Las siete treinta y cuatro

Por Alejandra Sandoval

Abro los ojos al tiempo en que el sol se asoma por el filo del marco de mi ventana, la casa me abraza serena. El reloj marca las siete treinta y cuatro. Con mis dedos entrelazados atrás de mi cabeza sonrío, recordando la noche anterior en que había logrado desenredar momentos de un luto engarabatado al pensamiento. Me levanté de la cama y al bajar las escaleras me descubrí con palabras nuevas de un sueño. Tarareo una canción mientras me dirijo a la cocina, en donde busco entre la canasta de frutas algo con que iniciar mi día. La más grande de las toronjas es la elegida. La coloco en mi plato y con un buen cuchillo afilado en mano, inicio la operación. La secciono en dos mitades perfectas, para después cuidadosamente fraccionarla, separando la membrana amarga de la pulpa sonrosada dulce, ácida y jugosa. Me gusta sostener la mitad en mi palma, como si fuese un tazón engranado a mi mano, tal como siempre, desde que recuerdo, como mis padres la comían. Ese repetitivo y cotidiano momento, activó un gatillo dentro de mí cabeza. En ella despertó una voz recordando a mi conciencia “hoy es sábado” y eso automáticamente me hizo sentir que debía llamar a mis padres. Por ese par de segundos en que mi cuerpo se dirigió al teléfono, me petrifiqué por minutos. La toronja escurría en mi mano mientras yo sollozaba como una niña. Me topé de frente con un vacío que más tarde nombraría “la ausencia tocando mi pecho” lo hice después de leer a mi hermana Cokis, quien a 450 km de distancia escribió esa misma mañana una carta al cielo, una carta a nuestros padres.

Unos meses después de ese día, Mi hermana Denise y su familia estaban de visita en Monterrey, desayunamos en familia unos chilaquiles acompañados de un café de olla campechaneado, el cual consiste en mitad de piloncillo mitad negro. Al finalizar ella me acompañó a dar una clase de baile flamenco, al grupo de amigas de mi hija. Al terminar la clase, salimos del salón y nos recargamos sobre el barandal observando el patio central que estaba a tres pisos abajo de nosotros. De maestra a maestra me dio varias recomendaciones, recuerdo que enfatizó lo relajada que me había vuelto en cuanto disciplina, y yo tomaba nota cuando de pronto sentí su mirada analítica clavada en mis ojos, y me dijo con esa su sonrisa, la que conozco y que tanto quiero

—Yo no sabía que todo esto lo iba a tomar de esta manera —nos quedamos fijas por un par de segundos y entonces lo entendí.

Nuestros padres nos habían preparado y nosotros ni cuenta nos habíamos dado. Llegar a esa conclusión llevó un par de meses. Aceptar que la vida sigue su curso, incluso cuando la atmósfera está cubierta de una increíble y soberbia desesperanza es como ser poseída por una amalgama de contradicciones que al final desembocan en la realidad de que todo forma parte de una rueda en el tiempo que no es estático. Me recuerdo implorando por un estruendo sobrenatural que se afanase en paralizar el casual transcurrir de los otros. No sucedió. Por ello cada día me levanté y seguí con mi trabajo. Cada uno de mis hermanos lo hicimos, como si todo hubiese sido parte de un plan. Recuerdo sentir lastima por el jugo de la toronja que se derramaba entre mis dedos aquella mañana en la que por unos instantes olvide lo inolvidable.

Absorbí de mi jícara-toronja lo que chorreaba desde mi mano, el sabor contrastaba con lo dulce de mis lágrimas, dulce como el olor de mi madre. Con un trapo limpié el piso y de un salto me senté en la barra, en una de las esquinas. Terminé mi toronja, con cara de puchero, a mis treinta y ocho, ¡si seré infantil! Cara de pato me decían de pequeña. Con el escalofrío del miedo recuerdo pensar en qué tantos detalles cotidianos desencadenaran el hábito de querer llamarles. Al terminar la toronja, saco de mi boca un pedazo de la membrana amarga, la dejo sobre cáscara a mi lado y me pierdo unos minutos en la imagen. Serán ciclos, aceptaré vivirlos dulces, agrios como vengan, tarde que temprano los nuevos recuerdos serán mayoría, y la vida misma será una fusión de quién fui y quién soy y de quiénes fui y de quiénes soy. Papá y mamá agradezco haberlos conocido.

