada vez en aumento. Es notable que el libro físico no ha sido reemplazado como lo han pronosticado los gurúes de las letras.

Es cierto, también hay que decirlo, que en nuestro país hay muchas cosas por hacer en este aspecto. La lectura debiera ser un bien de todos, un gozo de muchos, una elección de la mayoría, pero los caminos se van trazando y los esfuerzos se notan: hay muchas personas compartiendo en bibliotecas de barrio, libros ambulantes, trueques e intercambios de libros.

En otras partes del mundo la lectura es insustituible.

En estos días, supe por primera vez de una tradición en Islandia. Fue gracias a Homero Hinojosa quien en Literálika imparte el taller de Narrativa corta, que leí con sorpresa la palabra Jólabókaflód, algo así como inundación de libros por navidad. Los libros son los regalos navideños protagonistas en Islandia. Todos regalan libros y todos reciben libros ¡qué maravilla! Y lo que viene a completar la tradición en aquel país, es puro deleite: pasar la Nochebuena y el día de Navidad leyendo. 

Quizá entre tus propósitos de año nuevo esté también la lectura. Ojalá así sea. 

Si es así, y por casualidad estás buscando un grupo para que ese propósito sea más fácil de cumplir, te recomiendo un círculo literario imperdible: Grandes Lectores Literálika, a cargo de Madeleine Gutiérrez. Es un ciclo de sesiones quincenales, los sábados por las mañanas. En él participa un grupo de intelecto y de mentes brillantes, es un gozo después de leer en casa, comentar en compañía. Si nunca lo has vivido, te invito a probarlo.

¡Que la fiesta con los libros no termine nunca! ¡Y que venga el 2019!

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Rulfo y el gallo de oro

Por Ángeles Favela

Mi primer encuentro con Rulfo fue más bien desafortunado: recuerdo haber leído El llano en llamas por obligación, en algún año durante la secundaria. Años más tarde, después de haber escuchado su voz en una entrevista de los años setentas, lo leí y releo por el gusto de saborearlo. A partir de ahí, es uno de mis favoritos.

A más de cien años del nacimiento de Juan Rulfo, su breve obra sigue el camino en vuelo. Pedro Páramo es su obra maestra, en donde emblemáticamente escuchamos los ecos de su pueblo, de su orfandad, de la miseria y hambre de los campesinos burlados por la Reforma Agraria, eco a su vez de la Revolución.

Nacido el 16 de mayo de 1917, a los diez años de edad ya era huérfano de padre y madre. Sus juegos infantiles se vieron abruptamente cegados por el ambiente de miedo y silencio que imponían los asaltos de la guerra cristera y la presencia de federales frente a la casa de su abuela que remedaba los cariños maternos.

Muy temprano en su vida tuvo ocasión de leer mucho, porque los libros del señor cura (ausente del pueblo por el levantamiento Cristero) se resguardaron en casa de la abuela; pero más allá de los libros, no podemos hacer a un lado las experiencias que desde niño lo acompañaron. Las circunstancias, es decir, el entorno en el que la vida de una persona transcurre, también influyen en sus oficios. 

Yo soy yo y mi circunstancia, son palabras de Ortega y Gasset, que nos hacen ver lo imposible que sería separar a Rulfo –y a cualquier persona- de todo lo que lo rodeó a lo largo de su vida. La constante de la muerte, el dolor, la soledad, en su caso, se transformaron en arte puro. A través de los textos de este hombre parco que evitaba a toda costa las entrevistas, el ruido, incluso del silencio, está presente. Los aires de la Revolución y la violencia engendrada, son el ambiente de historias pacíficas en apariencia con un resabio e historial de injusticias, burlas enquistadas del gobierno que promete, somete y controla.

Rulfo supo de carencias, de hambre, y me refiero también a los afectos. El orfanatorio en Guadalajara le hizo aprender la crueldad de los niños. Siempre le acompañó la tristeza, y nunca supo como deshacerse de ella. 

Hace un par de años, por primera vez, leí El gallo de oro y otros relatos, libro que atesoro y admiro porque sus páginas me regalaron a un Juan Rulfo que no conocía, una faceta que de él necesitaba. En Cartas a Clara, el amor a su mujer es tangible, y ese sentimiento le permite abrir el alma a la distancia de su amada: Yo aquí, no he ido al cine. El cine sin ti no sirve. Cuánto me gustaría estar allá, y volver a empezar de nuevo a conocerte y a vivir allí, pero sin miedo, sin dificultades ni ningún temor de perderte.

