El principito

Por Ángeles Favela

—¡Un día vi ponerse el sol cuarenta y tres veces!

Y un poco más tarde añadiste:

—¿Sabes? Cuando uno está verdaderamente triste le gusta ver las puestas de sol.

—El día que la viste cuarenta y tres veces estabas muy triste ¿verdad?

Pero el principito no respondió.

El 6 de abril de 1943 fue publicada la novela de Antoine de Saint-Exupéry. Sin duda el niño rubio, amigo entrañable de una rosa, es uno de los personajes más queridos en la literatura universal. Yo lo quiero. Quizá porque es un libro que ha estado presente en mi vida siempre. No puedo recordar con exactitud cuando fue la primera vez que lo leí, pero tengo la certeza de haberlo conocido antes de que yo supiera el significado de las letras. Tal vez mis padres me lo leían. Así que cuando en el colegio, durante tercero de primaria la maestra nos presentó a El Principito, él y yo ya éramos viejos conocidos.

En ese momento no imaginaba que esa novela habría de leerla muchas veces, y es que hay algo en esas líneas que se ha ido desdoblando para mí, poco a poco, a través del tiempo. He vuelto a ella muchas veces.

Cuando somos niños, gradualmente vamos descubriendo cómo los adultos ven el mundo y la vida en general y, por decir lo menos, sus ojos nos parecen algo extraños; luego somos nosotros quienes nos convertimos en adultos.

A veces creo que el niño de cabello rizado y yo, nos parecemos en algo; ser dueños de un arsenal constante de preguntas no hace la vida fácil. Me inquieta mirar mis ojos cuando releo este libro, compruebo que en mí habitan un montón de niñas, de adultas, de mujeres. La novela me ha regalado un valioso prisma de perspectivas. Lo esencial es invisible a los ojos. Me gusta saber que existe alguien incorrompible y perdurable [aunque sea un personaje de ficción] que conoce bien el valor del amor y de la amistad, que sabe que casi todo es cuestión de disciplina. Cada capítulo posee la brevedad y la fuerza pocas veces vista en una obra.

El principito sabe lo que uno aprende hasta muy entrados los años, por eso me gusta su carácter y los lentes con los que mira la vida, el amor y la sociedad.

Hace poco, alguien me preguntó si pensaba que El principito era un libro para niños o para adultos. No fue la pregunta lo que me sacudió sino mi respuesta, dije que era un libro para adultos. En ese instante me sentí como el señor muy colorado del capítulo VII, quien todo el día se repite que es un “hombre serio”… Pasé dos días pensando en ello, y esa misma noche lo leí de nuevo.

Fue una noche difícil, enfrentando fantasmas nuevos y viejos demonios. Uno nunca sabe cuando nuevos paradigmas se le han instalado en el pensamiento sin previo aviso y son momentos para reacomodar los pensamientos, las certezas y las dudas. Durante esa noche de lectura lo que más quería era que llegara la puesta del sol. Así han sido las releídas, a lo largo de mis cincuenta y dos años, de un momento a otro tengo de nuevo el libro en mis manos.

La respuesta es simple: es un libro para todos, un libro que es imprescindible que alguien más nos lea cuando somos niños, una obra obligatoria para los primeros años de escuela, para la turbulencia de la etapa adolescente y para muchos otros momentos en los que el ser humano, en medio de soledad o en la algarabía propia de la vida, se pregunte de qué está hecho o sobre qué suelo está parado.

Las capas del pensamiento van cambiando y la compañía de esta novela me resulta insustituible. Durante esa noche de lectura lo que más quería era que llegara la puesta del sol.

—Hace millones de años que las flores tiene espinas y hace también millones de años que los corderos, a pesar de las espinas, se comen las flores. ¿Es que no es cosa seria averiguar por qué las flores pierden el tiempo fabricando unas espinas que no les sirven para nada? ¿Es que no es importante la guerra de los corderos y las flores? ¿No es esto más serio e importante que las sumas de un señor gordo y colorado? Y si yo sé de una flor única en el mundo y que no existe en ninguna parte más que en mi planeta; si yo sé que un buen día un corderillo puede aniquilarla sin darse cuenta de ello, ¿es que esto no es importante?

El principito enrojeció y después continuó:

—Si alguien ama a una flor de la que sólo existe un ejemplar en millones y millones de estrellas, basta que las mire para ser dichoso. Puede decir satisfecho: “Mi flor está allí, en alguna parte…” ¡Pero si el cordero se la come, para él es como si de pronto todas las estrellas se apagaran! ¡Y esto no es importante!

No pudo decir más y estalló bruscamente en sollozos.

La noche había caído. Yo había soltado las herramientas y ya no importaban nada el martillo, el perno, la sed y la muerte. ¡Había en una estrella, en un planeta, el mío, la Tierra, un principito a quien consolar! Lo tomé en mis brazos y lo mecí diciéndole: “la flor que tú quieres no corre peligro… te dibujaré un bozal para tu cordero y una armadura para la flor…te…”. No sabía qué decirle, cómo consolarle y hacer que tuviera nuevamente confianza en mí; me sentía torpe. ¡Es tan misterioso el país de las lágrimas!

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