50 años después de un 2 de octubre

Por Ángeles Favela

Una vez que se encendiera la bengala, de nuevo la historia avanzaría hacia una dirección equivocada. En ella todos perderían. Los pasos del 68, una movilización que quiso cambiar el rumbo de las cosas. Cincuenta años que no han pasado en blanco. Cincuenta, uno a uno sucediéndose del rojo al negro, del gris al amarillo caminando de la mano del circular tiempo.

Al llegar la noche una barbarie tomaría Tlatelolco, una bengala inauguraría la fiesta de la muerte para arrasar con los hombres y mujeres jóvenes de brazos fuertes y alzados. A la protesta habían llevado sus puños como un símbolo de unión y determinación. Para ellos la paz no necesitaba de armas, suficiente serían sus frases enérgicas y elocuentes. Buscaban paz, y se unían al deseo de los jóvenes de México y del mundo entero.

Esa noche todo lo necesario lo cargaban en su interior: eran sus voces, sus ideas, los ideales de un mundo mejor para todos, para sus hijos, por supuesto, los que aún no habían nacido, pero la noche del 2 de octubre del 68 se vistió de cascos verdes y rifles. Devoró a más de mil, primero decididos y luego, horas más tarde, desencajados rostros jóvenes.

La fiesta fue estruendosa, gritos, lamentos, órdenes, disparos, piedras, palos, uñas, dientes, cabellos, sangre. A la mañana siguiente el mundo entero fue otro. Una matanza había sucedido y al parecer nadie hablaría de ello.

Los muertos de Tlatelolco fueron “barridos” por las autoridades y cientos de estudiantes fueron presos en Lecumberri y otros en el Campo Militar número 1.

Madres de estudiantes lloraban en sus casas por sus hijos, había hermanos buscando a sus hermanos, padres enloquecidos por la desaparición de sus familiares. Había amigos. Cientos de amigos siendo solidarios entre ellos.

Por su parte, México debía estar listo para la siguiente fiesta, así que se esmeraba en los preparativos sin olvidar la calma para sus invitados internacionales. ¿Cuántos telegramas se habrán enviado para informar que después de la violencia de la noche anterior, las autoridades mexicanas garantizaban que la situación de seguridad en la ciudad de México estaba bajo control y que no existiría peligro alguno para “el honor de su visita” durante la próxima inauguración a los Juegos Olímpicos?

Para la gran celebración, la que el mundo aguardaba con ojos expectantes, ya estaban listos los cientos de guaruras escondidos tras los árboles de toda la Ciudad Universitaria.

El 3 de octubre, el secretario de Relaciones Exteriores y el jefe de Estado Mayor de Defensa, y hasta un noticiero de la mañana, informaron al mundo que había un día espléndido. “La perfecta paz” se dispersaba a través de los rayos del sol de aquella mañana de jueves, pero en algunas casas de la Narvarte no hubo un solo destello de luz que se atreviera a entrar por la rendija de ninguna ventana. Entre pausas de llantos, en aquellos hogares, un silencio invadía las paredes con las fotografías de sus desaparecidos.

La sombra de una bengala esparcía sobre sus techos cenizas de sueños, esperanza, planes rotos, y miles, millones de partículas minúsculas de libertad efervescente.

La belleza de la vida

Por Ángeles Favela

He aquí unos ojos bellos; el contraste de paz y serenidad en toda la extensión de una imagen. Un instante y una eternidad. Es la vida que se desborda; el retrato de aquellos los pasos recorridos y que aún en el silencio, en el eco, en la memoria, podrá escucharse aquella voz que no habrá de apagarse nunca: a donde quiera que vayas… la certeza del amor que ha de traspasar tiempo y fronteras.

Una imagen, un reflejo que es de todos: la condición de seres vivos susceptibles a la muerte. Nadie sabe cuanto ha de durar el viaje, pero ¡ah poetas!, la existencia de un poeta no se extingue nunca, seguirá por siempre tocando almas con sus versos.

He aquí una fotografía, símbolo de poesía, ese placer creado de lenguaje para el espíritu y el intelecto, para recordarnos que estamos vivos, con la posibilidad sensorial de tocar el universo entero.

