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Zona Literálika · BLOG

Nada es para siempre

Nada es para siempre

Por Silvia Segovia

Casi me apena decirlo pero hace veinticuatro años ¡veinticuatro años! mi suegra me regaló un juego de sartenes. “Son buenísimos y tan finos  que hasta me quedé con la mitad del juego que compré para ti”, me dijo. Bueno, pensé.

La sartén plana y las demás ollas pasaron sin pena ni gloria por mi cocina, pues como tenían el mango de madera pronto se quemaron –mi manía de usar fuego alto cobró factura– y las reemplacé por muchas, a lo largo de los años.

Pero la arrocera se convirtió en mi olla de batalla. No importaba si preparaba solo media taza de arroz para él y para mí, o dos tazas para la comida familiar, mi arroz quedaba perfecto, mejor que el de mi mamá que era tan buena cocinera. Verde, rojo, salvaje, huérfano, blanco, poblano, con almendras, con espinacas. Yo hacía un arroz de revista.

Llegué a pensar que mi arrocera me acompañaría siempre, la cuidaba del fuego alto y le daba el crédito por la perfección de mi arroz. A quien quisiera escucharlo le decía que el secreto era la olla que mi suegra me había regalado.

Lo mismo pasaba con mi vida en pareja, creía que la estaba cuidando por sobre todas las cosas, y estaba segura de que era perfecta, sobre todo porque era él quien estaba a mi lado. A quien quisiera escucharlo le decía que el amor cambia con el paso de los años, pero siempre para bien, dando lugar a uno fortalecido, pero sereno y sin prisas.

Hace un par de años mi olla se tornó un problema: las asas se aflojaron. ¿Fuego muy alto?, ¿mucho uso?, ¿exceso de trabajo?

De pronto, un sábado, me quedé con la manija de la tapa en la mano… “mi arrocera valió”, comenté en la mesa. Mi hijo ofreció atornillarla, “ya quedó, solo que no la muevas mucho porque se cae de nuevo…” Dos semanas después, una de las asas se desprendió. “No importa”, me dijo mi hija, “no necesitas el asa para hacer el arroz…”

Fue suficiente para mí, esta olla había dado lo que tenía que dar, así que el domingo  la coloqué en el bote de la basura. “¿¡Vas a tirar la olla del arroz!?” Era el comentario de quien se acercaba a tirar alguna cosa. “¿No que el arroz te queda bien solo si usas esa olla?”, siempre lo has dicho.

El lunes antes de las siete, como siempre, saqué el bote a la calle. Mi olla y veinticuatro años de mi vida quedaron en la banqueta, junto a la maceta del crespón, en espera del camión de basura.

Recordé todos los domingos en que, durante la misa, me esforzaba por desear la paz a quien creía la persona más importante en mi vida, y hasta sonreí al visualizar con cuanto esmero había cuidado aquel sartén del fuego alto. Pensé que no importa lo que uno haga, nada es para siempre. Hay elementos fuera de nuestro control, que pueden ser, de un momento a otro, el detonante del fin.

Ese día, en lo alto de mi alacena encontré una ollita de vidrio en la que preparé el arroz y me quedó muy bien. Yo había alimentado la leyenda: mi arroz es perfecto porque mi olla es la mejor. Pero la leyenda se había renovado: No, mi arroz es perfecto porque yo lo hago perfecto.

Ahora solo me falta encontrar la razón por la que yo soy perfecta, aún sin él.

Silvia Segovia es colaboradora en la UDEM

hola@literalika.com