Rulfo y el gallo de oro

Por Ángeles Favela

Mi primer encuentro con Rulfo fue más bien desafortunado: recuerdo haber leído El llano en llamas por obligación, en algún año durante la secundaria. Años más tarde, después de haber escuchado su voz en una entrevista de los años setentas, lo leí y releo por el gusto de saborearlo. A partir de ahí, es uno de mis favoritos.

A más de cien años del nacimiento de Juan Rulfo, su breve obra sigue el camino en vuelo. Pedro Páramo es su obra maestra, en donde emblemáticamente escuchamos los ecos de su pueblo, de su orfandad, de la miseria y hambre de los campesinos burlados por la Reforma Agraria, eco a su vez de la Revolución.

Nacido el 16 de mayo de 1917, a los diez años de edad ya era huérfano de padre y madre. Sus juegos infantiles se vieron abruptamente cegados por el ambiente de miedo y silencio que imponían los asaltos de la guerra cristera y la presencia de federales frente a la casa de su abuela que remedaba los cariños maternos.

Muy temprano en su vida tuvo ocasión de leer mucho, porque los libros del señor cura (ausente del pueblo por el levantamiento Cristero) se resguardaron en casa de la abuela; pero más allá de los libros, no podemos hacer a un lado las experiencias que desde niño lo acompañaron. Las circunstancias, es decir, el entorno en el que la vida de una persona transcurre, también influyen en sus oficios. 

Yo soy yo y mi circunstancia, son palabras de Ortega y Gasset, que nos hacen ver lo imposible que sería separar a Rulfo –y a cualquier persona- de todo lo que lo rodeó a lo largo de su vida. La constante de la muerte, el dolor, la soledad, en su caso, se transformaron en arte puro. A través de los textos de este hombre parco que evitaba a toda costa las entrevistas, el ruido, incluso del silencio, está presente. Los aires de la Revolución y la violencia engendrada, son el ambiente de historias pacíficas en apariencia con un resabio e historial de injusticias, burlas enquistadas del gobierno que promete, somete y controla.

Rulfo supo de carencias, de hambre, y me refiero también a los afectos. El orfanatorio en Guadalajara le hizo aprender la crueldad de los niños. Siempre le acompañó la tristeza, y nunca supo como deshacerse de ella. 

Hace un par de años, por primera vez, leí El gallo de oro y otros relatos, libro que atesoro y admiro porque sus páginas me regalaron a un Juan Rulfo que no conocía, una faceta que de él necesitaba. En Cartas a Clara, el amor a su mujer es tangible, y ese sentimiento le permite abrir el alma a la distancia de su amada: Yo aquí, no he ido al cine. El cine sin ti no sirve. Cuánto me gustaría estar allá, y volver a empezar de nuevo a conocerte y a vivir allí, pero sin miedo, sin dificultades ni ningún temor de perderte.

En Mi padre, la figura de su propio padre se muestra en la desgracia de una muerte injusta: Mi padre fue un hombre bueno. Vivió en esa época en que todo era malo. En que no se podían hacer planes para el mañana, pues el mañana era incierto y el hoy no terminaba todavía. Los tiempos eran malos: no se veía el cielo ni la tierra; ni si había sol o si el viento venía del norte o del sur. Todo era malo para el mundo. Pero mi padre era bueno y creía en la vida.

Rulfo, el de textos brillantes y personalidad sombría, el de la esperanza y amaneceres oscuros, el amante de las imágenes, el corrector incansable, editor de textos, aspirante a productor de cine, el escritor con su “no oficio” de escritor, el que murió hace poco, el que nació hace cien, estará aquí, sitiado por la tierra que tan bien supo describir.

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Noticias del imperio

Por Ángeles Favela

Hace once días falleció el escritor, dramaturgo, dibujante y podría decir diez oficios más, Fernando del Paso, quien en 2015 ganara el Premio Cervantes, máximo galardón en letras en español.