He aquí el aspecto de un hombre que ha caminado un tramo largo con la decisión de sembrar y cosechar innumerables recuerdos. Ignacio Ríos Burns, el poeta que ha vivido. Un elegante bardo de esos que el mundo entero necesita para recordarnos de la mortalidad como una cualidad, como el aroma que ha de mantenernos diligentes, enérgicos, dinámicos.

He aquí un rostro con las huellas de su tiempo, con la hechura que ha dejado en sus descendientes, cual emblema del cariño que se fortalece.

Hay lazos que alimentarán a generaciones enteras, afectos que recorrerán como la savia en cada una de las nuevas ramas y, quizá, la belleza de la vida es sabernos mortales, ponderar, respetar y disfrutar nuestra historia y nuestro entorno. La existencia será por siempre un viaje: ida y vuelta en la continuidad que no concluye.

Termina el hombre, vive el poeta. “Ars longa… Vita brevis”

EN MI ULTIMO DIA

En mi último día

recordaré las leyes naturales

de nacer, vivir, morir y renovarse.

Emprenderé en silencio mi camino.

En mi último día

Océana seguirá su rotación en el espacio.

No cambiaran las normas de la vida.

En mi último día

seguirán su batalla la verdad, la mentira,

el amor, pasión y la lujuria

vibrando en ondas cerebrales.

En mi último día

vendrán conmigo almas de ancianos,

jóvenes y niños

reclamados por el tiempo destino.

En mi último día

nada se habrá perdido,

me llevaré en mi alma el amor ganado

y dejaré sembrado para siempre el mío.

Ignacio Ríos Burns (IRBE)

Y si escribimos…

Por Lucy Garza de Llaguno (Periódico El Horizonte, sábado 15 de septiembre de 2018, Monterrey N.L.)

“Nos unimos al dolor de lo que nunca debiera suceder”, Ángeles Favela, desde Fundación El Mundo Escribe.

Un aspecto negativo en la vida de muchos estudiantes es la enorme presión que sienten durante sus años de escuela. Que si la pertenencia, que si la identidad, que si la beca, que si el desempeño académico que marca el éxito de la productividad adulta, que si las amistades, que si el bullying, que si demostrarse independiente… tantos “que si” fortaleciendo o debilitando una personalidad que se busca a sí misma.

¿Será momento de revalorar las capacidades emocionales de nuestros adolescentes?

En la era de la comunicación se descuida la expresión. No es lo mismo. Nos comunicamos intercambiando mensajes con palabras, con imágenes. La información va y viene, viene y va. Pero expresarse es diferente, expresar es exprimirse por dentro, es sacar sentimientos, pensamientos, actitudes, sueños y miedos. Es lo que hace el arte, expresa indiferente a la interpretación de los ojos de quien mira. También lo hace la empatía: permite que el otro exprese sus experiencias, a su manera, el que escucha acompaña, es sólo testigo.

Las emociones se sienten en lo personal, pero tienen que ver con el otro, por lo menos con la interpretación que hacemos del otro. La mente es inquieta, imagina lo que el otro siente, lo que el otro piensa, lo que el otro desea, asigna intenciones, llena los espacios desconocidos para darles interpretaciones tantas veces irreales. Acomoda datos con el sello de lo personal. Así crea una realidad alterna, como la de los videojuegos. Y este proceso de mentalización guía la conducta.

La adolescencia, niños transformándose en adultos, una etapa confusa en la que los jóvenes no cuestionan las historias que cuenta su mente una y otra vez. Por eso es importante relajarla, dudar de ella, aclararla, involucrar, aunque sea un poco, al personaje llamado otro. Porque a veces despiertan tristes, profundamente tristes, y no logran conectar la tristeza con algún evento o con alguna persona. Repetida, esta situación es de riesgo.

El mundo pudiera expresarse escribiendo, propone Ángeles Favela. Lo hacía Clara en sus “cuadernos de anotar la vida” que años después descubre Alba, su nieta, y los utiliza para contarnos de La Casa de los Espíritus (Isabel Allende, 1982) o Ana Frank con su diario (1947), la adolescente que sobrevive dos años de encierro en “la casa de atrás” durante la ocupación Nazi en Ámsterdam.

No es necesario escribir novelas o autobiografías para expresarnos a través de la escritura. El Mundo Escribe es una fundación que promueve la escritura como herramienta de vida. Las palabras escritas aclaran ideas, balancean emociones, calman la mente. En su programa Bienestar emocional Vs. Depresión, la Fundación “ofrece una estrategia de expresión a través de la escritura creativa que actúa como proceso de empoderamiento y compañía en el tiempo en que la soledad es protagonista importante en la vida diaria del adolescente”.

