La doble maravilla del sonido

Por Patricio Gómez Junco

El primer contacto que el ser humano tiene con la realidad es a través del oído.

En nuestra etapa acuática como seres en formación (homúnculos), el oído nos permite captar la realidad exterior. El líquido salino del acquarium materno nos permite percibir las risas y emociones de nuestra madre, primera gestora del sonido en nuestra vida, ¡una maravilla!

Incipe parve puer, cognoscere matrem risu (¡Conoce niño pequeñito a tu madre por su risa!)

Allá, en oscuridad total, aprendimos a distinguir los ruidos de los sonidos. El primero de todos y el por siempre más importante: el canto de la propia madre. ¡Un gran concierto! Quizá de manera consciente no podamos recordarlo, pero imaginemos los ruidos del corazón materno, su respiración, el flujo sanguíneo y, en medio de ellos, claramente distinto, el canto y la risa de la madre. El gran primer universo de un ser humano es melódico.

La segunda maravilla es la metamorfosis en la percepción de las ondas sonoras. El niño ya nacido transforma su audición y adapta su oído para percibir las vibraciones-sonido a través del aire. Así logra reconocer de inmediato la voz materna, y llega a recordar y dar seguimiento a aquella voz cantada que antes percibió en soledad, en total oscuridad e intimidad a través del líquido amniótico. Ese conjunto particular de sonidos es el mismo que ahora acompaña gestos y movimientos, caricias y olores maternos.

Aún sin haber estrenado sus ojos para mirar, el bebé recostado en su cuna intenta girar su cabecita para seguir  aquella voz: ¡es la misma que ya conoce desde su etapa acuática! Un reencuentro con una dicción conocida de meses atrás y ahora captada a través del aire en su nuevo hogar. Ahora está en contacto con una nueva manera de escuchar.

Esta doble maravilla poco atendida por madres y padres, por abuelos y hermanos, es el cimiento de muchas alegrías que están por llegar al niño en su crecimiento, hasta convertirse a través de la vida en adulto.

El gusto por la música está enraizado en esa gratísima experiencia adquirida en la caverna de nuestra existencia primigenia.

El canto de cuna [ojalá que cada quien recordara alguno] prolonga la seguridad del vientre materno y nos adentra en la grata intimidad que no es descriptible.

En occidente seguimos privilegiando la vista sobre el oído. Al regresar de un viaje a tierras lejanas, nadie nos pregunta qué escuchamos, sino qué vimos. Cuando describimos la belleza de un hombre o de una mujer, hablamos de lo que se ve, de su porte, de su ropa, de su estatura, y pocas veces pensamos en el atractivo de una persona por su manera de hablar.

Cuando nos enteramos de que un pariente invidente hizo viaje a Europa, nos parece extraño que pueda gastar tanto dinero en algo que seguramente no va a disfrutar. No tenemos la costumbre de cerrar los ojos para captar la realidad. Hemos olvidado nuestra primera práctica ancestral: abrimos los ojos y para nuestra desgracia, cerramos los oídos.

En nuestras manos está ejercitar todas las posibilidades auditivas que nos brinda un aparato tan perfecto como desatendido. Afilemos el oído y hagamos silencio para poder escuchar, discernir y disfrutar el canto del pájaro, del gallo, de la brisa, de las olas, del viento.

La contraparte del sonido es el silencio. En nuestra cultura cada vez menos local, cada vez más estandarizada, aumentamos el volumen para oír menos. ¡Qué contradicción! Para escuchar más se requiere silencio: callar para escuchar. Habríamos de poner en la agenda cinco minutos diarios para prestar oídos al entorno, para conectar con aquella cueva materna en la que aprendimos a escuchar. Se puede olvidar lo aprendido y se puede recuperar lo que estamos por perder.

Prolonguemos la doble maravilla con la audición atenta de nuestro mundo sonoro.

hola@literalika.com

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