El principito

Por Ángeles Favela

—¡Un día vi ponerse el sol cuarenta y tres veces!

Y un poco más tarde añadiste:

—¿Sabes? Cuando uno está verdaderamente triste le gusta ver las puestas de sol.

—El día que la viste cuarenta y tres veces estabas muy triste ¿verdad?

Pero el principito no respondió.

El 6 de abril de 1943 fue publicada la novela de Antoine de Saint-Exupéry. Sin duda el niño rubio, amigo entrañable de una rosa, es uno de los personajes más queridos en la literatura universal. Yo lo quiero. Quizá porque es un libro que ha estado presente en mi vida siempre. No puedo recordar con exactitud cuando fue la primera vez que lo leí, pero tengo la certeza de haberlo conocido antes de que yo supiera el significado de las letras. Tal vez mis padres me lo leían. Así que cuando en el colegio, durante tercero de primaria la maestra nos presentó a El Principito, él y yo ya éramos viejos conocidos.

En ese momento no imaginaba que esa novela habría de leerla muchas veces, y es que hay algo en esas líneas que se ha ido desdoblando para mí, poco a poco, a través del tiempo. He vuelto a ella muchas veces.

Cuando somos niños, gradualmente vamos descubriendo cómo los adultos ven el mundo y la vida en general y, por decir lo menos, sus ojos nos parecen algo extraños; luego somos nosotros quienes nos convertimos en adultos.

A veces creo que el niño de cabello rizado y yo, nos parecemos en algo; ser dueños de un arsenal constante de preguntas no hace la vida fácil. Me inquieta mirar mis ojos cuando releo este libro, compruebo que en mí habitan un montón de niñas, de adultas, de mujeres. La novela me ha regalado un valioso prisma de perspectivas. Lo esencial es invisible a los ojos. Me gusta saber que existe alguien incorrompible y perdurable [aunque sea un personaje de ficción] que conoce bien el valor del amor y de la amistad, que sabe que casi todo es cuestión de disciplina. Cada capítulo posee la brevedad y la fuerza pocas veces vista en una obra.

El principito sabe lo que uno aprende hasta muy entrados los años, por eso me gusta su carácter y los lentes con los que mira la vida, el amor y la sociedad.

Hace poco, alguien me preguntó si pensaba que El principito era un libro para niños o para adultos. No fue la pregunta lo que me sacudió sino mi respuesta, dije que era un libro para adultos. En ese instante me sentí como el señor muy colorado del capítulo VII, quien todo el día se repite que es un “hombre serio”… Pasé dos días pensando en ello, y esa misma noche lo leí de nuevo.

Fue una noche difícil, enfrentando fantasmas nuevos y viejos demonios. Uno nunca sabe cuando nuevos paradigmas se le han instalado en el pensamiento sin previo aviso y son momentos para reacomodar los pensamientos, las certezas y las dudas. Durante esa noche de lectura lo que más quería era que llegara la puesta del sol. Así han sido las releídas, a lo largo de mis cincuenta y dos años, de un momento a otro tengo de nuevo el libro en mis manos.

La respuesta es simple: es un libro para todos, un libro que es imprescindible que alguien más nos lea cuando somos niños, una obra obligatoria para los primeros años de escuela, para la turbulencia de la etapa adolescente y para muchos otros momentos en los que el ser humano, en medio de soledad o en la algarabía propia de la vida, se pregunte de qué está hecho o sobre qué suelo está parado.

Las capas del pensamiento van cambiando y la compañía de esta novela me resulta insustituible. Durante esa noche de lectura lo que más quería era que llegara la puesta del sol.

—Hace millones de años que las flores tiene espinas y hace también millones de años que los corderos, a pesar de las espinas, se comen las flores. ¿Es que no es cosa seria averiguar por qué las flores pierden el tiempo fabricando unas espinas que no les sirven para nada? ¿Es que no es importante la guerra de los corderos y las flores? ¿No es esto más serio e importante que las sumas de un señor gordo y colorado? Y si yo sé de una flor única en el mundo y que no existe en ninguna parte más que en mi planeta; si yo sé que un buen día un corderillo puede aniquilarla sin darse cuenta de ello, ¿es que esto no es importante?