Lo que nos decimos a nosotros mismos escrito en un papel toma una perspectiva distinta. Y es nuestro, no se comparte si no se está preparado para ello. Escribir así, funciona para leerse despacio a sí mismo. Y después destruir, guardar o compartir lo escrito, en realidad no importa el destino, porque la práctica en sí misma es un proceso de sanación.

Adolescentes en busca de identidad y autonomía, soñando sueños que despierta la realidad, ilusionados y desesperanzados al toparse con su fuerza y también con su vulnerabilidad, buscándose en los selfies que ensayan seducción, diversión y drama. Existen situaciones que “no debieran suceder”. Tal vez escribiendo “No dejaremos de explorar y al final de nuestra búsqueda llegaremos a donde empezamos y conoceremos por primera vez el lugar”, T. S. Eliot.

La máquina de escribir. Homenaje a mi Padre y a mis hermanos

Por Patricio Gómez Junco

Cada mes íbamos a la estación del tren para recibir a papá. El volvía de su gira de trabajo, de “introducir la cerveza” y nosotros de seguro habríamos de festejar su llegada pasando por la paletería.

Yo no entendía muy bien cómo era eso de vender cerveza hasta que un día lo acompañé en su recorrido. No supe si fue como castigo o como premio, o si era una manera de quitarle peso y afanes a mi madre que se quedaba a cargo de todos en casa: Marcela de siete años, Horacio de cinco, Armando de tres y Enrique recién nacido después de la muerte de nuestra hermanita de once meses, Catalina. Habría alguna circunstancia particular, no lo sé, pero por alguna razón mi padre me dijo que lo acompañara a su viaje de trabajo: Roberto, tú  vas conmigo. No recuerdo preparativos ni provisiones, ni despedidas ni nada.

Debo suponer mi emoción al saber que viajaría con papá en el “Fortingo” negro de la empresa. Cada novedad, por pequeña que fuera, la gozábamos entre todos mis hermanos. Por eso, me imagino que aunque no fuera necesario, todos habríamos colaborado en subir las viandas para el camino y en acomodar la ropa de papá. Éramos un enjambre: curiosos, ayudadores, gozadores. Continúa leyendo La máquina de escribir. Homenaje a mi Padre y a mis hermanos

Una buena historia

Por Ángeles Favela

Mientras leemos, el escritor, desde la historia que ha construido (quien sabe donde, cuando, cómo, por qué y para qué) nos exige grandes dosis de imaginación y eso, es un gran regalo. El lenguaje es el principal patrimonio y herramienta que como seres humanos poseemos.

Ya sea desde la experiencia o desde la fantasía, todos somos naturalmente escritores. Narramos a diario, independientemente de nuestra actividad o profesión. Necesitamos expresar nuestra capacidad creadora por cualquier medio: baile, pintura, canto, escritura. No hacerlo nos limita a una vida “ausente de vida”.

Narrar. . . ¿a quién? En primer lugar, a nosotros mismos. La rutina de los días podría ser el punto de partida de una novela, un cuento o quizá, de una poesía.

¿Escribir yo? Sí, tú podrías escribir relatos: de lo cotidiano y de lo extraordinario.  La vida nos regala historias a diario.

La inolvidable Virginia Wolf (1882-1941), escribía a diario de las cosas cotidianas. Ella es una brillante escritora británica autodidacta y, quizá, una de las iniciadoras del feminismo. Sus escritos están llenos de sus propias experiencias; al leerla nos topamos con quien escribiera para explicarse de alguna manera su vida.

Wolf creó su obra literaria a través de un incansable flujo de pensamiento. La autora de La señora Dalloway poseía la extrema sensibilidad que brinda la capacidad de observación. A ella, los detalles le importaban: “En los ojos de la gente, en el ir y venir y el ajetreo; en el griterío y el zumbido; los carruajes, los automóviles, los autobuses, los camiones, los hombres-anuncio que arrastran los pies y se balancean; las bandas de viento; los organillos; en el triunfo, en el campanilleo y en el alto y extraño canto de un avión en lo alto, estaba lo que ella amaba: la vida, Londres, este instante de junio“.

