La máquina de escribir. Homenaje a mi Padre y a mis hermanos

Por Patricio Gómez Junco

Cada mes íbamos a la estación del tren para recibir a papá. El volvía de su gira de trabajo, de “introducir la cerveza” y nosotros de seguro habríamos de festejar su llegada pasando por la paletería.

Yo no entendía muy bien cómo era eso de vender cerveza hasta que un día lo acompañé en su recorrido. No supe si fue como castigo o como premio, o si era una manera de quitarle peso y afanes a mi madre que se quedaba a cargo de todos en casa: Marcela de siete años, Horacio de cinco, Armando de tres y Enrique recién nacido después de la muerte de nuestra hermanita de once meses, Catalina. Habría alguna circunstancia particular, no lo sé, pero por alguna razón mi padre me dijo que lo acompañara a su viaje de trabajo: Roberto, tú  vas conmigo. No recuerdo preparativos ni provisiones, ni despedidas ni nada.

Debo suponer mi emoción al saber que viajaría con papá en el “Fortingo” negro de la empresa. Cada novedad, por pequeña que fuera, la gozábamos entre todos mis hermanos. Por eso, me imagino que aunque no fuera necesario, todos habríamos colaborado en subir las viandas para el camino y en acomodar la ropa de papá. Éramos un enjambre: curiosos, ayudadores, gozadores.

El cielo gris del camino me invitaba a cerrar mis ojos, y los brincos que daba el coche no me impidieron desentenderme de todo y caer a la postre en un sueño lejano. La irregularidad de la terracería se hizo constante y monótona… pero cuando dejé de sentir el rodaje del camino, me incorporé, a la vez que fui tomando conciencia de que unos hombres de a caballo, oscuros como la misma noche, nos habían detenido en despoblado. Fue un pararse en seco, un ruido de motor en solitario, el silencio que enmarcaba unas voces como truenos: ¡Alto ahí! Alto! Alto!

Eran unos bandoleros, quizá cristeros, o simplemente unos hombres con hambre. Yo siempre había sabido eso del hambre, la mía no saciaba nunca. Mi padre, paciente y amigable no perdió la compostura. Sabía que yo iba en el asiento de atrás, acostado y dormido. Él, poco a poco se fue dando cuenta de las intenciones de los maleantes. Tenían carencias, y por hambre, asaltaban para obtener comida.

Cuando el que hacía de jefe bajó del caballo, sentí un miedo mayor, porque pude apreciar el fusil y su enorme figura que abría la puerta delantera y luego la de atrás donde mi despabilamiento agitaba el tic-tac de mi corazón sorprendido y asustado.

Sin decir palabras, los hombres sacaban las bolsas de comida, nuestra comida ahora sería la de ellos. Se querían llevar todo lo que traíamos; para eso le ordenaron a mi padre: sálgase del auto. Me dolía perder nuestros víveres, no sé si por la comida en sí o por el cariño que mi madre había puesto en ella al cocinarla y envolverla.

Era elocuente el silencio de la media noche, y exagerado el tosco ruido de las bolsas de papel estraza que parecían quejarse al cambiar de dueño.

Cuando uno de los hombres levantó un bulto mayor se dio cuenta de que requería de los dos brazos. Ya cargaba con ese bulto cuadrado, cuando mi padre tuvo la calma para decirle en tono afable: esa no Chato, ¿no ves que la máquina de escribir es para mi chamba? ¡No me dejes sin jalar! Con esa levanto pedidos.

Al pausar sus movimientos, silencio en el silencio, el hombre, en un gesto de conciencia y comprensión, le dijo: “ta” bien, te la dejamos, y al niño también; nomás calladito, ¿eh?

 No fue la única viva lección que me dejó mi padre: una gota de miel caza más moscas que un barril de hiel. La broma y la risa, el chiste o la idea brillante serían de por vida, sus “salidas” para solucionar problemas de distintos calibres; con esas cualidades se ganó el corazón de todos.

El impacto de ese evento me hizo olvidar el resto de mi viaje; por eso nunca supe bien a bien qué era eso de “introducir la cerveza”.

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