El entusiasmo de 847 textos

Por Ángeles Favela

Culmina un certamen literario. El proyecto emprendido por Kidtopia Guía, Editorial Océano, y Literálika, al cual luego fue invitada la Fundación El mundo escribe como jurado, buscaba entusiasmar a niños y a jóvenes entre 7 y 15 años, en sus respectivas categorías, e invitarlos a escribir. 

Nunca imaginamos ser receptores de ochocientos cuarenta y siete textos plasmados cada uno en una cuartilla, escritos a mano y, en muchos de los casos, decorados con colores, ilustraciones y hasta hojas secas de alguna planta. 

Fueron cientos los que se animaron a viajar con las palabras, a estrenarse como escritores creativos. En las aulas infantiles y juveniles fue un proyecto que se convirtió en páginas y páginas de escritura, enviados por los maestros de los jóvenes y niños, para ser leídos (uno por uno) por un jurado que seleccionó, admiró y comentó… para otorgar al fin veinte reconocimientos y premios a los que consideraron los mejores.

Cómo me hubiera gustado que cada uno de los participantes hubiera escuchado todo el proceso de lectura, los comentarios, los puntos de vista de los 15 jurados que aplaudieron a estos noveles escritores. 

El proceso llevó varias semanas, desde la convocatoria hasta la ceremonia de reconocimientos, con la logística y organización que todo esto conlleva.

También me hubiera gustado mucho tener la oportunidad de escuchar los motivos que llevaron a cada uno de estos ochocientos cuarenta y siete jóvenes y niños a participar. 

El día del cierre del evento, tuvimos la oportunidad de escuchar y conversar con los veinte seleccionados y a través de sus palabras, supimos brevemente de sus sueños, de algunas de sus aspiraciones y miedos. Escuchamos también a un padre de familia que espontáneamente se animó a tomar el micrófono, de la misma forma que supimos de los puntos de vista de Grace Mackay, una de las maestras presentes. 

El Primer Concurso de la amistad, nos llevó a todos a pensar en los amigos con los que contamos y, por supuesto, en el amigo que somos. A todos los participantes les permitió explorar en torno a muchos otros temas que habitan en su interior. 

Saber que alguien, en este caso jóvenes y niños, escriben para acompañar su soledad, explorar mundos fantásticos,  conocerse a si mismos, explicarse algunos eventos, comunicarse con sus seres queridos, recordar a sus mascotas o compartir sus vivencias, nos muestra que cuando el ser humano tiene la posibilidad de expresarse, surge la magia formada por sentimientos e ideas: somos lenguaje.

Un evento de premiación puede desperdigar tristezas y alegrías a la vez. Para unos niños será inolvidable ese sábado en Literálika, y quién podría saberlo, pero quizá el futuro no muy lejano, nos depare nuevas sorpresas que surjan de la pluma de muchos de estos jóvenes escritores.

hola@literalika.com

El primer domingo de 2019

Por Ángeles Favela

El primer domingo del año es un día singular, dueño de esa rareza que algunos otros días del año poseen. Es admirar desde la cima de algo que recién ha terminado. Un lugar seguro, donde se puede mirar hacia atrás y hacia el futuro, con los pies bien puestos sobre la tierra. Es un momento, por lo menos, así lo percibo yo, donde el año que hemos caminado tiene por fin el rostro completo. Es un instante donde los bolsillos están repletos de saberes, aprendizajes y viajes, por lo tanto, es posible mirar con un poco de paz hacia lo desconocido, lo nuevo, lo que viene.

El primer domingo del año, es la puerta que se abre hacía un nuevo ciclo, hacia un recorrido que está por iniciar, viajes por emprender, experiencias para crear, pizcas nuevas de autoconocimiento, libros por leer, charlas por compartir, en fin: (por lo menos 365) hojas en blanco listas para escribirse.

El primer domingo del año, es también la certeza de que el año que termina no tiene marcha atrás. Es la conciencia de que la vida es ahora, pero sin el vacío de la nada, y sí con la visión de que cada ahora, habrá de ser la semilla de muchos mañana.

En el primer domingo del año, el recorrido, el camino, el año, el ciclo ha emprendido de nuevo la marcha. Las uvas, las campanadas y los brindis se han puesto en modo de descanso.

A todo eso me sabe cada año este día, pero hoy, como no en muchos años anteriores, me sabe también a gratitud. Tengo la impresión de abrazar con fuerza el 2018, no para que no se vaya, sino para dejarlo ir a sabiendas de que lo he vivido al máximo y, mientras lo abrazo, me escucho decirle con gran cariño que tiene y tendrá siempre un lugar de buen sabor en mi memoria. 

Estoy segura de que todos tenemos un montón de cosas que nos llenan de gratitud, cada una personal y particular como la propia vida. En mi caso, una de esas cosas que hoy me hace sentir de manera profunda la palabra gracias, se refiere a la escritura: una palabra que resuena en mi interior llena de muchas otras palabras de valor y que a manera de lista me gustaría compartir: amistades entrañables; sueños míos, sueños de otros y sueños compartidos; fuente de trabajo; aprendizaje y enseñanza; imaginación; creatividad; logros; memorias; recuerdos; historias; personas valiosas y admirables; sentimientos, emociones y luchas internas; ideas transformadas en palabras; tragos amargos superados; preguntas y respuestas; respuestas y más preguntas; carcajadas; sonrisas; nudos en la garganta transformados en palabras escritas; ojos de Candy como dirían en broma mis hermanos, cuando uno tiene los ojos llenos de agua; proyectos; satisfacción; proyecto personal; libros publicados; libros por publicar; historias por escribir.

Hay una frase que conocí gracias a Zygmunt Bauman, cuando cita a Václav Havel: La esperanza no es un pronóstico, sino un arma que, junto con el coraje y la voluntad, deberíamos aprender a utilizar”.

Gracias escritura, gracias lenguaje. Gracias, gracias, gracias.

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