Matar a un niño

Stig Dagerman (Suecia, 1923-1954)

Es un día suave y el sol está oblicuo sobre la llanura. Pronto sonarán las campanas, porque es domingo. Entre dos campos de centeno, dos jóvenes han hallado una senda por la que nunca fueron antes, y en los tres pueblos de la planicie resplandecen los vidrios de las ventanas. Algunos hombres se afeitan frente a los espejos en las mesas de las cocinas, las mujeres cortan pan para el café, canturreando, y los niños están sentados en el suelo, abrochándose la blusa. Es la mañana feliz de un día desgraciado, porque este día, en el tercer pueblo, un hombre feliz matará a un niño. Todavía el niño está sentado en el suelo y abrocha su camisa, y el hombre que se afeita dice que hoy darán un paseo en bote por el riachuelo, y la mujer canturrea y coloca el pan, recién cortado, en un plato azul. Ninguna sombra atraviesa la cocina y, sin embargo, el hombre que matará al niño está al lado del surtidor rojo de gasolina, en el primer pueblo. Es un hombre feliz que mira por el visor de una máquina de fotos y ve un pequeño coche azul y, a su lado, a una muchacha que ríe. Mientras la muchacha ríe y el hombre toma la hermosa fotografía, el vendedor de gasolina ajusta la tapa del depósito y les asegura que tendrán un bonito día. La muchacha se sienta en el coche y el hombre que matará al niño saca su billetera del bolsillo y comenta que viajarán hasta el mar, y en el mar pedirán prestado un bote y remarán lejos, muy lejos. A través de los vidrios bajados, la muchacha, en el asiento delantero, oye lo que él dice; cierra los ojos, ve el mar y al hombre junto a sí en el bote. No es ningún hombre malo, es alegre y feliz, y antes de entrar en el automóvil se detiene un instante frente al radiador que centellea al sol, y goza del brillo y del olor a gasolina y a ciruelo silvestre. No cae ninguna sombra sobre el coche y el refulgente parachoques no tiene ninguna abolladura y no está rojo de sangre.

Pero, al mismo tiempo que en el primer pueblo el hombre cierra la puerta izquierda del coche y tira del botón de arranque, en el tercer pueblo la mujer abre su alacena, en la cocina, y no encuentra el azúcar. El niño, que se ha abrochado la camisa y que se ha atado los cordones de los zapatos, está de rodillas en el sofá y contempla el riachuelo que serpentea entre los alisos, y el negro bote que está medio varado sobre la hierba. El hombre que perderá a su hijo está recién afeitado y, en ese momento, pliega el soporte del espejo. En la mesa, las tazas de café, el pan, la leche y las moscas. Sólo falta el azúcar, y la madre ordena a su hijo que corra a casa de los Larsson y pida prestados algunos terrones. Y mientras el niño abre la puerta, el padre le grita que se dé prisa, porque el bote espera en la ribera. Remarán hasta tan lejos como nunca antes remaron. Cuando el niño corre a través del jardín, en todo momento piensa en el riachuelo y en los peces que saltan, y nadie le susurra que sólo le quedan ocho minutos de vida y que el bote permanecerá allí en donde está, todo el día y muchos otros días. No está lejos la casa de los Larsson: únicamente cruzar el camino, y mientras el niño corre atravesándolo, el pequeño coche azul entra en el otro pueblo. Es un pueblo pequeño con pequeñas casas rojas, con gente que acaba de despertar, que está en la cocina con las tazas de café levantadas y observan al coche venir por el otro lado del seto con grandes nubes de polvo detrás de sí. Va muy rápido, y el hombre ve cómo los álamos y los postes de telégrafo, recién alquitranados, pasan como sombras grises. Sopla el verano por la ventanilla. Salen velozmente del pueblo. El coche se mantiene seguro en medio del camino. Están solos todavía. Es placentero viajar completamente solos por un liso y ancho camino, y a campo abierto es mucho mejor aún. El hombre es feliz y fuerte, y en el codo derecho siente el cuerpo de su futura mujer. No es ningún hombre malo. Tiene prisa por alcanzar el mar. No sería capaz de matar a una mosca, pero sin embargo, pronto matará a un niño. Mientras avanzan hacía el tercer pueblo, cierra la muchacha otra vez los ojos y juega que no los abrirá hasta que puedan ver el mar, y al compás de los suaves botes del coche, sueña en lo terso que estará.

¿Por qué la vida está construida con tanta crueldad, que un minuto antes de que un hombre feliz mate a un niño, todavía es feliz y un minuto antes de que una mujer grite de horror, puede cerrar los ojos y soñar con el ancho mar, y durante el último minuto de la vida de un niño pueden sus padres estar sentados en una cocina y esperar el azúcar y hablar sobre los dientes blancos de su hijo y sobre un paseo en bote, y el niño mismo puede cerrar una verja y empezar a atravesar un camino con algunos terrones en la mano derecha envueltos en papel blanco; y durante este último minuto no ver otra cosa que un largo y brillante riachuelo con grandes peces y un ancho bote con callados remos?

