Historias que encuentran a sus autores

Por Ana Elsa Flores

Estaba en mi escritorio tratando de escribir un cuento para mi próxima sesión de Proyectos Literarios. Era uno de esos días en que la musa me había dejado sola con el trabajo y yo la necesitaba más que nunca. Lo que sí llegó fue la lluvia, y con toda su fuerza. Con este clima más bien se antojaba un cafecito, quizá esto podría ayudar para inspirarme; mientras lo preparaba pensé en mi madre, recordaba aquellas mañanas en que desayunábamos juntas. ¡Cómo olvidar aquellos huevos con jamón, pan tostado con mantequilla y mermelada de fresa y un sabroso y aromático café con leche! 

Por mi cabeza rondaba una historia de tres generaciones, donde la abuela, la madre y la hija contarían su vida, pero no, yo no había conocido a mi abuela, y mi madre ya no estaba con nosotros; ¿y si hablara de un padre ausente y una madre indiferente y fría?, no, no debía de escribir sobre eso, ambas historias ya las estaban redactando dos compañeras de Proyectos.

Llegué de nuevo a mi escritorio, lo había instalado frente a una ventana. La lluvia continuaba, aunque ya había aminorado un poco. A través de la ventana vi a unos niños jugando en la calle, se divertían con el agua que seguía bajando del cielo. Pasaron frente a un charco y uno de ellos empujó a otro para que se cayera, él se levantó todo enlodado, los demás rieron y el niño lleno de lodo comenzó a llorar. ¿Y si presento una narración donde a un niño sus compañeros de la escuela le hacen bulling?, no, será mejor que no: ni tenía hijos, ni conocimientos de dicho tema; además un compañero ya habría escrito algo sobre eso.

Sonó el teléfono ¡otra interrupción para no concentrarme! Contesté, era para ofrecerme una estancia en un hotel de Acapulco, la cual sería completamente gratis si asistía a un desayuno el día siguiente; respondí que no me interesaba y después de varios minutos durante los cuales una persistente voz intentaba convencerme, colgué sin despedirme.

Podría narrar sobre un viaje, por ejemplo el de Nueva York, Barcelona o al Líbano; no, no conocía ninguno de los tres lugares, y dos compañeras más de Proyectos Literarios estaban compartiendo sus novelas enmarcadas en esos sitios. Mientras eso quedó descartado, la lluvia se convirtió en llovizna.

La hoja seguía en blanco. Comenzaron a llegar notificaciones a mi celular, eran noticias, tal vez alguna de ellas podría inspirarme. La primera que leí era sobre el robo de una valiosa pintura en un reconocido museo; no, tendría que investigar sobre pinturas y museos, y una compañera se había inspirado con dicho tema. Otra noticia era sobre la creación de un robot con apariencia humana, cada vez más semejante a una persona; no, tampoco redactaría algo sobre eso, estoy muy atrás en conocimientos tecnológicos y científicos, ¡y esa historia ya la estaba realizando otro de mis compañeros!

¿Dónde estaban mis historias?

Dejó de llover, el sol salió e iluminó mi mente, la musa había regresado. Comencé a llenar la hoja con ideas, podría narrar sobre mis miedos o de mi reacción ante una rebanada de pastel de chocolate estando a dieta, o de la relación con mi exnovio y lo que había sucedido aquel día en un parque de diversiones. Sí, escribiría varios relatos en torno a ello. Al fin, todos los temas que habían aparecido en mi cabeza ya tenían a sus autores: Iliana, Verónica, Federico, Norma, Natalia, Debany y Ricardo.

Y yo había encontrado a los míos o ellos me habían encontrado a mí, no lo sé, lo importantes es que ahora mis historias y yo, estábamos juntas.

hola@literalika.com

Ana Elsa Flores, participa en el Taller de Proyecto Literario y su libro de cuentos titulado De la tragedia a la felicidad sólo hay un paso, será publicado en el mes de julio.

Méjico

Por Javier Potes

Dios creó el mundo en cuatro días, el quinto dispuso a los animales sobre la tierra y, al sexto, a la mujer y al hombre. Descansó el séptimo día, pero durante el octavo se dio cuenta de que a su mundo perfecto le faltaban las regiones y los países.