Fue una casualidad que en esos días del premio, yo me encontrara en España y, recuerdo con gusto llegar a un quiosco a buscar algún periódico, y verlo a él en todos los encabezados. Era un mexicano al que poco conocía. Ese fin de semana entre paradas de museo y cafés madrileños leí Noticias del imperio (1987). Mi lectura fue a modo de disfrute como a veces hago con algunos libros, en él relata la trágica historia de Carlota y es a la vez una fotografía de la época del imperio de Maximiliano. Fernando del Paso construyó esta obra cediéndole voz a un personaje quien desde su locura va exhumando recuerdos que inician desde su origen familiar y van girando en torno a su amado esposo fusilado.

La voz de Carlota es desgarradora. Una mujer que vive entre la cordura y los desvaríos. El amor y las circunstancias la trajeron a México para dejar una huella imborrable. Años después tuve la oportunidad de admirar una puesta en escena con los monólogos de la mujer protagonista de la novela, una voz llena de poesía, fuerte como su propia locura. He aquí algunas frases sueltas que resuenan en Noticias del Imperio. Fernando del Paso creó para Carlota una voz indeleble:

“La historia y yo, Maximiliano, que estamos vivas y locas. Pero a mí se me está acabando la vida.”

“Soy yo la que cada día invento de nuevo el mundo.”

“Porque si es mi condena también es mi privilegio, el privilegio de los sueños y el de los locos, inventar si quiero un inmenso castillo de palabras, palabras tan ligeras como el aire en que flotan.”

“Es desde siempre que yo soy todas las voces, la voz tuya y la de tu conciencia, la voz del rencor y de la ternura, la voz que un día, y más por compasión hacia mí, que por amor a ti, puede transformarte de nuevo en el Rey del Universo.”

Noticias del imperio es una novela histórica. [Fue durante la primera mitad del siglo XIX que surge en América Latina el género de la novela histórica, quizá influencia de autores europeos como Alejandro Dumas y William Scott.] A pesar de que es imposible llegar a conocer con certeza absoluta una verdad histórica, del Paso muestra un México que huele a México. En nuestro país y en todos los lugares del mundo hay hechos transcendentes en su historia y Carlota y Maximiliano lo fueron para el nuestro. La historia objetiva no existe, cada relato es una versión de una pluma, pero los hechos históricos en México entre 1861 y 1868 están presentes en la novela, cuando Napoleón III envía un ejercito de ocupación con el fin de establecer una monarquía católica europea, pero el destino fue trágico para los efímeros Emperadores de México.

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Réquiem

Reseña de El olvido que seremos, de Héctor Abad Fasciolince.

Por Demetrio M. Velasco

Compartimos con todos los seres vivos el instinto de conservación, de la vida propia y de la especie. El deseo de trascender el tiempo y el espacio, es solo humano, y es diferente al instinto de supervivencia. A veces, se sacrifica la vida para trascender o se trasciende, sacrificándola. Podría decirse que es un meta-instinto, el de trascender. Para los que tienen fe la trascendencia se da en un mundo más allá de la muerte, en el paraíso con sus múltiples nombres, o en la reencarnación; pero para los agnósticos y los ateos la trascendencia se da en el recuerdo de las acciones durante la vida. Es una lucha desigual contra el olvido que trae el tiempo.

La novela de Héctor Abad Faciolince es un réquiem; una composición para buscar el descanso del muerto y de los deudos. Por eso el ajuste de cuentas con la sociedad de Medellín que propició su muerte prematura; y la mención de todos los personajes de la tragedia, con nombre y apellido. Es al mismo tiempo un reclamo y una búsqueda de justicia histórica, ya que la justicia-justicia es inalcanzable, en este caso porque los asesinos materiales e intelectuales formaban parte activa del estado colombiano encargado de impartirla. También es un esfuerzo por la trascendencia de su padre; para que el recuerdo de sus acciones se extienda un poco más allá de la penumbra del olvido que el tiempo esparce inevitablemente sobre todos; para que su sacrificio no haya sido en vano.

Tardó 20 años, en escribirla. Requirió valor y mucha decisión, seguramente. Valor para sustraerse al miedo de la venganza que los poderosos pudieran tramar para callarlo; pero también para afrontar otra vez el dolor, la pérdida y la injusticia de no saber siquiera quién lo mató. Debe haber sido un ejercicio duro; recordar todo otra vez, investigar los detalles, conectar los puntos. Puedo también imaginar el mar de nostalgia que debió invadirlo por meses al vaciar al texto los recuerdos de la infancia, las reflexiones, la imagen del padre, el esfuerzo por hacer una pintura realista, justa, y evitar la trampa de convertirlo en una estatua de papel. Y seguramente debe haberlo atormentado también la idea de que este libro lo volvería a él un autor famoso a costa de la historia de su padre.