El trastorno bipolar que a Virginia Wolf aquejaba, pudo haberse originado en cualquier instante de su trágica existencia. Lo cierto es que el proceso de escribir, la acompañó en todo momento y, a través de sus textos, Virginia transmitió sus opiniones y críticas a la cultura de su tiempo con una firmeza que contrastaba con su fragilidad física y emocional. La Segunda Guerra mundial fue testigo de su última morada en el fondo del lago en el que hundió su cuerpo, pero no su voz, que hasta el día de hoy sigue narrando.

Escribir es una buena idea para ver un poco nuestro interior, para escucharnos en el silencio o para observar las cosas simples y los grandes detalles de la existencia. Hay torrentes de pensamiento cuando nos miramos frente al espejo, mientras observamos una vieja fotografía de la abuela; durante los trayectos de un lugar a otro; en la fila del banco; en un desayuno solitario al calor de la taza de café.

Para escuchar la voz de la imaginación, de los recuerdos, sólo basta con guardar un poco de silencio. Escribir es una manera de aclararnos, de acortar distancias, de recorrer caminos. Todos tenemos una historia que contar. Y tú, ¿comenzarás hoy?

angelesfavela@literalika.com

La doble maravilla del sonido

Por Patricio Gómez Junco

El primer contacto que el ser humano tiene con la realidad es a través del oído.

En nuestra etapa acuática como seres en formación (homúnculos), el oído nos permite captar la realidad exterior. El líquido salino del acquarium materno nos permite percibir las risas y emociones de nuestra madre, primera gestora del sonido en nuestra vida, ¡una maravilla!

Incipe parve puer, cognoscere matrem risu (¡Conoce niño pequeñito a tu madre por su risa!)

Allá, en oscuridad total, aprendimos a distinguir los ruidos de los sonidos. El primero de todos y el por siempre más importante: el canto de la propia madre. ¡Un gran concierto! Quizá de manera consciente no podamos recordarlo, pero imaginemos los ruidos del corazón materno, su respiración, el flujo sanguíneo y, en medio de ellos, claramente distinto, el canto y la risa de la madre. El gran primer universo de un ser humano es melódico.

La segunda maravilla es la metamorfosis en la percepción de las ondas sonoras. El niño ya nacido transforma su audición y adapta su oído para percibir las vibraciones-sonido a través del aire. Así logra reconocer de inmediato la voz materna, y llega a recordar y dar seguimiento a aquella voz cantada que antes percibió en soledad, en total oscuridad e intimidad a través del líquido amniótico. Ese conjunto particular de sonidos es el mismo que ahora acompaña gestos y movimientos, caricias y olores maternos.

Aún sin haber estrenado sus ojos para mirar, el bebé recostado en su cuna intenta girar su cabecita para seguir  aquella voz: ¡es la misma que ya conoce desde su etapa acuática! Un reencuentro con una dicción conocida de meses atrás y ahora captada a través del aire en su nuevo hogar. Ahora está en contacto con una nueva manera de escuchar. Continúa leyendo La doble maravilla del sonido

Mis “sin cuenta”

Por Iliana Segura

Si mi guion se hubiera llevado a cabo tal como lo imaginé por años y de la manera como detalladamente lo planifiqué durante los últimos seis meses, en este día, en mi cumpleaños número cincuenta, yo habría de estar mirando la estatua de la libertad, rodeada —por primera vez en un viaje— de mi familia completa (papás, hermano, cuñada, esposo e hijos)… Pero una vez más, el creador de este show llamado vida, decidió de último momento, cambiar todos mis planes, y cobrarme una factura que tenía pendiente desde hace muchos años: ese desdén que he tenido siempre hacia mi tercer nombre, y que me ha hecho ocultarlo la mayoría del tiempo, y por la decidía de no poner en orden todos mis documentos, al cambiar pasaporte y visa,  los engorrosos trámites y su respectiva pérdida de tiempo, impidieron que el viaje de mis sueños fuese el festejo de mi arribo al quinto piso.