Después, todo es demasiado tarde. Después, hay un coche azul cruzado en el camino, y una mujer que grita, retira la mano de la boca y la mano sangra. Después, un hombre abre la puerta de un coche y trata de mantenerse en pie, aunque tiene un abismo de terror dentro de sí. Después hay algunos terrones de azúcar blanca desparramados absurdamente entre la sangre y la arenilla, y un niño yace inmóvil boca abajo, con la cara duramente apretada contra el camino. Después, llegan dos lívidas personas que todavía no han podido beberse el café, que salen corriendo desde la verja y ven en el camino un espectáculo que jamás olvidarán.

Porque no es verdad que el tiempo cure todas las heridas. El tiempo no cura la herida de un niño muerto y cura muy mal el dolor de una madre que olvidó comprar azúcar y mandó a su hijo a través del camino para pedirla prestada; e, igualmente, cura muy mal la congoja del hombre feliz, que lo mató..

Porque el que ha matado a un niño, no va al mar. El que ha matado a un niño vuelve lentamente a casa en medio del silencio, y junto a sí lleva una mujer muda con la mano vendada; y en todos los pueblos por los que pasan ven que no hay ni una sola persona alegre. Todas las sombras son más oscuras, y cuando se separan todavía es en silencio; y el hombre que ha matado a un niño sabe que este silencio es su enemigo, y que va a necesitar años de su vida para vencerlo, gritando que no fue culpa suya. Pero sabe que esto es mentira, y en los sueños de muchas noches deseará en cambio tener un solo minuto de su vida pasada para “hacer este solo minuto diferente”.

Pero tan cruel es la vida para el que ha matado a un niño, que después todo es demasiado tarde.

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Cuentos y poemas

Por Patricio Gómez Junco

El viernes por la tarde, Literálika, lugar de encuentros literarios vio colmada su sala, por la presentación-muestra de la obra de Fernando Esquivel.

Sólo su nombre debería concitar una multitud, pero nuestro áspero entorno artístico no parece saber reconocer la calidad de su obra, sea por falta de información, sea por el esnobismo que suele distraer de lo mejor, sea por falta de interés que colinda con la falta de circulación entre ediciones y lectores.

Escribo estas líneas al impulso de la emoción, seguro de que los cuatro cuentos leídos al atril por cinco avezados lectores, son una muestra fiel de acuciosidad, de precisión en la sintaxis y de imaginación que borda colores, amplía espacios, precisa edades, y ensaya aromas.

Son cuentos que dan de sí para reír, reflexionar,  precisar la vejez o ensoñar la vitalidad, para descreer el entorno, para atisbar el porvenir.

Los lectores, indispensables para la trama, sirvieron en bandeja el texto, en modulaciones varias: narrar, acotar, inferir, reclamar, comentar, dramatizar.

Cinco actores, lectores o escritores según el ángulo, la óptica. Kahua, Juanina, Laura, Rubén y Javier, forman un tejido vivo que se nombra “Dramas, Nuevo León”. Se han reunido semanalmente desde hace 30 años consecutivos. En ese espacio que son ellos mismos, tallerean lo que escriben para la escena, y en la perinola de la actividad “todos ponen” y todos se llevan algo como tarea, aprendizaje o motivación. Pronto podríamos tener una sesión abierta para asomarnos a la dinámica de su trabajo.

Fernando Esquivel fue el centro de la velada temprana. Un público que lo conoce y admira lo cobijó como se cuida a un hijo. Pero también recordó que más allá de sus cuentos está su obra poética. Alguien entre el público sorprendió al autor al sacar de la chistera (hoy en día, celular) uno de sus poemas emblemáticos, cuyos fragmentos inicial y final dieron una probadita de la hondura de su contenido.

Fue allí cuando el homenaje se convirtió en reclamo, reclamo amoroso, sed de conocer su obra: sí, Fernando Esquivel nos queda debiendo la edición de su poesía, por más que él defienda que en su momento hizo una publicación casera, breve y muy limitada: casera porque sólo su familia o unos cuantos amigos la conocieron. Breve porque contenía sólo una parte de sus poemas. Limitada porque el espectro de lectores de Esquivel ya desde hace tiempo era extenso.

Sin que lo haya dicho ni se haya grabado, Fernando Esquivel tendrá que dar el último trámite (releer, recopilar, formatear, etc…) a sus poemas para que pronto los tengamos en el Kindle o en papel, pero que los tengamos para los días aciagos o de nostalgia, para que desborde el mar por nuestros ojos, o para que salte sonora la carcajada.

Sí, cuentos el viernes pasado,  pero próximamente, su alta poesía.

Reconocer en vida es mejor que esperar la ausencia, porque los aplausos han de escucharse y el autor ha de saber de ellos, para henchir el pecho por la proeza de abrir su alma desde la intimidad, a los lectores: confidentes de la particularidad que universalizada está en todos: nuestro interior, tan de cada uno y a la vez, tan de todos. Eso somos: hombres pequeños y grandes, materia de cuentos y poemas.

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¿Y?

