Historias de fantasmas

Por Ángeles Favela

Las preguntas que durante siglos han ocupado la mente de los grandes filósofos: ¿quién soy?, ¿hacia dónde voy?, ¿de dónde vengo?, ocupan también el pensamiento del resto de la humanidad. Quizá a ratos todos nos lo hemos preguntado, quizá alguna vez o quizá algún día, esas interrogantes retumbarán en nuestros pensamientos.

Pareciera que la búsqueda de las respuestas, raíces, o bien, las historias que conforman nuestra propia vida son material primario para narrar.

Escribir autobiografía nos regala una identidad con la que muchos no hemos crecido. Existen familias en las que prácticamente los miembros no se conocen unos a otros. Hay muertes o separaciones abruptas que rompen toda secuencia en las historias y es necesario, a veces, llenar esos huecos de la mejor manera: escribiendo.

Recuerdo una historia que escuché hace tiempo, es una de todas las que sucedieron en Chile, durante el golpe de Estado en septiembre del 73, cuando las fuerzas armadas tomaron la ciudad y un pueblo entero vivió el infierno llamado Pinochet. Al resto de la historia (no ficción) de la que poco a poco seguimos conociendo, se suman cientos de familias rasgadas, hijos y madres desaparecidos, miles de personas con la conciencia y la memoria quebradas. Cada secuestro y cada desaparición no son sólo un lapso de dolor y de silencio, son historias imborrables y desgarradoras.

Es una donde una madre de familia, maestra de filosofía, fue secuestrada junto con el menor de sus hijos por fuerzas militares, frente a los ojos de su hija de nueve años y ante la mirada estupefacta de quienes fueron testigos. Para aquella familia que ese día quedó dentro de la casa, todo lo que siguió después fue silencio.

A esa mujer-hija, le costó un cúmulo de años en psicoterapia para trabajar, sin éxito, ese evento; aparecían de manera incontrolable muchos elementos en juego: las historias de sus hermanos, lo que pudo haber sucedido con su madre, lo que sucedió y ellos nunca lo supieron, la perspectiva del padre y, por supuesto, las ruinas entre las que ella intentaba, una y otra vez, edificar su propia vida. Parecía imposible acomodar sus recuerdos, manejar el torrente de sus emociones. Crisis tras crisis, le impedían avanzar ligera unos cuantos pasos. Era como si los días pesaran más, aunado a las obligaciones de supervivencia que sus propios hijos le requerían. Del trabajo ni hablar, ni de su vida afectiva, ni de sus sueños o expectativas.

Fue hasta que decidió escribir una historia, una “ligeramente” inspirada en la propia y, luego se dio cuenta de que lo que había hecho fue reescribir la propia. El mejor regalo fue reconocer que no tenía manera de borrar el pasado, pero descubrió que, tangiblemente, ella había podido cambiarlo, quizá fueron las pupilas de sus ojos que brillaron de un modo distinto ante la hoja receptora de todo aquel dolor que por años había llevado a cuestas.

A partir de la infame tarde en que, a sus nueve años, se convirtió en adulta, nunca más tuvo cercano el rostro de su madre. Cuando le preguntan cómo era posible escribir una biografía sobre alguien a quien prácticamente no había conocido, su respuesta me ha regalado muchas historias. La de ella fue escrita no para su madre, no para el mundo. Ella deseaba escribir una historia para ella y así crear la figura materna que le había sido arrebatada. En medio de un camino rudo y tortuoso que poco a poco se fue tornando suave, ella se regaló una madre, era lo que más necesitaba.

A ella, las preguntas ¿quiénes somos?, ¿a dónde vamos?, ¿de dónde venimos?, ahora le pesan un poco menos. Sin duda son preguntas que sin importar el trayecto personal a todos nos acompañan. A veces, como si fueran fantasmas.

angelesfavela@literalika.com

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