Historias que encuentran a sus autores

Por Ana Elsa Flores

Estaba en mi escritorio tratando de escribir un cuento para mi próxima sesión de Proyectos Literarios. Era uno de esos días en que la musa me había dejado sola con el trabajo y yo la necesitaba más que nunca. Lo que sí llegó fue la lluvia, y con toda su fuerza. Con este clima más bien se antojaba un cafecito, quizá esto podría ayudar para inspirarme; mientras lo preparaba pensé en mi madre, recordaba aquellas mañanas en que desayunábamos juntas. ¡Cómo olvidar aquellos huevos con jamón, pan tostado con mantequilla y mermelada de fresa y un sabroso y aromático café con leche! 

Por mi cabeza rondaba una historia de tres generaciones, donde la abuela, la madre y la hija contarían su vida, pero no, yo no había conocido a mi abuela, y mi madre ya no estaba con nosotros; ¿y si hablara de un padre ausente y una madre indiferente y fría?, no, no debía de escribir sobre eso, ambas historias ya las estaban redactando dos compañeras de Proyectos.

Llegué de nuevo a mi escritorio, lo había instalado frente a una ventana. La lluvia continuaba, aunque ya había aminorado un poco. A través de la ventana vi a unos niños jugando en la calle, se divertían con el agua que seguía bajando del cielo. Pasaron frente a un charco y uno de ellos empujó a otro para que se cayera, él se levantó todo enlodado, los demás rieron y el niño lleno de lodo comenzó a llorar. ¿Y si presento una narración donde a un niño sus compañeros de la escuela le hacen bulling?, no, será mejor que no: ni tenía hijos, ni conocimientos de dicho tema; además un compañero ya habría escrito algo sobre eso.

Sonó el teléfono ¡otra interrupción para no concentrarme! Contesté, era para ofrecerme una estancia en un hotel de Acapulco, la cual sería completamente gratis si asistía a un desayuno el día siguiente; respondí que no me interesaba y después de varios minutos durante los cuales una persistente voz intentaba convencerme, colgué sin despedirme.

Podría narrar sobre un viaje, por ejemplo el de Nueva York, Barcelona o al Líbano; no, no conocía ninguno de los tres lugares, y dos compañeras más de Proyectos Literarios estaban compartiendo sus novelas enmarcadas en esos sitios. Mientras eso quedó descartado, la lluvia se convirtió en llovizna.

La hoja seguía en blanco. Comenzaron a llegar notificaciones a mi celular, eran noticias, tal vez alguna de ellas podría inspirarme. La primera que leí era sobre el robo de una valiosa pintura en un reconocido museo; no, tendría que investigar sobre pinturas y museos, y una compañera se había inspirado con dicho tema. Otra noticia era sobre la creación de un robot con apariencia humana, cada vez más semejante a una persona; no, tampoco redactaría algo sobre eso, estoy muy atrás en conocimientos tecnológicos y científicos, ¡y esa historia ya la estaba realizando otro de mis compañeros!

¿Dónde estaban mis historias?

Dejó de llover, el sol salió e iluminó mi mente, la musa había regresado. Comencé a llenar la hoja con ideas, podría narrar sobre mis miedos o de mi reacción ante una rebanada de pastel de chocolate estando a dieta, o de la relación con mi exnovio y lo que había sucedido aquel día en un parque de diversiones. Sí, escribiría varios relatos en torno a ello. Al fin, todos los temas que habían aparecido en mi cabeza ya tenían a sus autores: Iliana, Verónica, Federico, Norma, Natalia, Debany y Ricardo.

Y yo había encontrado a los míos o ellos me habían encontrado a mí, no lo sé, lo importantes es que ahora mis historias y yo, estábamos juntas.

hola@literalika.com

Ana Elsa Flores, participa en el Taller de Proyecto Literario y su libro de cuentos titulado De la tragedia a la felicidad sólo hay un paso, será publicado en el mes de julio.

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