Por: Horacio Gómez Junco

Desde ese día no lo hemos vuelto a ver; simplemente desapareció. Se aprietan en mi memoria los momentos en que Florentino me platicó sus temores y sus esperanzas en ese certamen nacional que convocaba a los escritores a someter a concurso un cuento, pero no uno cualquiera, sino uno que fuera verdaderamente breve. El premio era jugoso y su publicación garantizada a nivel internacional.

            Flo tenía tiempo de escribir relatos, vivencias, crónicas, remembranzas; quiso profundizar en el género literario clasificado como cuento. Asistió a conferencias; se inscribió en talleres de narrativa; estudió con perseverancia los libros sobre las teorías del cuento; practicó las técnicas para su buena escritura y hasta se atrevió a tomar cursos de crítica literaria, pensando que con eso puliría sus obras para así eludir la crítica malsana de los diletantes. ¡Estaba preparado para la lid!

            De memoria sabía el “Manual del perfecto cuentista” -al que luego llamaron “decálogo”- de Horacio Quiroga y lo usaba como vademécum hasta que hubo de olvidarlo cuando leyó la Refutación que sobre eso escribió Silvina Bullrich. Por un tiempo quedó desorientado, pero supo sobreponerse. Luego, la moda de dar especial importancia a la brevedad del cuento lo agarró con fuerza; rehusaba aceptar que Augusto Monterroso fuera considerado el rey del cuento breve, autor del más corto del mundo. Todavía recuerdo cuando me lo contó; decía más o menos así: Cuando despertó; el dinosaurio todavía estaba ahí.” ¡Eso era todo! Yo no le encontré gracia alguna, ni entendí por qué tanto furor por una cosa tan sin chiste y bobalicona, pero Flo tuvo la paciencia de explicarme que los críticos encontraban en esa brevedad todas las características inherentes al cuento. Según ellos, cumplía a la perfección con las exigencias asociadas con ese género literario y con la novedad: hacer participar al lector. Acepté sin chistar, aunque no comprendía nada.

            Advertí en Flo una obsesión por escribir historias cada vez más condensadas; esa manía se manifestó cuando vino esa convocatoria nacional del cuento breve. Trabajó noches y días; primero agotó resmas de papel; prefirió escribir directamente en su computadora: borraba, injertaba, reducía. Por fin anunció que había termiando su obra.

            Acudimos al cierre del certamen. Flo, uno de los finalistas, estaba seguro de su triunfo. En el centro de un escenario, tras una mesa imponente, con mantel verde, jarras y vasos de agua, presidía el jurado compuesto por trece críticos de renombre, ¡trece! Una joven leería las obras selectas. A continuación, uno de la mesa -a manera de padrino prepotente- expondría las virtudes de la obra leída y al finalizar, otra la haría de abogado del diablo: señalaría los puntos débiles. Ponderando esos juicios, el jurado votaría su decisión.

            El relato de mi amigo cerraba el evento. La lectora anunció: para terminar, un cuento titulado ¡Ya llegué! Lentamente abrió un libro, pasó una página, luego otra, limpió su garganta y leyó ¡ya llegué! Cerró las pastas. Después de un instante de desconcierto, el auditorio, al ver que la lectora se retiraba del pódium, comprendió que el cuento había terminado y empezaron los aplausos, muy tibios, por cierto. Los vecinos volteaban a verse como pidiendo una explicación que nadie se atrevía a exigir. De la mesa central se levantó el panegirista.

            Comenzó por enfatizar la importancia de la brevedad, la eliminación de material superfluo, especialmente los adjetivos que empalagan. Alabó la dicción, precisa en este caso, y la sintaxis. Puntuación impecable; final inesperado. Esto en cuanto a la técnica, aclaró. Prefiero abundar en los que pertenece a la estructura del cuento, dijo. ¿Era plausible lo que el lector narraba? ¿Se trataba de un cuento lineal o era circular? ¿Abierto o cerrado? ¿Había armonía y balance entre el planteamiento, el desarrollo, el clímax y el desenlace? ¡Y qué decir de los personajes y de la ambientación!…

            ¡¿Cuáles personajes, cuál ambiente, dónde está el argumento? ¡Si no hay nada!, brotó del auditorio un grito airado, seguramente de algún contrario a Flo. Se hizo un silencio. ¡Ah, queridos amigos! -continuo imperturbable el defensor- tenemos en nuestras manos el cuento perfecto. Cada lector -guiado por la mano- puede activar su imaginación de acuerdo con sus circunstancias. Seguramente se preguntará: ¿de dónde vino el personaje? ¿Con quiénes estuvo? ¿Qué aventuras corrió? ¿Por cuánto tiempo fue la ausencia y qué aconteció mientras estuvo fuera? Surgen inmediatamente tramas, formas y fondos infinitos, actores y voces de todos tipos, atmósferas y situaciones tan diversas como imagine el intelecto. Disfrutamos pues, aquí, en uno sólo, un ilimitado número de cuentos, diferentes para cada lector. Y no sólo eso: serán dinámicos y cambiantes, pues como el ánimo de quien lee modifica su interpretación, al leerse de nuevo por uno mismo, se mutarán en cuentos distintos. ¡Nunca se agotará el manantial de posibilidades estéticas!

