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Zona Literálika · BLOG

Escritores Literálika

Por Iliana Segura Un 24 de noviembre de 1987, se lanzó al mercado esta maravilla de disco, un imprescindible del “soundtrack” de mi vida. En aquella fecha, yo tenía solo siete meses habitando aquel mágico, luminoso y caótico segundo piso de mi existencia, y éste era el...

Por Ángeles Favela  “Los límites del lenguaje son los límites del pensamiento” José Emilio Pacheco   Te vi por vez primera sentada en aquella mesa, estabas rodeada de tus hijos. Ellos conversaban, parecían evitar el silencio: no paraban de hablar. Tú permanecías atenta a nada como queriendo marcharte a...

Por Patricio Gómez Junco Para Iliana, Paco, Demetrio, Marivi, Zoe, Juan Pablo, Paty, Alejandra, María, Carmen, Lorena, Dana, Coco, Miguel y Debanhy. Esta semana tenemos la Feria del libro en Cintermex. El sábado pude asistir a los eventos de Literálika, tres al hilo, en la misma sede. Quince...

Por Ana Elsa Flores Enero de 1987. Una lista de buenos propósitos para un mes que sabe a comienzos: prometo ser paciente con los demás, no pelearme con nadie, estudiar mucho y adelgazar. Febrero del mismo año. Vaya que una cosa es prometer y la otra es...

Por Javier Potes Dios creó el mundo en cuatro días, el quinto dispuso a los animales sobre la tierra y, al sexto, a la mujer y al hombre. Descansó el séptimo día, pero durante el octavo se dio cuenta de que a su mundo perfecto le...

Por Ángeles Favela Una vez que se encendiera la bengala, de nuevo la historia avanzaría hacia una dirección equivocada. En ella todos perderían. Los pasos del 68, una movilización que quiso cambiar el rumbo de las cosas. Cincuenta años que no han pasado en blanco. Cincuenta,...

Por Ángeles Favela He aquí unos ojos bellos; el contraste de paz y serenidad en toda la extensión de una imagen. Un instante y una eternidad. Es la vida que se desborda; el retrato de aquellos los pasos recorridos y que aún en el silencio, en...

Por Patricio Gómez Junco

Cada mes íbamos a la estación del tren para recibir a papá. El volvía de su gira de trabajo, de “introducir la cerveza” y nosotros de seguro habríamos de festejar su llegada pasando por la paletería.

Yo no entendía muy bien cómo era eso de vender cerveza hasta que un día lo acompañé en su recorrido. No supe si fue como castigo o como premio, o si era una manera de quitarle peso y afanes a mi madre que se quedaba a cargo de todos en casa: Marcela de siete años, Horacio de cinco, Armando de tres y Enrique recién nacido después de la muerte de nuestra hermanita de once meses, Catalina. Habría alguna circunstancia particular, no lo sé, pero por alguna razón mi padre me dijo que lo acompañara a su viaje de trabajo: Roberto, tú  vas conmigo. No recuerdo preparativos ni provisiones, ni despedidas ni nada.

Debo suponer mi emoción al saber que viajaría con papá en el “Fortingo” negro de la empresa. Cada novedad, por pequeña que fuera, la gozábamos entre todos mis hermanos. Por eso, me imagino que aunque no fuera necesario, todos habríamos colaborado en subir las viandas para el camino y en acomodar la ropa de papá. Éramos un enjambre: curiosos, ayudadores, gozadores.