El principito enrojeció y después continuó:

—Si alguien ama a una flor de la que sólo existe un ejemplar en millones y millones de estrellas, basta que las mire para ser dichoso. Puede decir satisfecho: “Mi flor está allí, en alguna parte…” ¡Pero si el cordero se la come, para él es como si de pronto todas las estrellas se apagaran! ¡Y esto no es importante!

No pudo decir más y estalló bruscamente en sollozos.

La noche había caído. Yo había soltado las herramientas y ya no importaban nada el martillo, el perno, la sed y la muerte. ¡Había en una estrella, en un planeta, el mío, la Tierra, un principito a quien consolar! Lo tomé en mis brazos y lo mecí diciéndole: “la flor que tú quieres no corre peligro… te dibujaré un bozal para tu cordero y una armadura para la flor…te…”. No sabía qué decirle, cómo consolarle y hacer que tuviera nuevamente confianza en mí; me sentía torpe. ¡Es tan misterioso el país de las lágrimas!

Cultura inmaterial

Por Ángeles Favela

La humanidad va dejando en el mundo la huella de sus pasos. Algunas de esas creaciones y acervos, son reconocidos como patrimonio cultural mundial. Pero, ¿qué es el patrimonio cultural?: se dice de todos aquellos bienes tangibles de las naciones, imposibles de cuantificar en su valor y, por supuesto, irremplazables. Una de las características para alcanzar el grado de patrimonio mundial, es la certeza de que su pérdida sería, no sólo para un país, sino para la humanidad entera, un quebranto.

Los bienes del patrimonio se clasifican en dos: culturales, (los creados por la humanidad) y los naturales.

En el año de 2003 se implementó la Convención para la protección del patrimonio cultural inmaterial. ¿Inmaterial? Pensé la primera vez que escuché el termino, imaginé la interminable lista de cosas intangibles que podrían considerarse en ese rango, y al consultar la lista oficial me llevé gratas sorpresas: las artes del espectáculo, los usos sociales, rituales y actos festivos, los conocimientos y usos relacionados con la naturaleza y el universo, y algunas de las técnicas ancestrales tradicionales, es decir, “todo aquel patrimonio que debe salvaguardarse, consistente en el reconocimiento de los usos, representaciones, expresiones, conocimientos y técnicas transmitidas de generación en generación y que infunden, a las comunidades y a los grupos, un sentimiento de identidad y continuidad, y que contribuyen a promover el respeto a la diversidad cultural y la creatividad humana”.

Los esfuerzos de la convención se dirigen también a la catalogación de instrumentos, objetos, artefactos y espacios culturales que son inherentes a las prácticas y expresiones culturales.

Imagina lo interesante y retador de alcanzar los objetivos para los que fue creado ese organismo. Para facilitar el camino ellos han hecho dos divisiones importantes: la primera se refiere a la lista del patrimonio cultural inmaterial con urgencia inminente de protección, y la segunda es referente a lo más representativo de valor cultural inmaterial en la humanidad. En la actualidad existen alrededor de 500 elementos integrados en las dos clasificaciones anteriores.

México es uno de los dos países de América Latina con el mayor número de manifestaciones reconocidas e inscritas. Además de los inmateriales, México cuenta con casi 40 sitios considerados como patrimonio de la humanidad, muchos de ellos naturales y otros tantos bienes culturales.

Es notorio que a lo largo de las últimas décadas el término “patrimonio cultural” fue cambiando y expandiéndose. Al principio eran únicamente monumentos y colecciones de objetos, hasta incluir, actualmente, a todas aquellas tradiciones que nos fueron heredadas de los ancestros y a su vez que serán transmitidas a nuestros descendientes.

La cultura inmaterial puede ser sumamente frágil y además representa también un vínculo importante si se trata como herramienta de respeto entre culturas y comunidades. El respeto va dirigido en gran parte al valor de los conocimientos y las técnicas, más que a la manifestación cultural en sí, y lo más interesante es que el patrimonio cultural inmaterial no se integra sólo con elementos que provengan de los antepasados, sino que puede ser lo contemporáneo y característico de una comunidad actual que beneficia de cierta forma a la humanidad.