Trabajó en orden alfabético. Hizo sus primeras pruebas con Alemania; le dio bosques majestuosos, orden, limpieza y cerveza. Se equivocó con el idioma, pero los hizo buenos para el futbol.

Siguió con Brasil, y se fue de extremo a extremo; le facilitó un clima cálido y una selva inmensa y desordenada. Los hizo amigables y con un idioma simpático; les surtió de samba y también de un futbol alegre y bonito.

Después forjó todos los demás países. Experimentó con la India un país espiritual; con Reino Unido un país gris; con Canadá un país light,y en Estados Unidos se dejó caer con intensidad. Pero no estaba satisfecho.

Un ángel que pasó a su lado lo vio pensativo y, sabiendo que Dios era el primer caso de Trastorno Obsesivo Compulsivo, le preguntó:

—¿Qué te pasa Dios?, has creado el planeta más perfecto del universo, con todo tipo de vida, paisajes hermosos, océanos sublimes, ¿qué más te puede faltar?

—No lo sé —contestó Dios—me falta un país diferente.

Por la noche los ángeles se dieron cuenta de que no habían ido al supermercado y tuvieron que inventar en la cocina, la ángel Lupita estaba furiosa por la falta de ingredientes, fue necesario improvisar. Tomó un chile verde que encontró en el centro de un país sin nombre entre Estados Unidos y Guatemala, lo abrió y “desvenó”, lo asó a fuego directo, dejó que se enfriara un poco y lo metió en una bolsa de plástico para que sudara. Al cabo de un rato lo sacó  y le desprendió las capas negras. Después preparó un relleno de carne que molió y preparó con jugo de tomate y después endulzó con cuadros de piña, duraznos en almíbar así como pasas, nuez y almendras molidas, todo en fuego lento, hasta que se coció la carne y con ello  rellenó el chile que había “tatemado”. Al final lo decoró con crema arriba y semillas de granada.
Dios preguntó qué era ese raro platillo, la ángel le dijo que no sabía, solo le advirtió que la cocinera había preparado ese chile “enogada”. No fue buena idea, se quedó pensando.

Esa noche Dios tuvo un sueño raro, aparecieron animales fantásticos de colores, música de guitarra con trompetas y violines, pirámides de piedra, en su sueño los vivos y muertos convivían y la comida era un arte; el fútbol no era un juego, era una fiesta; las estrellas fugaces volaban de la tierra al cielo explotando en supernovas multicolores; todas las personas se llamaban igual, los hombres “compadre” y las mujeres “comadre”, no eran prácticos ni disciplinados, eran rebeldes, ingeniosos y alegres. No buscaban la felicidad, vivían felices a pesar de habitar en un mundo que, años después, alguien describiría como surrealista.

Al despertar no podía creer lo que había soñado, para que no se le olvidara su sueño utilizó el único pedazo de tierra al que le faltaba ponerle nombre, y vació en él todo lo que había pasado por su cabeza la noche anterior.

—¿Cómo le vas a poner a esa tierra? —preguntó un ángel.

—Méjico —contestó Dios, pero un ángel le hizo notar que había usado todas las letras del abecedario para los demás países, menos la “X”.

—Está bien, ¡pongámosle México!

Cuento ganador del concurso Mis palabras por México.

Categoría adultos. Convocatoria de la Fundación El mundo escribe A.C.

50 años después de un 2 de octubre

Por Ángeles Favela

Una vez que se encendiera la bengala, de nuevo la historia avanzaría hacia una dirección equivocada. En ella todos perderían. Los pasos del 68, una movilización que quiso cambiar el rumbo de las cosas. Cincuenta años que no han pasado en blanco. Cincuenta, uno a uno sucediéndose del rojo al negro, del gris al amarillo caminando de la mano del circular tiempo.

Al llegar la noche una barbarie tomaría Tlatelolco, una bengala inauguraría la fiesta de la muerte para arrasar con los hombres y mujeres jóvenes de brazos fuertes y alzados. A la protesta habían llevado sus puños como un símbolo de unión y determinación. Para ellos la paz no necesitaba de armas, suficiente serían sus frases enérgicas y elocuentes. Buscaban paz, y se unían al deseo de los jóvenes de México y del mundo entero.

