Las siete treinta y cuatro

Por Alejandra Sandoval

Abro los ojos al tiempo en que el sol se asoma por el filo del marco de mi ventana, la casa me abraza serena. El reloj marca las siete treinta y cuatro. Con mis dedos entrelazados atrás de mi cabeza sonrío, recordando la noche anterior en que había logrado desenredar momentos de un luto engarabatado al pensamiento. Me levanté de la cama y al bajar las escaleras me descubrí con palabras nuevas de un sueño. Tarareo una canción mientras me dirijo a la cocina, en donde busco entre la canasta de frutas algo con que iniciar mi día. La más grande de las toronjas es la elegida. La coloco en mi plato y con un buen cuchillo afilado en mano, inicio la operación. La secciono en dos mitades perfectas, para después cuidadosamente fraccionarla, separando la membrana amarga de la pulpa sonrosada dulce, ácida y jugosa. Me gusta sostener la mitad en mi palma, como si fuese un tazón engranado a mi mano, tal como siempre, desde que recuerdo, como mis padres la comían. Ese repetitivo y cotidiano momento, activó un gatillo dentro de mí cabeza. En ella despertó una voz recordando a mi conciencia “hoy es sábado” y eso automáticamente me hizo sentir que debía llamar a mis padres. Por ese par de segundos en que mi cuerpo se dirigió al teléfono, me petrifiqué por minutos. La toronja escurría en mi mano mientras yo sollozaba como una niña. Me topé de frente con un vacío que más tarde nombraría “la ausencia tocando mi pecho” lo hice después de leer a mi hermana Cokis, quien a 450 km de distancia escribió esa misma mañana una carta al cielo, una carta a nuestros padres.

Unos meses después de ese día, Mi hermana Denise y su familia estaban de visita en Monterrey, desayunamos en familia unos chilaquiles acompañados de un café de olla campechaneado, el cual consiste en mitad de piloncillo mitad negro. Al finalizar ella me acompañó a dar una clase de baile flamenco, al grupo de amigas de mi hija. Al terminar la clase, salimos del salón y nos recargamos sobre el barandal observando el patio central que estaba a tres pisos abajo de nosotros. De maestra a maestra me dio varias recomendaciones, recuerdo que enfatizó lo relajada que me había vuelto en cuanto disciplina, y yo tomaba nota cuando de pronto sentí su mirada analítica clavada en mis ojos, y me dijo con esa su sonrisa, la que conozco y que tanto quiero

—Yo no sabía que todo esto lo iba a tomar de esta manera —nos quedamos fijas por un par de segundos y entonces lo entendí.

Nuestros padres nos habían preparado y nosotros ni cuenta nos habíamos dado. Llegar a esa conclusión llevó un par de meses. Aceptar que la vida sigue su curso, incluso cuando la atmósfera está cubierta de una increíble y soberbia desesperanza es como ser poseída por una amalgama de contradicciones que al final desembocan en la realidad de que todo forma parte de una rueda en el tiempo que no es estático. Me recuerdo implorando por un estruendo sobrenatural que se afanase en paralizar el casual transcurrir de los otros. No sucedió. Por ello cada día me levanté y seguí con mi trabajo. Cada uno de mis hermanos lo hicimos, como si todo hubiese sido parte de un plan. Recuerdo sentir lastima por el jugo de la toronja que se derramaba entre mis dedos aquella mañana en la que por unos instantes olvide lo inolvidable.

Absorbí de mi jícara-toronja lo que chorreaba desde mi mano, el sabor contrastaba con lo dulce de mis lágrimas, dulce como el olor de mi madre. Con un trapo limpié el piso y de un salto me senté en la barra, en una de las esquinas. Terminé mi toronja, con cara de puchero, a mis treinta y ocho, ¡si seré infantil! Cara de pato me decían de pequeña. Con el escalofrío del miedo recuerdo pensar en qué tantos detalles cotidianos desencadenaran el hábito de querer llamarles. Al terminar la toronja, saco de mi boca un pedazo de la membrana amarga, la dejo sobre cáscara a mi lado y me pierdo unos minutos en la imagen. Serán ciclos, aceptaré vivirlos dulces, agrios como vengan, tarde que temprano los nuevos recuerdos serán mayoría, y la vida misma será una fusión de quién fui y quién soy y de quiénes fui y de quiénes soy. Papá y mamá agradezco haberlos conocido.

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