Hoy que vivimos en la época de los procesos y procedimientos, sin duda habrá muchos de ellos, dignos de ser considerados parte del acervo cultural inmaterial. Quizá en nuestra comunidad se esté gestando algo que, si es integrador, representativo y reconocido por muchos, y además útil para crear, mantener y transmitir, se convertirá sin duda en un elemento más para la lista de cultura inmaterial.

Todos vamos recorriendo el mismo camino de la vida, estamos en la búsqueda constante de ser mejores y sí a esto le integramos el toque de fraternidad y ayuda mutua, es muy probable que, lo que ha sido útil a unos, habrá de servirnos a muchos otros.

Si todo lo que hace bien y además se hace bien, se cataloga y comunica, la humanidad entera dará pasos grandes hacia adelante, sí, esos pasos que en la actualidad, en algunos ámbitos se vislumbran lejanos, pero que se requieren ahora con urgencia.

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Lo que sí queremos

Por Ángeles Favela

Compás, simetría, ritmo, cadencia, proporción, ciclo, son palabras que intentan explicar el tiempo y el espacio donde las cosas suceden. 

El mundo, y en él incluidos la tecnología, la ciencia y la naturaleza, y en ella, los seres humanos, es regido en esta era por tal velocidad –para retroceder o crecer– que es necesario hacer una pausa para observar un poco nuestro entorno. 

A lo largo de la historia, pensar el mundo en que vivimos, ha sido tarea de filósofos, pero creo que vivir en esta época, sin una propia filosofía, nos dejará al margen o bien nos sumergirá sin reparos, en los laberintos de estructuras y sistemas en los que transcurrirán nuestros días.

Zygmunt Bauman, fallecido el 9 de enero de 2018, creador de la Ética del individuo en la aldea global, y del concepto de Modernidad líquida, es sin duda uno de los sociólogos que dejarán una huella imborrable de esta era, donde la realidad permanece con nosotros, tan sólo un instante.

Bauman afirma que el fantasma que vuela sobre los moradores del mundo líquido y moderno: la superfluidad. 

Repensar el mundo, nuestro mundo, nos acerca a la vida, a la propia, y aquí es donde cabe la pregunta ¿qué es lo que sí queremos? 

Vivimos en la era del consumo, y no sería real, ni posible, escaparnos de él. El consumo, nos es necesario para sobrevivir, y el problema no es consumir. El asunto, nos dice Zygmunt, es el deseo inacabable de seguir consumiendo. 

Y aquí va de nuevo una pregunta ¿qué es lo que estamos adquiriendo?, por supuesto no me refiero a tal o cual marca de café o de automóvil, ni al dentífrico que a diario usamos o a la elección del mejor lugar donde pasar unos cuantos días de descanso.

A lo que en estas líneas me refiero, son las decisiones fundamentales de las que todo ser humano debiera estar a cargo de manera definitiva. El acervo por lo menos de conocimiento, filosofía y modo de vida. Nuestra manera de interactuar con la naturaleza, con nuestra comunidad, o la certeza con la fundamos nuestras empresas, nuestros lazos afectivos, o por que no, la seguridad con la que sostenemos la mano de nuestros propios hijos.

En medio de revuelos políticos y económicos, pareciera que el mundo (a pesar de ser redondo), se ha vuelto de cabeza. 

En vez de buscar soluciones a los problemas insolubles del mundo moderno, y que pareciera que se multiplican ante los ojos de todos, quizá, sea necesario ubicarnos y mirar desde otra perspectiva, de esta manera será como cambiar nuestra manera de observarlos y por lo tanto, de enfrentarlos.

Elegir –en la medida de lo posible– es una fortuna. 

Elegir lo que sí quiero aprender y aprehender. Asignar el tiempo que otorgaré a tal o cual actividad. Emprender con el ahínco necesario para lograr.  

El oficio, nos exigirá tiempo, todo el que sea necesario. Así sea para aprender un idioma, escribir un libro o interpretar con maestría una melodía al piano, el tesón, que no se compra en ningún lugar, habrá de recordarnos de lo que estamos hechos. 