Un comentario de Coetzee la define como biografía novelada, y mi primera impresión fue la de estar leyendo una auto-ficción, porque es el autor quien aparece al centro del relato; pero no pude encontrar más de un elemento que no fuera real: el gringo que visitaba a su padre, Richard Saunders, y su fundación Future for the Children. Una búsqueda rápida en internet no arroja ninguna fundación con ese nombre, y de los muchos Richard Saunders que aparecen sólo hay uno relevante: un australiano miembro de una asociación de escépticos.

Escrito en un lenguaje simple y directo, no exento de alguna palabra dominguera aquí y allá, el texto es un poco empalagoso al principio; sin embargo, logra trasmitir la tristeza y la desolación que el autor experimentó al perder a dos de sus familiares directos, tanto que en no pocas ocasiones me arrancó uno que otro suspiro y empujó un par de lágrimas.

El teatro es vida

Por Ángeles Favela

Ocupar una butaca en medio de un teatro donde la tercera llamada ha ordenado que la luz se apague, es entrar a una dimensión terrenal distinta, indescriptiblemente real. Mientras escribo estas líneas, no puedo sino recordar estos momentos, cuando se eriza la piel al escuchar el timbre de una voz que clama o reclama a través de un fragmento, o cuando un silencio apabullante da pie para que una entrada eleve la emoción hasta hacernos contener la respiración.

Es en el teatro de arte, de calidad escénica, cuyo sentido no es meramente un espectáculo, sino que se refiere a un trozo de vida como si fuese arrancado de las circunstancias de los propios personajes. El teatro es un rito ancestral donde los espectadores y actores comparten un tiempo y espacio de manera única; es la realidad concentrada, es tiempo condensado: una vida entera, la de un pueblo o la de un individuo. Por ello la intensidad que se despliega a lo largo de cada minuto es capaz de ahondar en el interior de cada espectador. El buen teatro es capaz de atrapar la atención, los sentidos, el discernimiento, la ira o el dolor ante la injusticia o el destino que cubre inexorablemente la trama de una historia.

Confrontar la vida presenciando una obra de teatro, es una experiencia que me han regalado algunas puestas en escena, aquellas que cuestionan y retan mis pensamientos “establecidos”, aquellas que a través de diálogos o monólogos de alto impacto, cimbran mis emociones hasta obligarme a ver en ese instante a través de los ojos de quien habla. El teatro es lenguaje, es letra y música, es acción y reacción.

El buen teatro, es decir, obras excelsas, que integran extraordinarios actores y directores, han de regalarnos momentos sublimes. En la obra, conviven pasado, presente y futuro. Frente a nuestros ojos de espectadores un relato sucede, va naciendo y nosotros desde una butaca, somos testigos. Con nuestra imaginación recreamos más de lo que estamos viendo, como si presenciáramos un relato que nos llena también de lo que no hemos visto.

En nuestro interior se despliega un equilibrio entre lo que se ve y se escucha, y entre lo que se alude. Es en ese momento, cuando el espectador y el elenco crean un dialogo sin palabras.

Ayer terminó el Festival de teatro Nuevo León 2018, dejando en quienes lo disfrutamos, un buen aroma en el alma. El próximo jueves 16 de agosto inicia, a lo largo de dos meses y medio, una selección de cinco obras imperdibles en el espacio creativo Casa Musa, selección del dramaturgo y director teatral Hernán Galindo [Pecados, jueves 16 de agosto. Amarillo Van Gogh, jueves 6 de septiembre. Entre seda y algodón, miércoles 19 de septiembre. Cuando había granadas en noviembre, miércoles 3 de octubre. Bajo la verde sombra, lunes 29 de octubre.

