Un lugar para escribir

Por Ángeles Favela

Once de la mañana. Martes. Un salón de paredes blancas enmarca un gran cuadro. A través de la puerta corrediza de cristal se observa la mesa puesta: cada lugar con hojas blancas y plumas; una pizarra de cristal clavada en la pared; garrafones llenos de agua fresca y un aroma que se percibe al entrar. Han llegado tres alumnos y otros más ya están dentro del salón. Sandra está escribiendo una novela ambientada en los años sesenta, una universidad para señoritas, al sur de Estados Unidos, un país que se estremece con la muerte de Kennedy. A su lado, Luciana, una mujer con acento extranjero, trabaja en una historia cuya protagonista es una fotógrafa que, por coincidencia, ha descubierto una red de trata de personas hacinadas en un campo vinícola en Brasil. Su personaje se ha enamorado.

Sobre la mesa amplia y cuadrada hay ordenadores y cuadernos, tazas de café y botellas agua. Lucía ha estado trabajando desde el curso anterior en una novela que a todos nos tiene en vilo, es una historia personal, pero que también será punto de reflexión para núcleos familiares. Se han unido a la sesión dos nuevos integrantes, una de ellas escribe dos novelas a la vez, ha sido una labor titánica y ahora ha decidido fusionarlas, sabe que entre manos tiene una obra literaria. Adriana ha terminado el capítulo tres y está ansiosa por leer en voz alta, ofrece primero un comentario breve para recordar dónde se había quedado la historia. Todos han vivido la profundización de un texto en grupo, y saben del impacto que esta actividad regala al autor. El ambiente de confianza que se percibe explica el ánimo de los que aquí comparten textos.

Martes, siete de la tarde, un mar de nuevas historias. Lunes, tres de la tarde, la algarabía de voces infantiles. Miércoles, sábado, jueves, viernes por la tarde. Frases que de pronto explotan a sabiendas que se ha dado con la palabra exacta, con la frase matona, con el título perfecto. El dolor del borrador cuando es necesario eliminar un párrafo. El barco se ha puesto en marcha. Pruebas de color, juntas de diseño, reuniones con autores. Bienvenidas, nuevos participantes. Unos, rostros de primera vez por estos rumbos, otros, caras conocidas. Todos rostros frescos cargados de sonrisas y de sueños. Rostros claros y ojos que brillan. Manos que trabajan sobre un teclado o sobre un cuaderno a rayas. Imaginación que, desde una silla blanca, viaja años atrás para tomar la mano de un abuelo que nunca conoció, pero que de él le han contado historias y se ha propuesto revivirlo en un texto.

Corre el mes de agosto, ha terminado el periodo vacacional, y el ambiente de algarabía pudiera ser el de un salón de clases de una escuela de bachillerato o el inicio de actividades de una carrera universitaria, pero no. Se trata de un espacio conocido como Literálika, las edades de sus participantes son variadas y es posible entre el cambio de una clase y otra, encontrar a padres e hijos saludándose a sabiendas de que más tarde se verán de nuevo en casa. Hay quienes están a punto de conocerse, y quienes ya han coincidido, se han visto de nuevo con el gusto de encontrar a un amigo. Lo saben: han llegado a casa. Han cruzado el umbral de un lugar del que no se han ido nunca.

angelesfavela@literalika.com

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