En este trayecto, el de la vida, sería injusto que la felicidad que desde tiempos remotos todos aspiramos, quedara fuera de las decisiones a las que todos tenemos derecho. 

Y qué será la felicidad sino la certeza de que en todos nuestros proyectos, desde la creación, la ejecución y la operación, lo hemos dado todo, sin olvidar el hecho inquebrantable del derecho genuino también del otro.

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El primer domingo de 2019

Por Ángeles Favela

El primer domingo del año es un día singular, dueño de esa rareza que algunos otros días del año poseen. Es admirar desde la cima de algo que recién ha terminado. Un lugar seguro, donde se puede mirar hacia atrás y hacia el futuro, con los pies bien puestos sobre la tierra. Es un momento, por lo menos, así lo percibo yo, donde el año que hemos caminado tiene por fin el rostro completo. Es un instante donde los bolsillos están repletos de saberes, aprendizajes y viajes, por lo tanto, es posible mirar con un poco de paz hacia lo desconocido, lo nuevo, lo que viene.

El primer domingo del año, es la puerta que se abre hacía un nuevo ciclo, hacia un recorrido que está por iniciar, viajes por emprender, experiencias para crear, pizcas nuevas de autoconocimiento, libros por leer, charlas por compartir, en fin: (por lo menos 365) hojas en blanco listas para escribirse.

El primer domingo del año, es también la certeza de que el año que termina no tiene marcha atrás. Es la conciencia de que la vida es ahora, pero sin el vacío de la nada, y sí con la visión de que cada ahora, habrá de ser la semilla de muchos mañana.

En el primer domingo del año, el recorrido, el camino, el año, el ciclo ha emprendido de nuevo la marcha. Las uvas, las campanadas y los brindis se han puesto en modo de descanso.

A todo eso me sabe cada año este día, pero hoy, como no en muchos años anteriores, me sabe también a gratitud. Tengo la impresión de abrazar con fuerza el 2018, no para que no se vaya, sino para dejarlo ir a sabiendas de que lo he vivido al máximo y, mientras lo abrazo, me escucho decirle con gran cariño que tiene y tendrá siempre un lugar de buen sabor en mi memoria. 

Estoy segura de que todos tenemos un montón de cosas que nos llenan de gratitud, cada una personal y particular como la propia vida. En mi caso, una de esas cosas que hoy me hace sentir de manera profunda la palabra gracias, se refiere a la escritura: una palabra que resuena en mi interior llena de muchas otras palabras de valor y que a manera de lista me gustaría compartir: amistades entrañables; sueños míos, sueños de otros y sueños compartidos; fuente de trabajo; aprendizaje y enseñanza; imaginación; creatividad; logros; memorias; recuerdos; historias; personas valiosas y admirables; sentimientos, emociones y luchas internas; ideas transformadas en palabras; tragos amargos superados; preguntas y respuestas; respuestas y más preguntas; carcajadas; sonrisas; nudos en la garganta transformados en palabras escritas; ojos de Candy como dirían en broma mis hermanos, cuando uno tiene los ojos llenos de agua; proyectos; satisfacción; proyecto personal; libros publicados; libros por publicar; historias por escribir.

Hay una frase que conocí gracias a Zygmunt Bauman, cuando cita a Václav Havel: La esperanza no es un pronóstico, sino un arma que, junto con el coraje y la voluntad, deberíamos aprender a utilizar”.

Gracias escritura, gracias lenguaje. Gracias, gracias, gracias.

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Tres regalos

Por Patricio Gómez Junco

Tengo el hábito de seleccionar lo que veo, lo que oigo, lo que atiendo: no me conformo ni me pliego, ni someto generoso mi juicio a cualquier noticia, espectáculo u opinión.