De entre las artes escénicas, el teatro ha sido siempre un poderoso medio para mover conciencias y provocar la reflexión. Apostémosle al teatro artístico, a la dramaturgia de altos vuelos. Por fortuna, el buen teatro se hace en nuestro país, en nuestra ciudad; hay quienes lo dan todo por ello y, nosotros espectadores, somos los más beneficiados. Asiste, toca y vive el buen teatro, esta es una buena oportunidad.

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Un famoso cuestionario

Por Ángeles Favela

Tengo un especial aprecio a la magia que envuelve la palabra introspección. De niña era más bien reservada, me gustaba observar más que hablar, podía pasar horas mirando las historias que sucedían a través de la ventana desde un alto edificio frente a la playa de Copacabana. Aún recuerdo esos días llenos de nostalgia, vivir en un país lejano a mi lugar de origen me regaló el aprendizaje del silencio y el asombro.

Quizá por ello la lectura de ciertos autores y autoras me atrapa en toda la extensión de la palabra: Marguerite Yourcenar, Milan Kundera, Marguerite Duras, Nabokov, cuyas obras literarias están inundadas de pensamientos hacia adentro, divagaciones, memorias y recuerdos. Para ellos y para el mundo cultural, Marcel Proust, escritor francés nacido en 1871, es una de las mayores influencias en el arte, la filosofía y la literatura. Proust es reconocido como el padre de la introspección, lo constata su magnifica obra En busca del tiempo perdido, reflexión sobre el tiempo, el recuerdo, el arte, las pasiones y relaciones humanas, desde la óptica de un sentimiento de fracaso y vacío existencial. Una obra maestra en la que aparecen más de doscientos personajes, conocidos por el autor y que a lo largo del relato son hilvanados entre descripciones poéticas, metáforas, reflexiones filosóficas y conversaciones en diversos tiempos y lugares. Continúa leyendo Un famoso cuestionario

Narrativa de la imagen

Por Ángeles Favela

Muchos de los grandes artistas han recurrido a la escritura para acompañar sus propios procesos creativos, para bocetar, para tomar notas, escribir diarios, entablar correspondencias. Leonora Carrington es una artista del lenguaje en toda la extensión de la palabra. Es una mujer que despliega su capacidad imaginativa en cada una de sus neuronas y lo emana por cada poro. A cien años de su natalicio y para celebrarlo se ha montado “Leonora Carrington. Cuentos Mágicos”, una exposición que alberga más de 200 piezas en el Museo de Arte Moderno de la CDMX, que permanecerá abierta hasta el mes de septiembre de este año.

Por mucho tiempo he sido admiradora de las historias plasmadas en sus cuadros, por supuesto, me las invento, igual que ella se las iría contando mientras pintaba para viajar a mundos extraños, extraordinarios y abrir puertas al surrealismo que su rebeldía y genialidad le permitieron crear a cada instante. Pero Leonora es muchas otras cosas: feminista [para defender y defenderse no como mujer, sino como ser humano], ecologista, creadora en lo culinario, pintora, escultora, escritora, en todas esas facetas, es extraordinaria. También fue madre y ella fue una artista madre, sus hijos toman vida en algunas de sus obras y ella junto con Pablo y Gabriel Weisz, se divertían tramando vivencias inolvidables, como cuando Leonora le anunció al grupo de sus amistades que había recibido como regalo del gobierno de Rusia un cargamento de caviar y que les invitaba a degustar. Ese día, ella cocinó varios kilos de tapioca y con tinta de calamar preparó el “mejor caviar” que todos los asistentes a la reunión habían jamás probado. Por supuesto, Pablo y Gabriel entraban y salían de la cocina para descargar su risa al lado de su madre, para luego volver a la formalidad y asombro de la reunión. Continúa leyendo Narrativa de la imagen

Futbolistas literatos

Por Ángeles Favela

El triunfo de México hoy por la mañana en el Mundial de Rusia, es un respiro para muchos. Para el mundo 2018 es el año jubilar del futbol. El viaje a La Meca en turno, los ídolos, los ritos, las crónicas, lecturas obligadas y glosas humorísticas.

El futbol es una industria, una pasión y para muchos, una religión. En el juego existe una liturgia de colores, himnos y ornamentos, centrada en el rodado de un balón entre feroces patadas. Del mundo del futbol nacen a cada momento historias, en ellas habitan personas, tramas, nudos, retornos y finales.

