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Zona Literálika · BLOG

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Del autor: Wolf Erlbruch   Desde hacía tiempo, el pato notaba algo extraño. —¿Quién eres? ¿Por qué me sigues tan de cerca y sin hacer ruido? La muerte le contestó: —Me alegro de que por fin me hayas visto. Soy la muerte El pato se asustó. Quién no lo habría hecho. —¿Ya vienes a...

Por Ángeles Favela Mi primer encuentro con Rulfo fue más bien desafortunado: recuerdo haber leído El llano en llamas por obligación, en algún año durante la secundaria. Años más tarde, después de haber escuchado su voz en una entrevista de los años setentas, lo leí y releo por...

Por Patricio Gómez Junco

Cada mes íbamos a la estación del tren para recibir a papá. El volvía de su gira de trabajo, de “introducir la cerveza” y nosotros de seguro habríamos de festejar su llegada pasando por la paletería.

Yo no entendía muy bien cómo era eso de vender cerveza hasta que un día lo acompañé en su recorrido. No supe si fue como castigo o como premio, o si era una manera de quitarle peso y afanes a mi madre que se quedaba a cargo de todos en casa: Marcela de siete años, Horacio de cinco, Armando de tres y Enrique recién nacido después de la muerte de nuestra hermanita de once meses, Catalina. Habría alguna circunstancia particular, no lo sé, pero por alguna razón mi padre me dijo que lo acompañara a su viaje de trabajo: Roberto, tú  vas conmigo. No recuerdo preparativos ni provisiones, ni despedidas ni nada.

Debo suponer mi emoción al saber que viajaría con papá en el “Fortingo” negro de la empresa. Cada novedad, por pequeña que fuera, la gozábamos entre todos mis hermanos. Por eso, me imagino que aunque no fuera necesario, todos habríamos colaborado en subir las viandas para el camino y en acomodar la ropa de papá. Éramos un enjambre: curiosos, ayudadores, gozadores.

Por Patricio Gómez Junco

El primer contacto que el ser humano tiene con la realidad es a través del oído.

En nuestra etapa acuática como seres en formación (homúnculos), el oído nos permite captar la realidad exterior. El líquido salino del acquarium materno nos permite percibir las risas y emociones de nuestra madre, primera gestora del sonido en nuestra vida, ¡una maravilla!

Incipe parve puer, cognoscere matrem risu (¡Conoce niño pequeñito a tu madre por su risa!)

Allá, en oscuridad total, aprendimos a distinguir los ruidos de los sonidos. El primero de todos y el por siempre más importante: el canto de la propia madre. ¡Un gran concierto! Quizá de manera consciente no podamos recordarlo, pero imaginemos los ruidos del corazón materno, su respiración, el flujo sanguíneo y, en medio de ellos, claramente distinto, el canto y la risa de la madre. El gran primer universo de un ser humano es melódico.

La segunda maravilla es la metamorfosis en la percepción de las ondas sonoras. El niño ya nacido transforma su audición y adapta su oído para percibir las vibraciones-sonido a través del aire. Así logra reconocer de inmediato la voz materna, y llega a recordar y dar seguimiento a aquella voz cantada que antes percibió en soledad, en total oscuridad e intimidad a través del líquido amniótico. Ese conjunto particular de sonidos es el mismo que ahora acompaña gestos y movimientos, caricias y olores maternos.

Aún sin haber estrenado sus ojos para mirar, el bebé recostado en su cuna intenta girar su cabecita para seguir  aquella voz: ¡es la misma que ya conoce desde su etapa acuática! Un reencuentro con una dicción conocida de meses atrás y ahora captada a través del aire en su nuevo hogar. Ahora está en contacto con una nueva manera de escuchar.

Por Patricio Gómez Junco

¡Entrañable reunión la de aquel día, en una sociedad locuaz, ruidosa y superficial!

No sé cuantos de nosotros podamos sentir nostalgia por el silencio de alguna biblioteca en que la investigación (no las tareas escolares) impone absoluto silencio.

Pareciera que hoy, en Monterrey, en México, en Latinoamérica y no sé en cuantos países más, el ser humano necesita el interminable ritmo en los audífonos, o atrás de las noticias, en cualquier restaurante... incluso con el pretexto del telón de fondo para “concentrarse”. En mis días de estudiante se sabía que en la Biblioteca, además de libros, había un ambiente, impactante y sagrado de silencio entre todos. Eran espacios y momentos prolongados, una especie de espesura, como la de un bosque, con su encanto. Regalarnos ese entorno en estas dos horas de experiencia colectiva, es revivir algo de lo que estamos perdiendo, es rescatar un aroma y frescura de los libros y de los lectores silentes y creativos. Si con nuestras voces podemos formar un coro o una consigna (Gandhi, Luther King, Ayotzinapa), también con la suma de silencios, podemos tejer un lienzo creativo en el que “todos ponen” (como la perinola dice) para que todos se enriquezcan. Ver al otro y al otro concentrados, gozadores en la creación o en el hallazgo, nos contagia y nos hace respirar el aire puro del pensamiento, la ciencia, la ficción, la historia y mil asuntos más.