Me he cansado de buscar en la radio alguna estación de mi agrado. Antes escuchaba mucho de Radio Red; hoy la atiendo a hitos porque tengo que buscar entre la paja la discusión de altura, la divulgación de la ciencia, el verso olvidado, la melodía tejida con colores orquestales. Pero como “el que busca encuentra”, de ayer a hoy di con tres joyas, aunque no en la radio, sino en otros rincones de mi ciudad:

En un periódico local me espera sin yo esperarlo, un bello artículo de Samuel Rodríguez, filósofo y profesor que me gustaría conocer algún día. En “García Márquez, el abismo y yo”  (El Horizonte de 15 Dic. 2018) narra su fortuito encuentro con el lenguaje del novelista Colombiano, porque a pesar de su maestra, encontró el placer de la lectura… “la felicidad de leer había sacudido mi mundo: algo en mí había despertado”:  “el incendio de Llano en llamas” (Rulfo)el asombro por el punto que contiene todos los puntos del Universo (Aleph Borges) y la “tormenta de alegrías” en la “prosa de amor y caña brava” (García-Márquez).

Esta experiencia de abismo y de prodigio en la lectura, nos permite convertirnos en seres dignos de este mundo que se hace realidad en mi colonia, mi barrio, mi escuela, mi trabajo, mi patria…

Esa dignidad ante lo limitado del entorno y sus alrededores no es otra cosa que la actitud de quien está dispuesto a enfrentar “los abismos” para allanarlos (tiempo de espera, de lo que está por venir, del adviento y las navidades sin fecha decembrina … que requieren nuestro compromiso, bravura y decisión de actuar…) las simas para hacerlas cimas, y para llevar nuestro propio ser a un nivel más alto de compromiso y fruición.

Así como hoy encontré a este filósofo local, ayer leí (entre que buscas y te lo topas) un poema de Pessoa, en la admirable edición de nuestra UANL. Poesía de la más alta esfera que a fuerza de embelesos me llevó a respirar un aire más puro y fresco…Queda una sensación de bienestar al saber que lo más íntimo de tu propio ser no es revelable, ni compartible, ni transparentable… (perdón porque el idioma no da para más …) 

Y no es que uno se sienta bien en la soledad, sino que a partir de esa confesión del poeta, sabes al menos, que tu condena a la soledad es experiencia común de los humanos, arrinconados a sufrir la intimidad, a gozar las alegrías que nadie entiende mas que tú mismo, en un rincón común a todos los rincones, los de tus padres, los de tus hijos, los de tus nietos, si les da por leer y filosofar….ojalá! No es la cocina donde lloras tus penas…es el rincón del alma…No es el libro tu confidente…. es la caricia del arte, mago de alegrías insospechadas. No es toque sublime de acordes y texturas, es el oscuro subconsciente en que todos abrevamos de lo mismo… Allá la comunión en la soledad: allá el sufrir y el gozar, allá la caricia y felicidad. Un lazo de comunión con Pessoa a pesar de la muerte, la geografía y el tiempo… ¡qué admirable!

Pero también ayer (poca distancia en el tiempo) un vibrante Concierto de 5 metales: el conjunto PIXAN en la Escuela Superior de Música y Danza de Monterrey. Cinco chicos formados y en formación descubren la rendija de la música para asomarse a la felicidad de revivir y hacer presente a Debussy, con la delicadeza de quien cubre el frío de un niño, o con el asombro de quien queda absorto por el rosa mexicano de un atardecer en nuestras montañas.

Un ensayo, un poema, un concierto, todo en Monterrey, si no al asecho, sí a la espera de quienes buscan un poco de solaz para el espíritu, “su Ítaca verde y humilde” lugar de reposo y encuentro: el arte (Borges).

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Conversaciones frente al mar

Por Ángeles Favela

El entorno natural en el que se desarrolla la vida nos regala a los seres vivos, sus maravillas. Una de ellas es el mar. La mar para unos. Grandes poetas y novelistas lo han utilizado como marco de historias entrañables. El enigma y el asombro que despierta puede encaminarse a historias de introspección, expediciones, viajes, submarinos.

De manera individual ¿cuántas conversaciones podríamos entablar con ese Don Señor Mar?

De cuándo fue que lo conocí por vez primera, bien a bien no lo recuerdo. Quizá, aún siendo niña las plantas de mis pies acariciaron la frescura de la arena y pareciera que lo conozco desde siempre, o tal vez, en las historias que me leían mis abuelas, el mar estaba ahí, entre frases y dibujos. Lo cierto es que su grandeza ha sido para mí siempre motivo de asombro. Debo confesar que nunca he podido contener la emoción que me inunda cuando estoy a punto de mirarlo de nuevo, es como si la cercanía de su aroma, la sonoridad de sus olas estrellándose contra las rocas y el parloteo de las gaviotas, le avisaran a mi pulso que debe acelerarse.