Por demás está decir a todos quienes me conocen bien, cuanto he llorado, berreado, pataleado y renegado por este hecho y, así estuve, hasta que hace unos días se me apareció por ahí un artículo en el cual su autora compartía cómo estaba lidiando con un diagnóstico de un agresivo cáncer, del cual se había enterado un par de semanas antes de la fecha del “viaje de sus sueños” con toda su familia… Al terminar de leer pensé en mi propio “show”,  y agradecí desde lo más profundo de mi ser, que el cambio en mis planes hubiera sido para mí, un simple asunto de papeles y burocracia. Una vez más alguien se había encargado de enviarme mi “cachetada con guante blanco” y recetarme una fuerte dosis de “ubicatex” que buena falta me hacía.

Y en un abrir y cerrar de ojos estoy aquí, en el primer escalón de mi quinto piso. ¿Pero, por qué nadie me avisó que después de los 50, el tiempo le pisaba durísimo al acelerador? ¡Nunca antes un año de mi vida había pasado a tal velocidad!, y me pregunto si así será “de aquí pal real”, porque, de ser así, más vale que me ajuste muy bien el cinturón, pues en otro “acelerón” y con algo de suerte, estaré en los sesenta, setenta, ochenta, o los que me tenga deparado quien maneja estos asuntos.

Tampoco nadie me avisó que llegando a este punto, a mi cuerpo le importaría un soberano cacahuate mi filosofía de “forever 25” y, sin piedad, me haría recordar mi realidad a través de achaques que últimamente me van sorprendiendo casi a diario; son una especie de susurro que me dice: “No reinita, aunque te sientas de veinticinco, hace muchísimo tiempo dejaste esa edad, eres una cincuentona y, por si la imagen que te brinda el espejo no te es suficiente, aquí te dejo tu “achaquito” del día, nada más para que no se te olvide”.

Eso sí, de edad interesante, pero siempre agradecida con quien sea que se le agradezcan estas cosas, por un año más de vida, por todo lo bueno que disfruto, por todo lo que me regala felicidad, y también por lo malo que, a veces, ser sufre, porque eso es lo que me da aprendizaje y pone mis pies en la tierra, recordándome esas dos cosas que tanto me cuesta aceptar: la primera es que no se puede tener todo en esta vida y, la segunda, que pocas, pero muy pocas veces las cosas acontecen según lo planeado y, eso, no necesariamente tiene que ser malo.

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El teatro es vida

Por Ángeles Favela

Ocupar una butaca en medio de un teatro donde la tercera llamada ha ordenado que la luz se apague, es entrar a una dimensión terrenal distinta, indescriptiblemente real. Mientras escribo estas líneas, no puedo sino recordar estos momentos, cuando se eriza la piel al escuchar el timbre de una voz que clama o reclama a través de un fragmento, o cuando un silencio apabullante da pie para que una entrada eleve la emoción hasta hacernos contener la respiración.

Es en el teatro de arte, de calidad escénica, cuyo sentido no es meramente un espectáculo, sino que se refiere a un trozo de vida como si fuese arrancado de las circunstancias de los propios personajes. El teatro es un rito ancestral donde los espectadores y actores comparten un tiempo y espacio de manera única; es la realidad concentrada, es tiempo condensado: una vida entera, la de un pueblo o la de un individuo. Por ello la intensidad que se despliega a lo largo de cada minuto es capaz de ahondar en el interior de cada espectador. El buen teatro es capaz de atrapar la atención, los sentidos, el discernimiento, la ira o el dolor ante la injusticia o el destino que cubre inexorablemente la trama de una historia.

Confrontar la vida presenciando una obra de teatro, es una experiencia que me han regalado algunas puestas en escena, aquellas que cuestionan y retan mis pensamientos “establecidos”, aquellas que a través de diálogos o monólogos de alto impacto, cimbran mis emociones hasta obligarme a ver en ese instante a través de los ojos de quien habla. El teatro es lenguaje, es letra y música, es acción y reacción.

El buen teatro, es decir, obras excelsas, que integran extraordinarios actores y directores, han de regalarnos momentos sublimes. En la obra, conviven pasado, presente y futuro. Frente a nuestros ojos de espectadores un relato sucede, va naciendo y nosotros desde una butaca, somos testigos. Con nuestra imaginación recreamos más de lo que estamos viendo, como si presenciáramos un relato que nos llena también de lo que no hemos visto.

En nuestro interior se despliega un equilibrio entre lo que se ve y se escucha, y entre lo que se alude. Es en ese momento, cuando el espectador y el elenco crean un dialogo sin palabras.