Esa noche todo lo necesario lo cargaban en su interior: eran sus voces, sus ideas, los ideales de un mundo mejor para todos, para sus hijos, por supuesto, los que aún no habían nacido, pero la noche del 2 de octubre del 68 se vistió de cascos verdes y rifles. Devoró a más de mil, primero decididos y luego, horas más tarde, desencajados rostros jóvenes.

La fiesta fue estruendosa, gritos, lamentos, órdenes, disparos, piedras, palos, uñas, dientes, cabellos, sangre. A la mañana siguiente el mundo entero fue otro. Una matanza había sucedido y al parecer nadie hablaría de ello.

Los muertos de Tlatelolco fueron “barridos” por las autoridades y cientos de estudiantes fueron presos en Lecumberri y otros en el Campo Militar número 1.

Madres de estudiantes lloraban en sus casas por sus hijos, había hermanos buscando a sus hermanos, padres enloquecidos por la desaparición de sus familiares. Había amigos. Cientos de amigos siendo solidarios entre ellos.

Por su parte, México debía estar listo para la siguiente fiesta, así que se esmeraba en los preparativos sin olvidar la calma para sus invitados internacionales. ¿Cuántos telegramas se habrán enviado para informar que después de la violencia de la noche anterior, las autoridades mexicanas garantizaban que la situación de seguridad en la ciudad de México estaba bajo control y que no existiría peligro alguno para “el honor de su visita” durante la próxima inauguración a los Juegos Olímpicos?

Para la gran celebración, la que el mundo aguardaba con ojos expectantes, ya estaban listos los cientos de guaruras escondidos tras los árboles de toda la Ciudad Universitaria.

El 3 de octubre, el secretario de Relaciones Exteriores y el jefe de Estado Mayor de Defensa, y hasta un noticiero de la mañana, informaron al mundo que había un día espléndido. “La perfecta paz” se dispersaba a través de los rayos del sol de aquella mañana de jueves, pero en algunas casas de la Narvarte no hubo un solo destello de luz que se atreviera a entrar por la rendija de ninguna ventana. Entre pausas de llantos, en aquellos hogares, un silencio invadía las paredes con las fotografías de sus desaparecidos.

La sombra de una bengala esparcía sobre sus techos cenizas de sueños, esperanza, planes rotos, y miles, millones de partículas minúsculas de libertad efervescente.

La belleza de la vida

Por Ángeles Favela

He aquí unos ojos bellos; el contraste de paz y serenidad en toda la extensión de una imagen. Un instante y una eternidad. Es la vida que se desborda; el retrato de aquellos los pasos recorridos y que aún en el silencio, en el eco, en la memoria, podrá escucharse aquella voz que no habrá de apagarse nunca: a donde quiera que vayas… la certeza del amor que ha de traspasar tiempo y fronteras.

Una imagen, un reflejo que es de todos: la condición de seres vivos susceptibles a la muerte. Nadie sabe cuanto ha de durar el viaje, pero ¡ah poetas!, la existencia de un poeta no se extingue nunca, seguirá por siempre tocando almas con sus versos.

He aquí una fotografía, símbolo de poesía, ese placer creado de lenguaje para el espíritu y el intelecto, para recordarnos que estamos vivos, con la posibilidad sensorial de tocar el universo entero.

He aquí el aspecto de un hombre que ha caminado un tramo largo con la decisión de sembrar y cosechar innumerables recuerdos. Ignacio Ríos Burns, el poeta que ha vivido. Un elegante bardo de esos que el mundo entero necesita para recordarnos de la mortalidad como una cualidad, como el aroma que ha de mantenernos diligentes, enérgicos, dinámicos.

He aquí un rostro con las huellas de su tiempo, con la hechura que ha dejado en sus descendientes, cual emblema del cariño que se fortalece.

Hay lazos que alimentarán a generaciones enteras, afectos que recorrerán como la savia en cada una de las nuevas ramas y, quizá, la belleza de la vida es sabernos mortales, ponderar, respetar y disfrutar nuestra historia y nuestro entorno. La existencia será por siempre un viaje: ida y vuelta en la continuidad que no concluye.

Termina el hombre, vive el poeta. “Ars longa… Vita brevis”

EN MI ULTIMO DIA

En mi último día

recordaré las leyes naturales

de nacer, vivir, morir y renovarse.

Emprenderé en silencio mi camino.

En mi último día

Océana seguirá su rotación en el espacio.

No cambiaran las normas de la vida.