¿Será que su grandeza me devuelve al vientre de mi madre? ¿Será que me siento extraviada acá afuera?

Aunque pasaran años sin verlo, a lo lejos podría reconocer su voz, pero eso es lo que menos deseo.

No podría vivir sin él: fue en la orilla de una playa donde cayó mi primer diente; un día, por su culpa (así fue mi razonamiento infantil) me olvidé del sol y sus efectos, mientras en la arena escribía cientos de pequeñas palabras y figuras para ver cómo sus olas las sumergían para llevarlas a explorar en las profundidades; el mar ha acompañado a los personajes principales en las mejores historias que he leído. Quizá, sin pensarlo, lo he tomado a manera personal como confidente atento de mis íntimos secretos.

Infinidad de veces, aún careciendo de palabras el mar me ha dicho tantas cosas, hemos charlado por horas, días y noches enteras.

El mar resonará en mis oídos. Los pétalos blancos se oscurecerán con agua de mar. Flotarán por un momento y luego se hundirán. Llevándome sobre las olas me echaré encima. (Las Olas, Viginia Woolf)

Fue en sus entrañas donde un día supe lo que era el miedo, en la voracidad de su marea la vida significa también supervivencia; en él, un instante es un abismo y también la vida entera.

A la orilla del mar he tocado la orilla del viento, sí, la orilla del viento. He sido testigo de cómo el sol se funde en la superficie y de cómo la luna se estrella en él cual imagen astillada.

Necesito del mar porque me enseña

no sé si aprendo música o conciencia

no sé si es ola sola o ser profundo

o sólo ronca voz o deslumbrante

suposición de peces y navíos. (El mar, Pablo Neruda)

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Las siete treinta y cuatro

Por Alejandra Sandoval

Abro los ojos al tiempo en que el sol se asoma por el filo del marco de mi ventana, la casa me abraza serena. El reloj marca las siete treinta y cuatro. Con mis dedos entrelazados atrás de mi cabeza sonrío, recordando la noche anterior en que había logrado desenredar momentos de un luto engarabatado al pensamiento. Me levanté de la cama y al bajar las escaleras me descubrí con palabras nuevas de un sueño. Tarareo una canción mientras me dirijo a la cocina, en donde busco entre la canasta de frutas algo con que iniciar mi día. La más grande de las toronjas es la elegida. La coloco en mi plato y con un buen cuchillo afilado en mano, inicio la operación. La secciono en dos mitades perfectas, para después cuidadosamente fraccionarla, separando la membrana amarga de la pulpa sonrosada dulce, ácida y jugosa. Me gusta sostener la mitad en mi palma, como si fuese un tazón engranado a mi mano, tal como siempre, desde que recuerdo, como mis padres la comían. Ese repetitivo y cotidiano momento, activó un gatillo dentro de mí cabeza. En ella despertó una voz recordando a mi conciencia “hoy es sábado” y eso automáticamente me hizo sentir que debía llamar a mis padres. Por ese par de segundos en que mi cuerpo se dirigió al teléfono, me petrifiqué por minutos. La toronja escurría en mi mano mientras yo sollozaba como una niña. Me topé de frente con un vacío que más tarde nombraría “la ausencia tocando mi pecho” lo hice después de leer a mi hermana Cokis, quien a 450 km de distancia escribió esa misma mañana una carta al cielo, una carta a nuestros padres.

Unos meses después de ese día, Mi hermana Denise y su familia estaban de visita en Monterrey, desayunamos en familia unos chilaquiles acompañados de un café de olla campechaneado, el cual consiste en mitad de piloncillo mitad negro. Al finalizar ella me acompañó a dar una clase de baile flamenco, al grupo de amigas de mi hija. Al terminar la clase, salimos del salón y nos recargamos sobre el barandal observando el patio central que estaba a tres pisos abajo de nosotros. De maestra a maestra me dio varias recomendaciones, recuerdo que enfatizó lo relajada que me había vuelto en cuanto disciplina, y yo tomaba nota cuando de pronto sentí su mirada analítica clavada en mis ojos, y me dijo con esa su sonrisa, la que conozco y que tanto quiero

—Yo no sabía que todo esto lo iba a tomar de esta manera —nos quedamos fijas por un par de segundos y entonces lo entendí.