En la cancha la libertad, la afición y la maestría se juegan el todo por el todo. Y la vida encuadra las quimeras de los participantes: los que juegan, los que aplauden y los que sufren.

Hay literatura futbolística y literatos futboleros. Eduardo Sacheri, escritor argentino, es uno de ellos. Sus cuentos están llenos de futbol y también de humanidad. En sus líneas cada personaje es de carne y hueso, llenos de infancia; donde la amistad es un muro inquebrantable y el universo es representado por el balón, la familia y los lugares del barrio.   Continúa leyendo Futbolistas literatos

El peso de una carta

Por Ángeles Favela

[Cartas a Clara. México. A fines de febrero de 1947]

[Fragmentos]

Mayecita:

Te estoy platicando lo que pasa con los obreros en una fábrica, llena de humo y de olor a hule crudo. Y quieren todavía que uno los vigile, como si fuera poca la vigilancia en que los tienen unas máquinas que no conocen la paz de la respiración. Por eso creo que no resistiré mucho a ser esa especie de capataz que quieren que yo sea. Y sólo el pensamiento de trabajar así me pone triste y amargado. Y sólo el pensamiento de que tú existes me quita esa tristeza y esa fea amargura.

Por otra parte, no me puedo imaginar cómo una niña tan menudita puede HACER UNA LETROTA TAN GRANDE…, al escribir una carta. Eso es hacer trampa.

Sin embargo, tu carta me dio un enorme gusto. Puse las dos manos para recibirla y la leí con mis dos ojos y luego la volví a leer porque hay allí algo que a mi corazón le gusta.

Yo aquí no he ido al cine. El cine sin ti no sirve. No hay ni siquiera el gusto de llegar tarde y no encontrar asiento. Y es que aquí la vida no es nada blandita. A veces me imagino que desde que llegué a esta ciudad he estado enfermo y que no me aliviaré ya jamás.

Lo que te estoy explicando es el ambiente en que vivo desde que entré a la fábrica. Nunca había yo visto tanta materia junta; tanta fuerza unida para acabar con el sentido humano del hombre; para hacerle ver que los ideales salen sobrando, que los pensamientos y el amor son cosas extrañas.

Y mi conclusión es que uno debe vivir en el lugar donde se encuentre uno más a gusto. La vida es corta y estamos mucho tiempo enterrados.

Ojalá estés bien y tan bonita como ninguna. Tú cariñito santo, recibe todo el amor del que mucho te quiere y del que espera quererte más, y un abrazo enorme y lleno de ternura y muchos besos, muchos, de quien te amará siempre.

Juan

 

Estas son palabras de Juan Rulfo a su mujer, en uno de los muchos mensajes que le escribió a lo largo de su vida.

Las cartas han sido por excelencia el medio de comunicación a distancia. Desde la antigüedad la misiva solía ir sellada como garantía de la privacidad. En ella viajaba la esperanza de que el destinatario la recibiera. En tiempos de guerra un sobre era el contenedor de una buena nueva, o quizá de la fúnebre noticia de la muerte de un ser querido. Continúa leyendo El peso de una carta

Conferencia sobre la lluvia de Juan Villoro

Conferencia sobre la lluvia

“Siempre me ha intrigado la posibilidad de que alguien transforme una conferencia en una confesión. ¿Hasta dónde controlamos lo que decimos? Al modo de un actor, el conferencista puede olvidar sus parlamentos o sucumbir a la tentación de revelar algo incómodo o devastador.

Conferencia sobre la lluvia surge de ese predicamento. Los devaneos del protagonista se inscriben en la larga tradición literaria de la digresión, es decir, en el distraído arte de decir una cosa para hablar de otra. En el siglo XVIII, Lawrence Sterne escribió la obra maestra del género: Tristram Shandy, monumental novela cuyo tema es el cambio de tema. Antón Chéjov se sirvió del recurso en un breve ejercicio para actores, Sobre el daño que causa el tabaco, y el actor y dramaturgo norteamericano Spalding Grey lo usó en sus originales monólogos-conferencia.

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