            Los aplausos que siguieron casi nos dejan sordos. El semblante de la concurrencia evidenciaba la confianza en el triunfo de Flo. ¿Qué réplica tendría éxito ante argumentos tan convincentes?

            Se levantó la contraparte con parsimonia: el fiscal, ángel del mal. Por unos instantes, mudo, paseaba de un lado al otro frente a la gran mesa central. ¡Qué paquetón le habían dejado! En voz muy baja empezó diciendo:

            Debo reconocer que coincido cabalmente con las premisas sustentadas por mi colega, (aquí, los seguidores de Flo nos mirábamos con aire de suficiencia) con todas excepto con una que taladra y quiebra el asunto central de este certamen: la brevedad. (Al oír esto, se escuchó un murmullo de protesta, pero el fiscal no se detuvo). La brevedad, continuó, no está dada por la extensión del escrito, es decir por el número de palabras que contiene, sino por la ausencia de material superfluo. Y aquí radica la falla de este cuento. (Ahora los seguidores de Flo nos veíamos con incredulidad). Como todo es relativo -seguía diciendo- si en un cuento de diez mil palabras hay diez de ellas vacías, sobrantes o innecesarias, -para detectarlas se necesita de un experto-, el cuento acusaría una falla de uno en mil. Pero aquí, el cincuenta por ciento, sí, la mitad de las palabras salen sobrando, lo que constituye un lastre descomunal y, por ende, intolerable. (¡Fuera, fuera!, aullaban los amigos más fieles de Flo). Porque siguiendo el razonamiento de mi colega -prosiguió alzando la voz- bastaría que el cuento dijera: ¡Llegué!, para lograr esas virtudes expuestas con tanta vehemencia por mi antecesor. El recorte en nada disminuye el efecto narrativo; antes bien, lo amplía, pues la palabra ya, restringe la acción al imponerle un aire de inmediatez. En cambio, al leer únicamente ¡Llegué!, el lector tendría mayor libertad: puede escoger si las acciones sucedieron inmediatamente o tiempo atrás…

            A los alaridos de repudio del auditorio, se sumaron los proyectiles que recibió el que hablaba, inflamando el desorden en la mesa del jurado. A gritos, uno de ellos decía estar en desacuerdo con lo dicho por el fiscal; en todo caso, clamaba, lo que sobra es llegué y no ya, porque esta última palabra encierra todas las posibilidades de acción imaginables y si no, pregúntense ustedes mismos: ¿ya qué?, y tendrán tantas respuestas como de imaginación gocen, aseguraba. Esta nueva opción mantiene una clara superioridad: como nos estamos acercando al límite de la brevedad, de aquí en adelante tendremos que atender no solamente al número de palabras sino también al de letras, y en esto, el ya, lleva enorme ventaja de tres a una sobre el llegué, concluyó afónico.

            El desbarajuste en la sala era tremendo; los del jurado se habían levantado; gritaban y manoteaban entre ellos. Finalmente hicieron desalojar el recinto. Anunciaron que a puerta cerrada seguirían deliberando; les sorprendió la madrigada cuando llegaron a una decisión: ni quitar ya ni suprimir llegué era lo correcto. Si se trataba de hacer el cuento más breve, habría que quitar ambos: bastaría con una consonante ¿Y?.

            Esa sola pregunta monofónica encierra todo el universo, -siendo el lector parte activa en el relato, claro está -Veamos si no: agréguese cualquier otra palabra: Y dónde, y cómo, y cuánto, y por qué, y entonces… Así se abren infinitos veneros donde brotarán los cuentos más ricos, cuentos no contados, escondidos, inconclusos quizá, pero vivos-, sugeridos ahí mismo esa eufonía elemental -historias que demandaban seguimiento. Hemos encontrado la fórmula -célula y organismo a la vez genérico, lo particular en universal. Este hallazgo es un parteaguas histórico en la literatura: piedra filosofal, Aleph literario, sitio donde están y estarán todos los cuentos contados y por contar. Así rezaba la resolución del jurado cuando decidió presentar ese cuento en el inminente certamen mundial.

            Allí ganó de calle: fue proclamado como el cuento breve por excelencia; imposible de reducir: Se publicó ¿Y?, con tanto éxito que su tiraje sobrepasa al de la Biblia.

            Pero no le dieron crédito a Flo; quizá por eso anda extraviado de nuevo: desde entonces no lo vemos.

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La primavera de Sabines

Por Ángeles Favela

Inicia la primavera vestida de un verde tierno. Hay mañanas nuevas. Hasta nos parece más nutrida la voz de tórtolos y el aire que era frío es ahora fresco. Imagino que los encinos y las rosas y con ellos todos los árboles del parque sienten el cambio paulatino desde un invierno riguroso hasta la nueva estación florida.

Durante el mes de marzo se celebra el día mundial de la poesía, y fue en este mes cuando nació y murió el poeta Jaime Sabines. 