En mi último día

seguirán su batalla la verdad, la mentira,

el amor, pasión y la lujuria

vibrando en ondas cerebrales.

En mi último día

vendrán conmigo almas de ancianos,

jóvenes y niños

reclamados por el tiempo destino.

En mi último día

nada se habrá perdido,

me llevaré en mi alma el amor ganado

y dejaré sembrado para siempre el mío.

Ignacio Ríos Burns (IRBE)

La máquina de escribir. Homenaje a mi Padre y a mis hermanos

Por Patricio Gómez Junco

Cada mes íbamos a la estación del tren para recibir a papá. El volvía de su gira de trabajo, de “introducir la cerveza” y nosotros de seguro habríamos de festejar su llegada pasando por la paletería.

Yo no entendía muy bien cómo era eso de vender cerveza hasta que un día lo acompañé en su recorrido. No supe si fue como castigo o como premio, o si era una manera de quitarle peso y afanes a mi madre que se quedaba a cargo de todos en casa: Marcela de siete años, Horacio de cinco, Armando de tres y Enrique recién nacido después de la muerte de nuestra hermanita de once meses, Catalina. Habría alguna circunstancia particular, no lo sé, pero por alguna razón mi padre me dijo que lo acompañara a su viaje de trabajo: Roberto, tú  vas conmigo. No recuerdo preparativos ni provisiones, ni despedidas ni nada.

Debo suponer mi emoción al saber que viajaría con papá en el “Fortingo” negro de la empresa. Cada novedad, por pequeña que fuera, la gozábamos entre todos mis hermanos. Por eso, me imagino que aunque no fuera necesario, todos habríamos colaborado en subir las viandas para el camino y en acomodar la ropa de papá. Éramos un enjambre: curiosos, ayudadores, gozadores. Continúa leyendo La máquina de escribir. Homenaje a mi Padre y a mis hermanos

Mis “sin cuenta”

Por Iliana Segura

Si mi guion se hubiera llevado a cabo tal como lo imaginé por años y de la manera como detalladamente lo planifiqué durante los últimos seis meses, en este día, en mi cumpleaños número cincuenta, yo habría de estar mirando la estatua de la libertad, rodeada —por primera vez en un viaje— de mi familia completa (papás, hermano, cuñada, esposo e hijos)… Pero una vez más, el creador de este show llamado vida, decidió de último momento, cambiar todos mis planes, y cobrarme una factura que tenía pendiente desde hace muchos años: ese desdén que he tenido siempre hacia mi tercer nombre, y que me ha hecho ocultarlo la mayoría del tiempo, y por la decidía de no poner en orden todos mis documentos, al cambiar pasaporte y visa,  los engorrosos trámites y su respectiva pérdida de tiempo, impidieron que el viaje de mis sueños fuese el festejo de mi arribo al quinto piso.

Por demás está decir a todos quienes me conocen bien, cuanto he llorado, berreado, pataleado y renegado por este hecho y, así estuve, hasta que hace unos días se me apareció por ahí un artículo en el cual su autora compartía cómo estaba lidiando con un diagnóstico de un agresivo cáncer, del cual se había enterado un par de semanas antes de la fecha del “viaje de sus sueños” con toda su familia… Al terminar de leer pensé en mi propio “show”,  y agradecí desde lo más profundo de mi ser, que el cambio en mis planes hubiera sido para mí, un simple asunto de papeles y burocracia. Una vez más alguien se había encargado de enviarme mi “cachetada con guante blanco” y recetarme una fuerte dosis de “ubicatex” que buena falta me hacía.

Y en un abrir y cerrar de ojos estoy aquí, en el primer escalón de mi quinto piso. ¿Pero, por qué nadie me avisó que después de los 50, el tiempo le pisaba durísimo al acelerador? ¡Nunca antes un año de mi vida había pasado a tal velocidad!, y me pregunto si así será “de aquí pal real”, porque, de ser así, más vale que me ajuste muy bien el cinturón, pues en otro “acelerón” y con algo de suerte, estaré en los sesenta, setenta, ochenta, o los que me tenga deparado quien maneja estos asuntos.

