Recuerdos que no envejecen

Por Ángeles Favela

Hay recuerdos que existen suspendidos al margen del tiempo. A pesar de que nuestro cuerpo envejece un poco día con día, no ocurre lo mismo con algunos sucesos. Hay eventos que atesoramos en la memoria con tal viveza que aún al paso del tiempo permanecen intactos cada vez que pensamos en ellos. Un hecho inolvidable adquiere la inmortalidad a través de la repetición. Cuando mamá llegaba a las tres de la tarde con una bolsa de papel de estraza llena de hojarascas. Y la escena de la madre no envejece, ni su rostro, ni sus manos, al contrario, acude al pensamiento hasta con el mismo peinado y maquillaje. Eran blancos mis zapatos de charol en primero de primaria. Y la maestra y el camino hacia el colegio huelen a lunes por la mañana, y uno vuelve a mirarse con los cuadernos impecables, ansiosos de mostrar las tareas frente a un salón repleto de algarabía que pronto se tornará atento y luego ansioso ante la llegada del recreo que permite abrir una lonchera que de lunes a viernes huele a manzana o a sándwich o a galletas de avena con chocolate. La caída en bicicleta y la herida que sangra y duele. Y se puede sentir el ardor del alcohol en la rodilla y el frío cuando intentas espantar el malestar echando aire con tus manos como si fueran alas de mariposa. El pastel que fuiste capaz de hornear completamente sola y luego el sabor de la primera rebanada acompañado del vaso desbordante de hielos y limonada. Y frente a tus ojos posados en la ventanilla de la estufa, sentirás por siempre el orgullo del calor que emana el horno recién encendido. Y un papá en pantuflas saliendo a la puerta para recoger el periódico un domingo por la mañana. Y eres capaz de mirarlo una y otra vez sentado en el mismo sillón, como si fuera asunto del rewind de una película. La muerte de la abuela y horas más tarde los cánticos en aquella iglesia olor a nuez y canela. Y decenas de manos dando leves palmaditas en tus mejillas, quizá intentando consolarte de una muerte que no te duele porque en ese instante aún no sabes lo que un duelo significa. Unos padres en la discusión que no termina porque el silencio la alarga hasta hacerla infinita. Y tú sintiendo cada vez como si desaparecieras de la escena enmarcada en tu casa de infancia. Cuando en tus manos tuviste el control de un automóvil y no puedes distinguir entre el miedo y la emoción que te invade. Y la adolescente certeza de que el mundo te pertenece. Y la noche cuando entre tus dedos se posó por primera vez un cigarrillo. Y el mismo olor que hoy tanto aborreces. La tarde cuando de tajo te arrancaron cuatro muelas. Y los días posteriores de bolsitas con hielo en tus mejillas inflamadas. Tres voces mágicas y dulces que ríen y lloran y te nombran cientos de veces mamá. Y la seguridad con la que podrías jurar que no existe nada que pueda romper ese lazo que lo sostiene todo.

Hay recuerdos que viven suspendidos en un limbo donde el tiempo no tiene cabida, y al pensar una y otra vez en ellos acuden a nuestra mente con el mismo color e idéntico rostro. A cada memoria que llevamos tatuada en algún lugar de nuestro interior, lo acompañan el mismo viento o el mismo sol cada vez que las evocamos. Son cuadros que, a pesar de los años, han superado la prueba del tiempo verbal, no saben ni de presente ni de pasado, existen suspendidos en un hilo que nadie sostiene pero que es tan real como ese instante anterior cuando sucedió por vez primera, para luego vivir muchas, muchas veces, fuera del tiempo.

angelesfavela@literalika.com

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