Sabines, un poeta que se mantuvo fuera de la línea intelectual de su época, más bien se dedicó a crear en solitario. Sus versos son mundanos, incluso blanco de algunos críticos literarios, pero eso a él no le quitaba el sueño. Sabines fue de esos poetas naturales que escriben mientras se dedican a vivir. Él estaba en contra de lo mágico, apreciaba más bien todo lo que podía tocar, oler y sentir.

Fue su padre, Julio Sabines, quien fomentó en él el gusto por la literatura. El poema Algo sobre la muerte del mayor Sabines, del cual el poeta se sentía muy orgulloso, muestra la muerte de su padre y la admiración y amor que sentía por aquel hombre nacido en Líbano.

Pasó el viento. Quedaron de la casa

el pozo abierto y la raíz en ruinas.

Y es en vano llorar. Y si golpeas

las paredes de Dios, y si te arrancas

el pelo o la camisa,

nadie te oye jamás, nadie te mira.

No vuelve nadie, nada. No retorna

el polvo de oro de la vida.

Jaime fue un hombre común, hizo de todo, sus días transcurrían en las actividades cotidianas de un vendedor de telas. Escribía poesía a ratos, por las tardes o noches, sin dejar de lado su inseparable cigarrillo.

Su estilo ha cautivado a quienes han encontrado en sus líneas a un conversador infinito, una voz que habla del amor, con el humor que nadie más lo ha hecho, su lenguaje es terrenal, incluso, a veces, prosaico. La soledad, el dolor y la angustia son temas recurrentes en su poesía. 

En 1972, Jaime Sabines recibe el premio literario Xavier Villaurrutia por su trayectoria literaria junto al poeta nicaragüense Ernesto Mejía Sánchez. A partir de ahí, la trayectoria artística de Sabines se ve alentada por una gran serie de reconocimientos: El Premio Elías Sourasky en 1982, El Premio Nacional de Ciencias y en 1983 el de Artes Lingüísticas y Literatura.

La muerte le llegó en el año de 1999, padecía cáncer.

El poeta le escribió también a ese momento al que todos estamos destinados.

CUANDO TENGAS GANAS DE MORIRTE

Esconde la cabeza bajo la almohada

y cuenta cuatro mil borregos.

Quédate dos días sin comer

y verás qué hermosa es la vida:

Carne, frijoles, pan.

Quédate sin mujer: verás.

Cuando tengas ganas de morirte

no alborotes tanto: muérete y ya.

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Plaza Fátima: una semana en dos actos

Por Patricio Gómez Junco

Acto I: Maestros Mexicanos (martes)

Plaza Fátima nos abre sus puertas para que admiremos y gocemos sus salas y corredor, engalanados con pinturas, reflejo y muestra del arte mexicano en pinceles de notables artistas del siglo xx.

Es normal que en un museo nos guste una obra más que otra, o que quizá no entendamos todo lo que se expone. Es normal. Pero indispensable es abrir los ojos, la memoria y el alma para que el duendecillo de la imaginación y la arbitrariedad, del subconsciente y las locuras, nos lleve a alcanzar uno de esos momentos estéticos que nos reconcilien con nuestra historia, país y sociedad (la de hoy) anclada y afirmada en la de nuestros abuelos y ancestros, a la vez que nos ofrezca una oportunidad para entender nuestras dualidades, contrariedades, incongruencias.

En la Inauguración de cualquier muestra, hay formalidades, banalidades y barullo que obstruyen la disposición del visitante. No es el mejor ambiente para admirar, disfrutar o conocer siquiera la obra que se expone.

Al igual que un buen libro nos invita a su relectura. Una buena muestra merece una segunda o tercera visita, en silencio y en sosiego, desde variados ángulos y miradas, para dejar que el pensamiento vague, relacione, compare, discuta, evoque y finalmente nos rebase con un suspiro, brote del alma nutrida de formas y colores.

Un lienzo que expuso ante el artista su desnudez, ahora, transformado por el trabajo del pintor, nos pregunta, reclama o sugiere, nos confronta y nos exige libertad de imaginación y recreación. No hay clichés, no todos ven lo mismo, no todos “oyen dictados angelicales y certeros”. No hay obligación de coincidir ni con la voz común, ni con la del crítico o el curador. Se abre un mundo de libertad en la necesaria ambigüedad del arte.

Así como el mejor vino es el que a ti te guste, el mejor pincel será el que más te llame, emocione o agrade.

Ante la pintura hemos de ejercer la libertad de gusto y opinión, con tal que observemos con detenimiento. La pausa entre las prisas es uno de los ingredientes necesarios para aprender y disfrutar de un museo.

Nos quedan 90 días para repasar (volver a pasar) Plaza Fátima y sus óleos admirables.

A los ciudadanos nos toca completar el esfuerzo, cerrar el bondadoso círculo que se nos ofrece y aprovechar la presencia de Maestros Mexicanos.