Ayer terminó el Festival de teatro Nuevo León 2018, dejando en quienes lo disfrutamos, un buen aroma en el alma. El próximo jueves 16 de agosto inicia, a lo largo de dos meses y medio, una selección de cinco obras imperdibles en el espacio creativo Casa Musa, selección del dramaturgo y director teatral Hernán Galindo [Pecados, jueves 16 de agosto. Amarillo Van Gogh, jueves 6 de septiembre. Entre seda y algodón, miércoles 19 de septiembre. Cuando había granadas en noviembre, miércoles 3 de octubre. Bajo la verde sombra, lunes 29 de octubre.

De entre las artes escénicas, el teatro ha sido siempre un poderoso medio para mover conciencias y provocar la reflexión. Apostémosle al teatro artístico, a la dramaturgia de altos vuelos. Por fortuna, el buen teatro se hace en nuestro país, en nuestra ciudad; hay quienes lo dan todo por ello y, nosotros espectadores, somos los más beneficiados. Asiste, toca y vive el buen teatro, esta es una buena oportunidad.

angelesfavela@literalika.com

Un lugar para escribir

Por Ángeles Favela

Once de la mañana. Martes. Un salón de paredes blancas enmarca un gran cuadro. A través de la puerta corrediza de cristal se observa la mesa puesta: cada lugar con hojas blancas y plumas; una pizarra de cristal clavada en la pared; garrafones llenos de agua fresca y un aroma que se percibe al entrar. Han llegado tres alumnos y otros más ya están dentro del salón. Sandra está escribiendo una novela ambientada en los años sesenta, una universidad para señoritas, al sur de Estados Unidos, un país que se estremece con la muerte de Kennedy. A su lado, Luciana, una mujer con acento extranjero, trabaja en una historia cuya protagonista es una fotógrafa que, por coincidencia, ha descubierto una red de trata de personas hacinadas en un campo vinícola en Brasil. Su personaje se ha enamorado.

Sobre la mesa amplia y cuadrada hay ordenadores y cuadernos, tazas de café y botellas agua. Lucía ha estado trabajando desde el curso anterior en una novela que a todos nos tiene en vilo, es una historia personal, pero que también será punto de reflexión para núcleos familiares. Se han unido a la sesión dos nuevos integrantes, una de ellas escribe dos novelas a la vez, ha sido una labor titánica y ahora ha decidido fusionarlas, sabe que entre manos tiene una obra literaria. Adriana ha terminado el capítulo tres y está ansiosa por leer en voz alta, ofrece primero un comentario breve para recordar dónde se había quedado la historia. Todos han vivido la profundización de un texto en grupo, y saben del impacto que esta actividad regala al autor. El ambiente de confianza que se percibe explica el ánimo de los que aquí comparten textos.

Martes, siete de la tarde, un mar de nuevas historias. Lunes, tres de la tarde, la algarabía de voces infantiles. Miércoles, sábado, jueves, viernes por la tarde. Frases que de pronto explotan a sabiendas que se ha dado con la palabra exacta, con la frase matona, con el título perfecto. El dolor del borrador cuando es necesario eliminar un párrafo. El barco se ha puesto en marcha. Pruebas de color, juntas de diseño, reuniones con autores. Bienvenidas, nuevos participantes. Unos, rostros de primera vez por estos rumbos, otros, caras conocidas. Todos rostros frescos cargados de sonrisas y de sueños. Rostros claros y ojos que brillan. Manos que trabajan sobre un teclado o sobre un cuaderno a rayas. Imaginación que, desde una silla blanca, viaja años atrás para tomar la mano de un abuelo que nunca conoció, pero que de él le han contado historias y se ha propuesto revivirlo en un texto.

Corre el mes de agosto, ha terminado el periodo vacacional, y el ambiente de algarabía pudiera ser el de un salón de clases de una escuela de bachillerato o el inicio de actividades de una carrera universitaria, pero no. Se trata de un espacio conocido como Literálika, las edades de sus participantes son variadas y es posible entre el cambio de una clase y otra, encontrar a padres e hijos saludándose a sabiendas de que más tarde se verán de nuevo en casa. Hay quienes están a punto de conocerse, y quienes ya han coincidido, se han visto de nuevo con el gusto de encontrar a un amigo. Lo saben: han llegado a casa. Han cruzado el umbral de un lugar del que no se han ido nunca.

angelesfavela@literalika.com