En Mi padre, la figura de su propio padre se muestra en la desgracia de una muerte injusta: Mi padre fue un hombre bueno. Vivió en esa época en que todo era malo. En que no se podían hacer planes para el mañana, pues el mañana era incierto y el hoy no terminaba todavía. Los tiempos eran malos: no se veía el cielo ni la tierra; ni si había sol o si el viento venía del norte o del sur. Todo era malo para el mundo. Pero mi padre era bueno y creía en la vida.

Rulfo, el de textos brillantes y personalidad sombría, el de la esperanza y amaneceres oscuros, el amante de las imágenes, el corrector incansable, editor de textos, aspirante a productor de cine, el escritor con su “no oficio” de escritor, el que murió hace poco, el que nació hace cien, estará aquí, sitiado por la tierra que tan bien supo describir.

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Tres regalos

Por Patricio Gómez Junco

Tengo el hábito de seleccionar lo que veo, lo que oigo, lo que atiendo: no me conformo ni me pliego, ni someto generoso mi juicio a cualquier noticia, espectáculo u opinión.

Me he cansado de buscar en la radio alguna estación de mi agrado. Antes escuchaba mucho de Radio Red; hoy la atiendo a hitos porque tengo que buscar entre la paja la discusión de altura, la divulgación de la ciencia, el verso olvidado, la melodía tejida con colores orquestales. Pero como “el que busca encuentra”, de ayer a hoy di con tres joyas, aunque no en la radio, sino en otros rincones de mi ciudad:

En un periódico local me espera sin yo esperarlo, un bello artículo de Samuel Rodríguez, filósofo y profesor que me gustaría conocer algún día. En “García Márquez, el abismo y yo”  (El Horizonte de 15 Dic. 2018) narra su fortuito encuentro con el lenguaje del novelista Colombiano, porque a pesar de su maestra, encontró el placer de la lectura… “la felicidad de leer había sacudido mi mundo: algo en mí había despertado”:  “el incendio de Llano en llamas” (Rulfo)el asombro por el punto que contiene todos los puntos del Universo (Aleph Borges) y la “tormenta de alegrías” en la “prosa de amor y caña brava” (García-Márquez).

Esta experiencia de abismo y de prodigio en la lectura, nos permite convertirnos en seres dignos de este mundo que se hace realidad en mi colonia, mi barrio, mi escuela, mi trabajo, mi patria…

Esa dignidad ante lo limitado del entorno y sus alrededores no es otra cosa que la actitud de quien está dispuesto a enfrentar “los abismos” para allanarlos (tiempo de espera, de lo que está por venir, del adviento y las navidades sin fecha decembrina … que requieren nuestro compromiso, bravura y decisión de actuar…) las simas para hacerlas cimas, y para llevar nuestro propio ser a un nivel más alto de compromiso y fruición.

Así como hoy encontré a este filósofo local, ayer leí (entre que buscas y te lo topas) un poema de Pessoa, en la admirable edición de nuestra UANL. Poesía de la más alta esfera que a fuerza de embelesos me llevó a respirar un aire más puro y fresco…Queda una sensación de bienestar al saber que lo más íntimo de tu propio ser no es revelable, ni compartible, ni transparentable… (perdón porque el idioma no da para más …) 

Y no es que uno se sienta bien en la soledad, sino que a partir de esa confesión del poeta, sabes al menos, que tu condena a la soledad es experiencia común de los humanos, arrinconados a sufrir la intimidad, a gozar las alegrías que nadie entiende mas que tú mismo, en un rincón común a todos los rincones, los de tus padres, los de tus hijos, los de tus nietos, si les da por leer y filosofar….ojalá! No es la cocina donde lloras tus penas…es el rincón del alma…No es el libro tu confidente…. es la caricia del arte, mago de alegrías insospechadas. No es toque sublime de acordes y texturas, es el oscuro subconsciente en que todos abrevamos de lo mismo… Allá la comunión en la soledad: allá el sufrir y el gozar, allá la caricia y felicidad. Un lazo de comunión con Pessoa a pesar de la muerte, la geografía y el tiempo… ¡qué admirable!

Pero también ayer (poca distancia en el tiempo) un vibrante Concierto de 5 metales: el conjunto PIXAN en la Escuela Superior de Música y Danza de Monterrey. Cinco chicos formados y en formación descubren la rendija de la música para asomarse a la felicidad de revivir y hacer presente a Debussy, con la delicadeza de quien cubre el frío de un niño, o con el asombro de quien queda absorto por el rosa mexicano de un atardecer en nuestras montañas.

Un ensayo, un poema, un concierto, todo en Monterrey, si no al asecho, sí a la espera de quienes buscan un poco de solaz para el espíritu, “su Ítaca verde y humilde” lugar de reposo y encuentro: el arte (Borges).

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