Tampoco nadie me avisó que llegando a este punto, a mi cuerpo le importaría un soberano cacahuate mi filosofía de “forever 25” y, sin piedad, me haría recordar mi realidad a través de achaques que últimamente me van sorprendiendo casi a diario; son una especie de susurro que me dice: “No reinita, aunque te sientas de veinticinco, hace muchísimo tiempo dejaste esa edad, eres una cincuentona y, por si la imagen que te brinda el espejo no te es suficiente, aquí te dejo tu “achaquito” del día, nada más para que no se te olvide”.

Eso sí, de edad interesante, pero siempre agradecida con quien sea que se le agradezcan estas cosas, por un año más de vida, por todo lo bueno que disfruto, por todo lo que me regala felicidad, y también por lo malo que, a veces, ser sufre, porque eso es lo que me da aprendizaje y pone mis pies en la tierra, recordándome esas dos cosas que tanto me cuesta aceptar: la primera es que no se puede tener todo en esta vida y, la segunda, que pocas, pero muy pocas veces las cosas acontecen según lo planeado y, eso, no necesariamente tiene que ser malo.

hola@literalika.com

Un lugar para escribir

Por Ángeles Favela

Once de la mañana. Martes. Un salón de paredes blancas enmarca un gran cuadro. A través de la puerta corrediza de cristal se observa la mesa puesta: cada lugar con hojas blancas y plumas; una pizarra de cristal clavada en la pared; garrafones llenos de agua fresca y un aroma que se percibe al entrar. Han llegado tres alumnos y otros más ya están dentro del salón. Sandra está escribiendo una novela ambientada en los años sesenta, una universidad para señoritas, al sur de Estados Unidos, un país que se estremece con la muerte de Kennedy. A su lado, Luciana, una mujer con acento extranjero, trabaja en una historia cuya protagonista es una fotógrafa que, por coincidencia, ha descubierto una red de trata de personas hacinadas en un campo vinícola en Brasil. Su personaje se ha enamorado.

Sobre la mesa amplia y cuadrada hay ordenadores y cuadernos, tazas de café y botellas agua. Lucía ha estado trabajando desde el curso anterior en una novela que a todos nos tiene en vilo, es una historia personal, pero que también será punto de reflexión para núcleos familiares. Se han unido a la sesión dos nuevos integrantes, una de ellas escribe dos novelas a la vez, ha sido una labor titánica y ahora ha decidido fusionarlas, sabe que entre manos tiene una obra literaria. Adriana ha terminado el capítulo tres y está ansiosa por leer en voz alta, ofrece primero un comentario breve para recordar dónde se había quedado la historia. Todos han vivido la profundización de un texto en grupo, y saben del impacto que esta actividad regala al autor. El ambiente de confianza que se percibe explica el ánimo de los que aquí comparten textos.

Martes, siete de la tarde, un mar de nuevas historias. Lunes, tres de la tarde, la algarabía de voces infantiles. Miércoles, sábado, jueves, viernes por la tarde. Frases que de pronto explotan a sabiendas que se ha dado con la palabra exacta, con la frase matona, con el título perfecto. El dolor del borrador cuando es necesario eliminar un párrafo. El barco se ha puesto en marcha. Pruebas de color, juntas de diseño, reuniones con autores. Bienvenidas, nuevos participantes. Unos, rostros de primera vez por estos rumbos, otros, caras conocidas. Todos rostros frescos cargados de sonrisas y de sueños. Rostros claros y ojos que brillan. Manos que trabajan sobre un teclado o sobre un cuaderno a rayas. Imaginación que, desde una silla blanca, viaja años atrás para tomar la mano de un abuelo que nunca conoció, pero que de él le han contado historias y se ha propuesto revivirlo en un texto.

Corre el mes de agosto, ha terminado el periodo vacacional, y el ambiente de algarabía pudiera ser el de un salón de clases de una escuela de bachillerato o el inicio de actividades de una carrera universitaria, pero no. Se trata de un espacio conocido como Literálika, las edades de sus participantes son variadas y es posible entre el cambio de una clase y otra, encontrar a padres e hijos saludándose a sabiendas de que más tarde se verán de nuevo en casa. Hay quienes están a punto de conocerse, y quienes ya han coincidido, se han visto de nuevo con el gusto de encontrar a un amigo. Lo saben: han llegado a casa. Han cruzado el umbral de un lugar del que no se han ido nunca.

angelesfavela@literalika.com

El día después

Por Ángeles Favela

México hoy se levantó temprano. Las elecciones presidenciales nos tienen a todos en vilo. Hay largas filas en la mayoría de las casillas, y entre la ciudadanía se percibe un ambiente de confianza y serenidad que brinda el ejercicio del voto. Habrá que esperar a que el día termine para que la jornada se convierta en una avalancha de datos e informaciones.

