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Suite Francesa de Irène Némirovsky

Suite Francesa de Irène Némirovsky

Cincuenta años inédita

Por Demetrio M. Velasco

Saber que la autora había escrito esta novela durante la guerra, y la había dejado inconclusa al ser detenida y deportada a un campo de concentración donde murió a las pocas semanas de llegar, y que el texto había permanecido guardado en una caja de recuerdos que sus hijas llevaron consigo durante la huida por todo Francia y conservaron por casi 50 años, predispone sentimentalmente la lectura de la obra; obliga a leer con más atención a los detalles. No importa que el estilo se sienta obsoleto, lento en ocasiones, e incluso un poco insípido, acostumbrados como estamos ahora a los sabores fuertes y picantes con que se escribe en estos días.

Caliente, pensaban los parisinos. El aire de primavera. Era la noche en guerra, la alerta. Pero la noche pasaría, la guerra estaba lejos. Los que no dormían, los enfermos encogidos en sus camas, las madres con hijos en el frente, las enamoradas con ojos ajados por las lágrimas, oían el primer jadeo de la sirena. Aún no era más que una honda exhalación, similar al suspiro que sale de un pecho oprimido. En unos instantes, todo el cielo se llenaría de clamores.

Sorprende la ausencia de los nazis y la SS torturando prisioneros a que nos tiene tan acostumbrados Hollywood. Irene quiere entender a los franceses, escribe reflexionando sobre las actitudes que observa: la división social, la colaboración convenenciera de algunos con las fuerzas de ocupación, los paralelismos entre el socialismo ruso y el nazismo alemán. Describe con maestría la desesperación de la huida de los parisinos ante la llegada inminente de los alemanes; la transformación paulatina de las buenas personas que se vuelven egoístas ante la multitud de desplazados; las reacciones irracionales de algunos que pretenden huir cargando con su estilo de vida a cuestas; la tensión sexual entre las mujeres jóvenes y los soldados alemanes con frecuentes desenlaces en que la cercanía y el roce social se sobrepone al rechazo instintivo al invasor; los enfrentamientos ocasionales de una resistencia embrionaria más motivados por pasiones humanas, que por la defensa de la patria.

Había demasiados refugiados. Había demasiados rostros cansados, demacrados, sudorosos; demasiados niños llorando, demasiados labios temblorosos que preguntaban «¿No sabrá usted dónde podríamos encontrar una habitación o una cama?» «¿Podría usted indicarnos un restaurante, señora?» Era como para desalentar la caridad. Aquella multitud miserable ya no presentaba rasgos humanos, parecía una manada en estampida…

El título alude al formato: una suite, como las composiciones musicales, formada por 5 partes de las que sólo acabó dos, Tempestad en junio, que describe la huida de los parisinos tras la derrota francesa, y Dulce, que trata de la vida de un pueblo durante la ocupación, dejando otras dos esbozadas, Cautividad y Batallas y una que más no alcanzó a iniciar, Paz. Quería escribir un libro de mil páginas. Cada una de las dos secciones escritas es una novela completa, así que, aunque la suite está inconclusa de todas formas es posible leerlas como obras terminadas. Dulce, la segunda parte, fue llevada al cine por Saul Dibb en 2014 con buena fortuna bajo el título Suite Francesa.

Su acento hizo reír al alemán. Lucille se quedó un instante en la oscuridad, escuchando aquella risa que se alejaba. Una ráfaga de viento agitó las ramas mojadas de las lilas sobre sus cabellos. Se sentía alegre y ligera. Echó a correr y entró en la casa.

Irène nació en Ucrania a principios de 1903. Su padre fue un banquero judío y su madre una mujer que poco se interesó por su hija. Fue criada por una institutriz francesa, lo que la convirtió en francoparlante desde la niñez. También hablaba ruso, polaco, inglés, vasco, finés y yiddish En diciembre de 1918 la familia huyó a Francia amenazados de muerte por la revolución bolchevique. A los veintiséis años publicó su primera novela: David Golder, una ácida crítica del mundo judío ucraniano que fue recibida con entusiasmo por los círculos literarios franceses.

Otro aspecto interesante del libro es que incluye las notas de la autora, que muestran sus dudas, reflexiones, planes e intenciones para cada personaje. Resulta revelador para quien escribe que ella, siendo ya una escritora exitosa en la época, tuviera tantas dudas. También es muy atractivo entrever la forma en que trabajaba, porque las dos primeras partes están completamente terminadas y las tres restantes no pasan de un simple bosquejo. Para los críticos literarios puede resultar muy disfrutable identificar las secciones en que es más notoria la influencia de Tolstoi a quién hace múltiples referencias en sus notas.

El ejemplar cierra con una selección de las cartas de la autora, su esposo, el editor y diversos amigos y personas que intentaron ayudarla. Esconden en sí mismas otra historia, una muy triste; la de Irene que visualiza su destino fatal; la del marido que ignora todo y recurre a medio mundo tratando de saber qué fue de su mujer y solo consigue ser detenido y condenado al mismo destino; la de los amigos cercanos que intentan ayudar de alguna manera y se topan con el muro infranqueable del racismo; y las de los desconocidos que lo arriesgan todo para mantener vivas a las dos hijas. Hay aquí otra novela esperando por un escritor talentoso.

Suite Francesa. Irène Némirovsky. J. Antonio Soriano Marco (T). Salamandra. Noviembre 2005.

dvelasco@amiautomation.com