Un cuarto propio

Por: Lorena Morales

En su célebre libro “Un cuarto propio”, Virgina Woolf afirma que “una mujer debe tener dinero y un cuarto propio si desea escribir ficción”. Dentro de todas las implicaciones de esta frase [1], la parte que deseo rescatar y subrayar es la necesidad de tener una habitación propia, la cual visualizo más que como un espacio físico, un área en nuestro interior a la cual acceder para crear.

Así, tener una habitación propia es poseer la capacidad de introspección, de crecimiento personal que, a su vez impacte en la vida hacia afuera: pareja, hijos, familia extensa y amigos. Un espacio de innegable importancia si se quiere trascender en la vida.

Escribir y ampliar la propia habitación interna van de la mano. La escritura tumba muros innecesarios, abre ventanas, ilumina rincones clausurados y los convierte en áreas no solo habitables, sino agradables para uno mismo y para el mundo. Escribir permite también decorar habitaciones simples y vacías para dar paso a una morada más interesante, fuente de creatividad y nuevas perspectivas.

La aventura de escribir es solitaria, pero conecta con otros y, si se comparte, crea puentes firmes e irrompibles por donde pueden transitar vivencias con más carga.  Al compartir con otros mundos nuestros escritos, cartas o relatos de viajes, surge una empatía que genera lazos sólidos de complicidad y, a la vez, de responsabilidad con el otro.

Escribir impulsa y genera cambios; nadie que escriba desde el corazón puede permanecer igual. Y compartiéndolo, esos cambios toman fuerza y se potencian.

Estas reflexiones surgen al haber tenido la oportunidad de impartir el Taller de Escritura Expresiva a un extraordinario grupo de mujeres en Literálika.  Caminamos durante un semestre llevando a cabo un proceso de crecimiento individual y grupal sumamente interesante.

Por un lado, es de vital importancia –ahora sí siguiendo el sentido de la cita de Virginia Woolf—el tener un cuarto propio, un espacio en algún rincón acogedor para escribir en soledad de manera cotidiana.  Y, en esta particular experiencia del taller de escritura, tener otro cuarto compartido, donde escribir en compañía.

Ambas habitaciones se complementan brindando oportunidades de tremendo aprendizaje y de emocionante aventura donde podemos entrar a trabajar en nuestra propia habitación interna e ir compartiéndola a las demás.  Se da un proceso gradual en el que el clima de confianza y respeto promueve la apertura. Reconocer en las demás historias un eco a las propias vivencias, nos va acercando y haciendo que nos sintamos menos solas.

La heterogeneidad de edades, vivencias y personalidades, enriquece y promueve que cada participante tome un importante rol en el grupo.   En este caso, todas éramos mujeres, un común denominador que, por un lado, nos daba un hilo conductor con el que se tejía una red entre todas las historias y, por otro, se acentuaban las diferencias de enfoques ante el tema propuesto en cada reunión.  Era como si nos prestáramos los lentes de cada una y experimentáramos observar la vida con diferentes prismas.  Al mismo tiempo, se fue creando un lenguaje propio alimentado por las frases y comentarios que resonaban y ampliaban la paleta de colores para pintar las propias experiencias.

Leyendo el recuento que hace Virginia Woolf de la desafortunada vida que les ha tocado a la mayor parte de las mujeres a lo largo de la historia respecto a la práctica de la escritura, no puedo más que agradecer que vivamos en una época en donde las mujeres podemos no sólo hacer un espacio en nuestro interior, sino escribirlo y compartirlo con libertad.

En “Un cuarto propio”, Woolf habla de las mujeres que han escrito ficción y que han tenido la presión de alterar sus valores “en obsequio de la opinión ajena”.  Para liberar ese yugo, el camino de la escritura expresiva regala un ambiente libre de juicios y deseos de agradar.  Es un medio propicio para ir soltando amarres y dar fuerza a las propias ideas.  Es una vía para mejorar la seguridad y autoestima. Es una oportunidad de resignificar el pasado y planear con mayor esperanza el futuro.

Animarse a practicar la escritura expresiva, sin la presión de producir una obra terminada –pues el ejercicio de la búsqueda interior es permanente—se convierte en algo liberador, e incluso divertido.  Y claro, puede ser un trampolín para incursionar en otros campos de la escritura más adelante, en verdad, no hay límites… Como diría Virginia Woolf “no hay puertas, ni cerraduras, ni cerrojo que cierre la libertad de mi espíritu”.

[1] Tenemos que ubicarnos en el contexto de la vida de Virginia Woolf, la cual transcurrió principalmente en el periodo entreguerras, en una Inglaterra donde la voz de las mujeres no era escuchada, no tenían derecho a tener posesiones y, al no tener libertad económica, dependían por completo de los hombres incluso para tener un espacio para explorar y compartir sus ideas.

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