Acto II (jueves)

Al tiempo en que se terminaban los ecos de la algarabía de la exposición, durante las primeras horas del jueves, se cerraba una vida. El escritor, dramaturgo, actor y maestro Rubén González nos dejó con las ganas de abrazarlo al día siguiente, 8 de marzo, en que confluiría su cumpleaños con un reconocimiento a su trayectoria.

Literálika ya invitaba a la presentación-homenaje: Dramas Nuevo León, grupo de escritores que por muchos años trabajaron sus propios textos y nutrieron la amistad, al tiempo que le ponían voz al drama de sus diálogos. Seguramente habrán reído a carcajadas el ingenio literario y la fina broma de la pluma.

Plaza Fátima fue aula para sus clases de teatro y también escenario de su actuación. 

Hubo cientos de escenarios más. Y fueron cientos de amigos, cientos de recuerdos los que se fundieron el viernes en un aplauso prolongado en el recinto de la iglesia La Purísima.

Ese día llegó otro homenaje, entre la armonía de las estrellas.

Rulfo y el gallo de oro

Por Ángeles Favela

Mi primer encuentro con Rulfo fue más bien desafortunado: recuerdo haber leído El llano en llamas por obligación, en algún año durante la secundaria. Años más tarde, después de haber escuchado su voz en una entrevista de los años setentas, lo leí y releo por el gusto de saborearlo. A partir de ahí, es uno de mis favoritos.

A más de cien años del nacimiento de Juan Rulfo, su breve obra sigue el camino en vuelo. Pedro Páramo es su obra maestra, en donde emblemáticamente escuchamos los ecos de su pueblo, de su orfandad, de la miseria y hambre de los campesinos burlados por la Reforma Agraria, eco a su vez de la Revolución.

Nacido el 16 de mayo de 1917, a los diez años de edad ya era huérfano de padre y madre. Sus juegos infantiles se vieron abruptamente cegados por el ambiente de miedo y silencio que imponían los asaltos de la guerra cristera y la presencia de federales frente a la casa de su abuela que remedaba los cariños maternos.

Muy temprano en su vida tuvo ocasión de leer mucho, porque los libros del señor cura (ausente del pueblo por el levantamiento Cristero) se resguardaron en casa de la abuela; pero más allá de los libros, no podemos hacer a un lado las experiencias que desde niño lo acompañaron. Las circunstancias, es decir, el entorno en el que la vida de una persona transcurre, también influyen en sus oficios. 

Yo soy yo y mi circunstancia, son palabras de Ortega y Gasset, que nos hacen ver lo imposible que sería separar a Rulfo –y a cualquier persona- de todo lo que lo rodeó a lo largo de su vida. La constante de la muerte, el dolor, la soledad, en su caso, se transformaron en arte puro. A través de los textos de este hombre parco que evitaba a toda costa las entrevistas, el ruido, incluso del silencio, está presente. Los aires de la Revolución y la violencia engendrada, son el ambiente de historias pacíficas en apariencia con un resabio e historial de injusticias, burlas enquistadas del gobierno que promete, somete y controla.

Rulfo supo de carencias, de hambre, y me refiero también a los afectos. El orfanatorio en Guadalajara le hizo aprender la crueldad de los niños. Siempre le acompañó la tristeza, y nunca supo como deshacerse de ella. 

Hace un par de años, por primera vez, leí El gallo de oro y otros relatos, libro que atesoro y admiro porque sus páginas me regalaron a un Juan Rulfo que no conocía, una faceta que de él necesitaba. En Cartas a Clara, el amor a su mujer es tangible, y ese sentimiento le permite abrir el alma a la distancia de su amada: Yo aquí, no he ido al cine. El cine sin ti no sirve. Cuánto me gustaría estar allá, y volver a empezar de nuevo a conocerte y a vivir allí, pero sin miedo, sin dificultades ni ningún temor de perderte.

En Mi padre, la figura de su propio padre se muestra en la desgracia de una muerte injusta: Mi padre fue un hombre bueno. Vivió en esa época en que todo era malo. En que no se podían hacer planes para el mañana, pues el mañana era incierto y el hoy no terminaba todavía. Los tiempos eran malos: no se veía el cielo ni la tierra; ni si había sol o si el viento venía del norte o del sur. Todo era malo para el mundo. Pero mi padre era bueno y creía en la vida.

Rulfo, el de textos brillantes y personalidad sombría, el de la esperanza y amaneceres oscuros, el amante de las imágenes, el corrector incansable, editor de textos, aspirante a productor de cine, el escritor con su “no oficio” de escritor, el que murió hace poco, el que nació hace cien, estará aquí, sitiado por la tierra que tan bien supo describir.

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Noticias del imperio

Por Ángeles Favela

Hace once días falleció el escritor, dramaturgo, dibujante y podría decir diez oficios más, Fernando del Paso, quien en 2015 ganara el Premio Cervantes, máximo galardón en letras en español.