Nuestros padres nos habían preparado y nosotros ni cuenta nos habíamos dado. Llegar a esa conclusión llevó un par de meses. Aceptar que la vida sigue su curso, incluso cuando la atmósfera está cubierta de una increíble y soberbia desesperanza es como ser poseída por una amalgama de contradicciones que al final desembocan en la realidad de que todo forma parte de una rueda en el tiempo que no es estático. Me recuerdo implorando por un estruendo sobrenatural que se afanase en paralizar el casual transcurrir de los otros. No sucedió. Por ello cada día me levanté y seguí con mi trabajo. Cada uno de mis hermanos lo hicimos, como si todo hubiese sido parte de un plan. Recuerdo sentir lastima por el jugo de la toronja que se derramaba entre mis dedos aquella mañana en la que por unos instantes olvide lo inolvidable.

Absorbí de mi jícara-toronja lo que chorreaba desde mi mano, el sabor contrastaba con lo dulce de mis lágrimas, dulce como el olor de mi madre. Con un trapo limpié el piso y de un salto me senté en la barra, en una de las esquinas. Terminé mi toronja, con cara de puchero, a mis treinta y ocho, ¡si seré infantil! Cara de pato me decían de pequeña. Con el escalofrío del miedo recuerdo pensar en qué tantos detalles cotidianos desencadenaran el hábito de querer llamarles. Al terminar la toronja, saco de mi boca un pedazo de la membrana amarga, la dejo sobre cáscara a mi lado y me pierdo unos minutos en la imagen. Serán ciclos, aceptaré vivirlos dulces, agrios como vengan, tarde que temprano los nuevos recuerdos serán mayoría, y la vida misma será una fusión de quién fui y quién soy y de quiénes fui y de quiénes soy. Papá y mamá agradezco haberlos conocido.

Sueños de pan

Por Ángeles Favela

Las aguas, el viento, las sombras, incluso los aromas, corren, a veces, en opuestas direcciones. Y no hay nada que podamos hacer para impedirlo. En una historia, la fuerza del destino lleva en las venas su propio impulso.

Pero, también en una historia, los sueños son otra cosa, son para construirlos. Son una línea, una oración. Van plasmados en un párrafo, o en un libro completo. Los sueños son punto y aparte. Punto y coma. Puntos suspensivos…

Los sueños también son preguntas. Entre comillas se van gestando, y en forma de proyecto, ideal, aspiración, anhelo, fantasía, quimera o suspiro, habrán de ver la luz al cabo de algún tiempo. Y ya convertidos en aves, a los sueños alados, no habrá quien los detenga. Han de crear su propio viento, aún en aquellos desolados días.

Los sueños son para llevar, y son para comer aquí. En ellos podemos ver de lo que estamos hechos, ¿de arena?, ¿de aire? Los míos están hechos de pan, el que amasaron un día mis abuelas. El que de niña, impaciente, esperé a la puerta del horno. Una pequeña ventana de vidrio, velaba la transformación: aquellas bolas de masa se convertían frente a mis ojos, en obras de arte. El hechizo del aroma, era concierto y una voz de promesa. La esperanza latente, amanecía entre el café y, los planes y proyectos, emprendían el viaje.

Reinventar caminos para emprender destinos, es una promesa. Y qué decir del tiempo, él nunca se olvida de nosotros, nos lleva de la mano, sin preguntar. Y si la tierra no fuera redonda, habría un momento del día en que toda ella se impregnara de inconfundibles aromas, mientras todos los niños y niñas, impacientes, posaran sus ojos en los volcanes crecientes. Pero la tierra es redonda, y por tanto, el aroma se fragmenta en muchos rincones, y pese al dolor que lo impulsa, el pan no puede llegar a todas las manos que lo anhelan, a todas aquellos rostros poseedores de ojos tiernos. Algunos, los que están del otro lado de la vitrina impenetrable, guardarán silencio.

