Objetos personales

Por Ángeles Favela

No es necesario ser un coleccionista empedernido para establecer relaciones imprescindibles con ciertos objetos. Hay cosas que, de mirar la vista atrás, han estado siempre a nuestro lado. No me refiero a personas ni a recuerdos, habló de materia o sustancia sin la que prácticamente regresaríamos a casa en el caso remoto de algún olvido. Tampoco se trata de los usos y costumbres que a todos nos hacen posible la vida diaria como lo es la ropa, el calzado, la casa, los utensilios, medios de comunicación o de transporte. Ahora mismo mientras escribo esto, en medio de la dificultad de dar con la palabra exacta para nombrar lo que en mi mente está más que claro, me pregunto si a todos nos pasa lo mismo, o si soy de las personas que lleva años con el mismo dije al cuello, o que siempre ha de traer por lo menos una pluma negra y un lapicero .09 mm en el bolso.

Hay objetos que, casi a manera de afecto, necesitamos saberlos siempre a la mano. Lo que cuento no son propiamente manías obsesivas, sino apego a elementos que me son útiles y que de cierta forma se han convertido en una parte extendida de mi personalidad. No me considero una persona consumista y la prueba de ello es que uso el mismo perfume -que me guste- desde la primera hasta la última gota, y mis gafas de sol son y serán las mismas hasta que su funcionamiento demuestre lo contrario y yo, quizá en vano, trate de encontrar unas idénticas.

John Bowlby (1907-1990) formuló la Teoría del apego, refiriéndose al vínculo emocional indispensable en la infancia, para el desarrollo de la personalidad. El estado de seguridad, ansiedad o temor es determinado en gran medida por la accesibilidad y conexión a figuras de afecto. Hay diferentes tipos de apego, un estilo sano nos llevará gradualmente hasta experimentar conexión interpersonal e integración interna.

En el caso, a diferencia de lo que me sucede con otros objetos, mi apego hacia los libros -que me gustan- es de cierta forma genérico, no se refiere a uno o unos en especial: en mi pensamiento y quehacer diario hay cabida, de manera temporal, para varios libros a la vez. Y de manera perenne tal o cual libro, habrá de permanecer siempre cercano.

El apego o la conexión constante a los libros se convierte en la historia que ocupa mi tiempo, el acompañamiento, el tener con quién hablar, debatir, en fin, pensar y viajar. Me gusta sentir cómo sus laberintos me llevan cada vez a nuevos aprendizajes, o quizá a recordar o a repensar lo aprendido.

Un libro que, para mí, ha pasado por la prueba inicial de reconocimiento mutuo, el saber si somos en este momento el uno para el otro, se convertirá en el objeto inseparable e indispensable por algunos días. Hay una sensación de diálogo con sus páginas, y se convierte en reales horas de lectura hasta que el libro llega a su fin e inicio de nuevo el ciclo con otro libro.

No podría imaginar mi vida sin ellos. Así, igual que el agua, oxigeno, alimento, calor, frío, día, noche, silencio, algarabía, viaje, risa, los libros me son indispensables.

Si llegara un día sin tomar uno de ellos entre mis manos, sería no sé, señal de que algo grave está pasando.

Para mañana, 23 de abril: ¡Feliz Día internacional del libro!

angelesfavela@literalika.com

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