Una buena historia

Por Ángeles Favela

Mientras leemos, el escritor, desde la historia que ha construido (quien sabe donde, cuando, cómo, por qué y para qué) nos exige grandes dosis de imaginación y eso, es un gran regalo. El lenguaje es el principal patrimonio y herramienta que como seres humanos poseemos.

Ya sea desde la experiencia o desde la fantasía, todos somos naturalmente escritores. Narramos a diario, independientemente de nuestra actividad o profesión. Necesitamos expresar nuestra capacidad creadora por cualquier medio: baile, pintura, canto, escritura. No hacerlo nos limita a una vida “ausente de vida”.

Narrar. . . ¿a quién? En primer lugar, a nosotros mismos. La rutina de los días podría ser el punto de partida de una novela, un cuento o quizá, de una poesía.

¿Escribir yo? Sí, tú podrías escribir relatos: de lo cotidiano y de lo extraordinario.  La vida nos regala historias a diario.

La inolvidable Virginia Wolf (1882-1941), escribía a diario de las cosas cotidianas. Ella es una brillante escritora británica autodidacta y, quizá, una de las iniciadoras del feminismo. Sus escritos están llenos de sus propias experiencias; al leerla nos topamos con quien escribiera para explicarse de alguna manera su vida.

Wolf creó su obra literaria a través de un incansable flujo de pensamiento. La autora de La señora Dalloway poseía la extrema sensibilidad que brinda la capacidad de observación. A ella, los detalles le importaban: “En los ojos de la gente, en el ir y venir y el ajetreo; en el griterío y el zumbido; los carruajes, los automóviles, los autobuses, los camiones, los hombres-anuncio que arrastran los pies y se balancean; las bandas de viento; los organillos; en el triunfo, en el campanilleo y en el alto y extraño canto de un avión en lo alto, estaba lo que ella amaba: la vida, Londres, este instante de junio“.

El trastorno bipolar que a Virginia Wolf aquejaba, pudo haberse originado en cualquier instante de su trágica existencia. Lo cierto es que el proceso de escribir, la acompañó en todo momento y, a través de sus textos, Virginia transmitió sus opiniones y críticas a la cultura de su tiempo con una firmeza que contrastaba con su fragilidad física y emocional. La Segunda Guerra mundial fue testigo de su última morada en el fondo del lago en el que hundió su cuerpo, pero no su voz, que hasta el día de hoy sigue narrando.

Escribir es una buena idea para ver un poco nuestro interior, para escucharnos en el silencio o para observar las cosas simples y los grandes detalles de la existencia. Hay torrentes de pensamiento cuando nos miramos frente al espejo, mientras observamos una vieja fotografía de la abuela; durante los trayectos de un lugar a otro; en la fila del banco; en un desayuno solitario al calor de la taza de café.

Para escuchar la voz de la imaginación, de los recuerdos, sólo basta con guardar un poco de silencio. Escribir es una manera de aclararnos, de acortar distancias, de recorrer caminos. Todos tenemos una historia que contar. Y tú, ¿comenzarás hoy?

angelesfavela@literalika.com

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