Quizá, llegaran las manos que siempre comparten. Aquellas, las que amanecen y transitan el día, sin saberse observadas. Las que trabajan fuera de foco y detrás de los reflectores, las que afanosamente hornean a diario el pan, y al mismo tiempo, crean lo que en él da fuerza y regala vida.

Cuando la energía de color canela y sabores dorados, atrapan sonrisas, el día no habrá sido en vano. ¿Qué destino hizo del pan abrigo? ¿qué impulso da fuerza al trigo? Y el resorte se activa: los juegos del hambre, panem nostrum, panem et circenses. De frente a la vida se va creando el destino, el que existe primero sin forma, al que es necesario amasar para que nos regale su aroma.

Destino no es historia. Destino es opción y tino. Es fuerza, estudio, lectura, ciencia, leyes, matemáticas, justicia, trabajo, honra y verdad. Destino son lo días de sol, de lluvia, de viento. Es granizo y huracán. Es madrugada, atardecer y noche desvelada. Es noche tras noche. Noche trasnochada, y es quizá, alguna estrella.

El ancho mar, impasible y testigo de la ingratitud de unos cuantos, y admirado del esfuerzo de casi todos, permanece impávido ante aquel que clama y también ante aquel que agradece. Yace al lado de los que preguntan, y frente a aquellos los que emprenden, y si fuera necesario, el mar saldría de sus propias playas para elevar en sus olas a los que de impulso carecen.

La creación es nuestro destino y el impulso no sé cuando es que llegó, quizá así nací, o tal vez, soy fruto de esas sombras.

angelesfavela@literalika.com

Objetos personales

Por Ángeles Favela

No es necesario ser un coleccionista empedernido para establecer relaciones imprescindibles con ciertos objetos. Hay cosas que, de mirar la vista atrás, han estado siempre a nuestro lado. No me refiero a personas ni a recuerdos, habló de materia o sustancia sin la que prácticamente regresaríamos a casa en el caso remoto de algún olvido. Tampoco se trata de los usos y costumbres que a todos nos hacen posible la vida diaria como lo es la ropa, el calzado, la casa, los utensilios, medios de comunicación o de transporte. Ahora mismo mientras escribo esto, en medio de la dificultad de dar con la palabra exacta para nombrar lo que en mi mente está más que claro, me pregunto si a todos nos pasa lo mismo, o si soy de las personas que lleva años con el mismo dije al cuello, o que siempre ha de traer por lo menos una pluma negra y un lapicero .09 mm en el bolso.

Hay objetos que, casi a manera de afecto, necesitamos saberlos siempre a la mano. Lo que cuento no son propiamente manías obsesivas, sino apego a elementos que me son útiles y que de cierta forma se han convertido en una parte extendida de mi personalidad. No me considero una persona consumista y la prueba de ello es que uso el mismo perfume -que me guste- desde la primera hasta la última gota, y mis gafas de sol son y serán las mismas hasta que su funcionamiento demuestre lo contrario y yo, quizá en vano, trate de encontrar unas idénticas. Continúa leyendo Objetos personales

Recuerdos que no envejecen

Por Ángeles Favela

Hay recuerdos que existen suspendidos al margen del tiempo. A pesar de que nuestro cuerpo envejece un poco día con día, no ocurre lo mismo con algunos sucesos. Hay eventos que atesoramos en la memoria con tal viveza que aún al paso del tiempo permanecen intactos cada vez que pensamos en ellos. Un hecho inolvidable adquiere la inmortalidad a través de la repetición. Cuando mamá llegaba a las tres de la tarde con una bolsa de papel de estraza llena de hojarascas. Y la escena de la madre no envejece, ni su rostro, ni sus manos, al contrario, acude al pensamiento hasta con el mismo peinado y maquillaje. Eran blancos mis zapatos de charol en primero de primaria. Y la maestra y el camino hacia el colegio huelen a lunes por la mañana, y uno vuelve a mirarse con los cuadernos impecables, ansiosos de mostrar las tareas frente a un salón repleto Continúa leyendo Recuerdos que no envejecen