Fue una casualidad que en esos días del premio, yo me encontrara en España y, recuerdo con gusto llegar a un quiosco a buscar algún periódico, y verlo a él en todos los encabezados. Era un mexicano al que poco conocía. Ese fin de semana entre paradas de museo y cafés madrileños leí Noticias del imperio (1987). Mi lectura fue a modo de disfrute como a veces hago con algunos libros, en él relata la trágica historia de Carlota y es a la vez una fotografía de la época del imperio de Maximiliano. Fernando del Paso construyó esta obra cediéndole voz a un personaje quien desde su locura va exhumando recuerdos que inician desde su origen familiar y van girando en torno a su amado esposo fusilado.

La voz de Carlota es desgarradora. Una mujer que vive entre la cordura y los desvaríos. El amor y las circunstancias la trajeron a México para dejar una huella imborrable. Años después tuve la oportunidad de admirar una puesta en escena con los monólogos de la mujer protagonista de la novela, una voz llena de poesía, fuerte como su propia locura. He aquí algunas frases sueltas que resuenan en Noticias del Imperio. Fernando del Paso creó para Carlota una voz indeleble:

“La historia y yo, Maximiliano, que estamos vivas y locas. Pero a mí se me está acabando la vida.”

“Soy yo la que cada día invento de nuevo el mundo.”

“Porque si es mi condena también es mi privilegio, el privilegio de los sueños y el de los locos, inventar si quiero un inmenso castillo de palabras, palabras tan ligeras como el aire en que flotan.”

“Es desde siempre que yo soy todas las voces, la voz tuya y la de tu conciencia, la voz del rencor y de la ternura, la voz que un día, y más por compasión hacia mí, que por amor a ti, puede transformarte de nuevo en el Rey del Universo.”

Noticias del imperio es una novela histórica. [Fue durante la primera mitad del siglo XIX que surge en América Latina el género de la novela histórica, quizá influencia de autores europeos como Alejandro Dumas y William Scott.] A pesar de que es imposible llegar a conocer con certeza absoluta una verdad histórica, del Paso muestra un México que huele a México. En nuestro país y en todos los lugares del mundo hay hechos transcendentes en su historia y Carlota y Maximiliano lo fueron para el nuestro. La historia objetiva no existe, cada relato es una versión de una pluma, pero los hechos históricos en México entre 1861 y 1868 están presentes en la novela, cuando Napoleón III envía un ejercito de ocupación con el fin de establecer una monarquía católica europea, pero el destino fue trágico para los efímeros Emperadores de México.

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Réquiem

Reseña de El olvido que seremos, de Héctor Abad Fasciolince.

Por Demetrio M. Velasco

Compartimos con todos los seres vivos el instinto de conservación, de la vida propia y de la especie. El deseo de trascender el tiempo y el espacio, es solo humano, y es diferente al instinto de supervivencia. A veces, se sacrifica la vida para trascender o se trasciende, sacrificándola. Podría decirse que es un meta-instinto, el de trascender. Para los que tienen fe la trascendencia se da en un mundo más allá de la muerte, en el paraíso con sus múltiples nombres, o en la reencarnación; pero para los agnósticos y los ateos la trascendencia se da en el recuerdo de las acciones durante la vida. Es una lucha desigual contra el olvido que trae el tiempo.

La novela de Héctor Abad Faciolince es un réquiem; una composición para buscar el descanso del muerto y de los deudos. Por eso el ajuste de cuentas con la sociedad de Medellín que propició su muerte prematura; y la mención de todos los personajes de la tragedia, con nombre y apellido. Es al mismo tiempo un reclamo y una búsqueda de justicia histórica, ya que la justicia-justicia es inalcanzable, en este caso porque los asesinos materiales e intelectuales formaban parte activa del estado colombiano encargado de impartirla. También es un esfuerzo por la trascendencia de su padre; para que el recuerdo de sus acciones se extienda un poco más allá de la penumbra del olvido que el tiempo esparce inevitablemente sobre todos; para que su sacrificio no haya sido en vano.

Tardó 20 años, en escribirla. Requirió valor y mucha decisión, seguramente. Valor para sustraerse al miedo de la venganza que los poderosos pudieran tramar para callarlo; pero también para afrontar otra vez el dolor, la pérdida y la injusticia de no saber siquiera quién lo mató. Debe haber sido un ejercicio duro; recordar todo otra vez, investigar los detalles, conectar los puntos. Puedo también imaginar el mar de nostalgia que debió invadirlo por meses al vaciar al texto los recuerdos de la infancia, las reflexiones, la imagen del padre, el esfuerzo por hacer una pintura realista, justa, y evitar la trampa de convertirlo en una estatua de papel. Y seguramente debe haberlo atormentado también la idea de que este libro lo volvería a él un autor famoso a costa de la historia de su padre.

Un comentario de Coetzee la define como biografía novelada, y mi primera impresión fue la de estar leyendo una auto-ficción, porque es el autor quien aparece al centro del relato; pero no pude encontrar más de un elemento que no fuera real: el gringo que visitaba a su padre, Richard Saunders, y su fundación Future for the Children. Una búsqueda rápida en internet no arroja ninguna fundación con ese nombre, y de los muchos Richard Saunders que aparecen sólo hay uno relevante: un australiano miembro de una asociación de escépticos.

