La escritura en el proceso de duelo

Por Ángeles Favela

La muerte de un ser querido duele por una infinidad de cosas. Hemos de enfrentarnos con nuestros propios miedos, con los propios estigmas y decretos de lo que en nuestra experiencia ha ido desdoblando eso que a todos nos toca.

Elisabeth Kübler-Ross fue una psiquiatra suizo-estadounidense nacida en 1926 que se especializó en los cuidados paliativos y en las situaciones cercanas a la muerte. Su modelo incluye cinco etapas por las que ha de transitar una persona que ha sufrido por la muerte de un ser allegado: negación, ira, negociación, depresión, aceptación. Las etapas pueden atribuirse a cualquier tipo de pérdida.

Como todos, a lo largo de mi vida he tenido procesos de duelo, de pérdidas, pero en el centro de todos los torbellinos, mis pasos por la escritura han sido ancla y salvavidas. Decenas de diarios y libretas donde líneas sueltas, párrafos y cartas fungieron como receptores de aquellas nubes negras que de pronto se han posado sobre mi cabeza. No es que sea una persona naturalmente atribulada, al contrario, creo que mi carácter optimista mucho se lo debo a esas horas de descarga narrativa, sin ningún fin más que el propio desahogo.

Ayer, mientras leía y pensaba en el papel de la escritura en el proceso del duelo, me encontré esta maravilla, una carta con fecha y nombre de quien se ha estrellado con la noticia de la muerte de un amigo entrañable. (Correo Ilustrado, La Jornada, 21 julio, 2018). Va textual la carta como un regalo y va también mi invitación constante a tomar pluma y papel.

Regalo, no condena

Un gran amigo mío se quitó la vida a escondidas. Solo, en un día como hoy, no por la fecha, sino “por-que” hoy lo quiero recordar.

Como un prófugo de la prisión de la vida, que no debería serlo, destrozó su cuerpo lanzándose desde el octavo piso donde vivía.

Era un buen hombre, culto, sensible, curioso, vasco cooperativista con sólida conciencia social. Un poeta anónimo, hasta para sí mismo, de frases sueltas que germinaban de su boca como flores en un jardín secreto. Nunca lo dijo, pero en su cabeza, en esa parte donde sólo él tenía acceso, lo fue madurando. Dejó que la vida se siguiera cerrando sin hacerle frente, porque tenía una puerta secreta para escapar en caso de emergencia. Ahora lo entiendo, pero no se lo dijo a nadie. Y sucedió así, porque así tenía que suceder cuando está prohibido irse dignamente por voluntad propia. ¿Por qué?

En esta escuela de despedidas, en la que todos estamos de paso, solo por un tiempo, hubiera sido mejor, mucho mejor, estar con mi amigo una tarde de buena amistad, comida y vino noble, platicar de todas esas cosas que pueden platicar dos buenos amigos cuando están juntos y se van a despedir para no verse más. Reír de la vida, del tiempo y de nosotros “carga-dos” de tiempo. Al terminar plática, comida y vino, cansados como el sol se cansa al atardecer: yo cansado de la noche, con sueño, y él, cansado de la vida, sin sueños, acompañarlo a tomar lo que sea que hay que tomar cuando uno ya se quiere dormir en esa noche sin tiempo y sin amanecer.

Sin risa ya, ni comida ni vino, en silencio, darle la mano de amigo, decirle adiós, no como despedida, sino como camino: a Dios. Dejarlo dormir en su cama como el poeta que fue, entero, tranquilo, como un niño que se duerme, inocente y cansado de jugar a vivir.

Así lo quiero recordar, no fue así, ya les dije como fue, pero así me hubiera gustado que fuera.

La vida es un regalo no una condena.

¿Por qué?

Carlos Noriega Félix

angelesfavela@literalika.com

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