Hace un par de semanas conocí El Día Después, un movimiento ciudadano, sin afiliación a ningún partido político, que invita a la sociedad mexicana a actuar con empatía durante el proceso electoral, pero en especial, a partir de mañana 2 de julio que será el inicio del reto de adaptarnos a una nueva realidad y a convivir entre todos con nuestras diferencias.

El México al que pertenecemos, atraviesa por momentos difíciles, de enfermedad y, quizá hasta de agonía, somos muchos mexicanos preocupados por el futuro de nuestro país. El Día Después es un movimiento singular y conocerlo fue para mí, tranquilizador. Encabezado por un grupo de  artistas creadores, hombres y mujeres que han mejorado el mundo con el desempeño de su oficio y arte, individuos pensantes y creativos, haciendo un llamado a quienes deseamos un México menos violento y donde todos tengamos un lugar: Diego Luna, Lila Downs Alejandro González Iñárritu, Julieta Venegas, Guillermo del Toro, Alondra de la Parra, entre muchos otros.

La propuesta del movimiento se basa en doce compromisos ciudadanos para el siglo 21, bajo la premisa de que no hay responsabilidad más grande que ser un ciudadano o una ciudadana. Comparto aquí de manera especial los elementos que, de realizarlos cada uno de los mexicanos, creará una luz de esperanza de que nuestro país se encuentre en vías de recuperar la precaria salud en la que la corrupción lo ha hundido.

  1. La paz y la tolerancia no son un sueño. Deben ser una realidad.
  2. No al racismo, ni al clasismo. No a un país que excluya a las personas con discapacidad.
  3. Ejerzo una actitud crítica hacia nuestros gobernantes, independientemente de mi afiliación política y la de ellos.
  4. La corrupción mata, violenta y divide. No la tolero y denuncio a quienes la practican.
  5. La pobreza es una forma de violencia. Me comprometo a ayudar a combatir la desigualdad en todas sus formas, en todos los espacios.
  6. Debo escuchar a los pueblos indígenas y asegurarme que sus decisiones y autonomías sean respetadas.
  7. La igualdad de género es una condición fundamental para una sociedad justa.
  8. Respeto la identidad de género y la orientación sexual de cada persona.
  9. Me solidarizo con los migrantes indocumentados.
  10. Apoyo la educación, la cultura, la ciencia y las artes como los pilares de un proyecto de país.
  11. El respeto al medio ambiente es el respeto a mí mismo.
  12. Defiendo la libertad de expresión en todas sus formas.

El día después es mañana, cualquier gobernante a cargo, requiere de ciudadanos comprometidos y participantes, ejerce tu derecho al voto y cumple con la obligación de ser un ciudadano, en estos momentos al país no debemos dejarlo en manos de unos cuantos.

Ojalá puedas darle un vistazo a: www.eldiadespues.mx

angelesfavela@literalika.com

El México que no conozco

Mucho se ha dicho de si la literatura afecta directamente a la realidad, o de si la realidad supera a la ficción literaria. La historia de nuestro México son millones de historias a lo largo de cientos de años. Ahora mismo mientras nuestro pais se encuentra en una vorágine de información política, el próximo presidente llevará a cuestas las voces de muchas generaciones. Esta es una voz de los millones que conforman la generación que hoy votará por primera vez para elección de presidente:

“Yo nací en 1995 y mi país no tenía tiempo de atender a miles de jóvenes que nacimos en esa fecha. México en ese momento estaba cimbrado por el asesinato de un candidato presidencial, y Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo salían y entraban respectivamente de sus mandatos con las manos manchadas de sangre.

La economía y el ánimo de los ciudadanos desde entonces ha ido en picada, pero lo mismo había sucedido cuando nació mi madre, ella tenía dos años cuando a manos del gobierno de Gustavo Díaz Ordáz, cientos de jóvenes con la misma edad que ahora tengo yo, murieron, y muchos otros, simplemente desaparecieron en una masacre inaudita en Tlatelolco. Continúa leyendo El México que no conozco