Escrito en un lenguaje simple y directo, no exento de alguna palabra dominguera aquí y allá, el texto es un poco empalagoso al principio; sin embargo, logra trasmitir la tristeza y la desolación que el autor experimentó al perder a dos de sus familiares directos, tanto que en no pocas ocasiones me arrancó uno que otro suspiro y empujó un par de lágrimas.

El teatro es vida

Por Ángeles Favela

Ocupar una butaca en medio de un teatro donde la tercera llamada ha ordenado que la luz se apague, es entrar a una dimensión terrenal distinta, indescriptiblemente real. Mientras escribo estas líneas, no puedo sino recordar estos momentos, cuando se eriza la piel al escuchar el timbre de una voz que clama o reclama a través de un fragmento, o cuando un silencio apabullante da pie para que una entrada eleve la emoción hasta hacernos contener la respiración.

Es en el teatro de arte, de calidad escénica, cuyo sentido no es meramente un espectáculo, sino que se refiere a un trozo de vida como si fuese arrancado de las circunstancias de los propios personajes. El teatro es un rito ancestral donde los espectadores y actores comparten un tiempo y espacio de manera única; es la realidad concentrada, es tiempo condensado: una vida entera, la de un pueblo o la de un individuo. Por ello la intensidad que se despliega a lo largo de cada minuto es capaz de ahondar en el interior de cada espectador. El buen teatro es capaz de atrapar la atención, los sentidos, el discernimiento, la ira o el dolor ante la injusticia o el destino que cubre inexorablemente la trama de una historia.

Confrontar la vida presenciando una obra de teatro, es una experiencia que me han regalado algunas puestas en escena, aquellas que cuestionan y retan mis pensamientos “establecidos”, aquellas que a través de diálogos o monólogos de alto impacto, cimbran mis emociones hasta obligarme a ver en ese instante a través de los ojos de quien habla. El teatro es lenguaje, es letra y música, es acción y reacción.

El buen teatro, es decir, obras excelsas, que integran extraordinarios actores y directores, han de regalarnos momentos sublimes. En la obra, conviven pasado, presente y futuro. Frente a nuestros ojos de espectadores un relato sucede, va naciendo y nosotros desde una butaca, somos testigos. Con nuestra imaginación recreamos más de lo que estamos viendo, como si presenciáramos un relato que nos llena también de lo que no hemos visto.

En nuestro interior se despliega un equilibrio entre lo que se ve y se escucha, y entre lo que se alude. Es en ese momento, cuando el espectador y el elenco crean un dialogo sin palabras.

Ayer terminó el Festival de teatro Nuevo León 2018, dejando en quienes lo disfrutamos, un buen aroma en el alma. El próximo jueves 16 de agosto inicia, a lo largo de dos meses y medio, una selección de cinco obras imperdibles en el espacio creativo Casa Musa, selección del dramaturgo y director teatral Hernán Galindo [Pecados, jueves 16 de agosto. Amarillo Van Gogh, jueves 6 de septiembre. Entre seda y algodón, miércoles 19 de septiembre. Cuando había granadas en noviembre, miércoles 3 de octubre. Bajo la verde sombra, lunes 29 de octubre.

De entre las artes escénicas, el teatro ha sido siempre un poderoso medio para mover conciencias y provocar la reflexión. Apostémosle al teatro artístico, a la dramaturgia de altos vuelos. Por fortuna, el buen teatro se hace en nuestro país, en nuestra ciudad; hay quienes lo dan todo por ello y, nosotros espectadores, somos los más beneficiados. Asiste, toca y vive el buen teatro, esta es una buena oportunidad.

angelesfavela@literalika.com

Un famoso cuestionario

Por Ángeles Favela

Tengo un especial aprecio a la magia que envuelve la palabra introspección. De niña era más bien reservada, me gustaba observar más que hablar, podía pasar horas mirando las historias que sucedían a través de la ventana desde un alto edificio frente a la playa de Copacabana. Aún recuerdo esos días llenos de nostalgia, vivir en un país lejano a mi lugar de origen me regaló el aprendizaje del silencio y el asombro.

Quizá por ello la lectura de ciertos autores y autoras me atrapa en toda la extensión de la palabra: Marguerite Yourcenar, Milan Kundera, Marguerite Duras, Nabokov, cuyas obras literarias están inundadas de pensamientos hacia adentro, divagaciones, memorias y recuerdos. Para ellos y para el mundo cultural, Marcel Proust, escritor francés nacido en 1871, es una de las mayores influencias en el arte, la filosofía y la literatura. Proust es reconocido como el padre de la introspección, lo constata su magnifica obra En busca del tiempo perdido, reflexión sobre el tiempo, el recuerdo, el arte, las pasiones y relaciones humanas, desde la óptica de un sentimiento de fracaso y vacío existencial. Una obra maestra en la que aparecen más de doscientos personajes, conocidos por el autor y que a lo largo del relato son hilvanados entre descripciones poéticas, metáforas, reflexiones filosóficas y conversaciones en diversos tiempos y lugares. Continúa leyendo Un famoso cuestionario