Al final se muere

POR ÁNGELES FAVELA

Escribir es una segunda forma de vivir: la primera es aquí, en el instante de la cosa, al momento de la decisión, en medio de la turbulencia o aferrados al efímero gozo de este día. En la segunda, escribir se torna una necesidad, es cuando llega la urgencia de explicarnos lo que ya sucedió, lo que nunca habrá de suceder o todo aquello que cabe en el cajón de la posibilidad.

Crear historias es tan legendario como la humanidad. Relatar acontecimientos a través de las palabras escritas, es lo que nos ha permitido estar en contacto unos con otros, traspasando las barreras del tiempo. El legado de culturas y civilizaciones anteriores a las nuestras, nos es transmitido por medio de historias.

Si bien es cierto que la narración es anterior a la escritura y la música es anterior a la poesía y la pictografía es el inicio del lenguaje, y la comunicación se valió al principio de cualquier elemento para completar su proceso, la necesidad de expresión del ser humano, ha sido, es y seguirá siendo siempre imperiosa. No hay nada más ¿triste?, ¿frustrante?, ¿peligroso?, ¿mortal?, que una vida sin la posibilidad de expresión.

Para una existencia equilibrada, requerimos sabernos escuchados y reforzar la certeza de sabernos creadores de ideas y pensamientos, validarlos hacia el exterior y quizá, en la medida de lo posible, sabernos dueños de nuestras propias decisiones. Si no es así, qué otra cosa podríamos decir al preguntarnos ¿qué es la vida?

Vivimos en la era de los relatos, gracias a la virtualización de nuestros días, pareciera que entretener, educar, adoctrinar, culturizar, des-culturizar, des-informar, y un sinfín de verbos hermanados con la comunicación está al alcance de la mano de todos, y sí, sí lo está. Sólo basta con echar un vistazo a los millones de blogs, libros digitales, revistas virtuales, periódicos, panfletos, memes, tuits, textos acompañando post en Facebook, y vidas enteras narradas minuto a minuto en Instagram. Pero eso no es todo, está la contraparte de la historia: los millones de seguidores y con el atrevimiento de la duda ¿lectores? de todo lo anterior. Hay un enorme abismo entre seguidor y lector.

Escribir es un derecho personal, como lo es también la elección de lo que habremos de leer. La búsqueda de lo mejor puede ser aterradora en un océano de contenidos, pero bien vale la pena. No hacerlo sería igual que alimentarnos a diario de los contenidos de esas bolsas brillantes y suaves de celofán colorido, y de hidratarnos con esos líquidos gaseosos y azucarados que bailan efervescentes en las gargantas de quienes le abren paso libre hacía el interior de sus cuerpos. ¿No es casi lo mismo?

El mayor patrimonio de la humanidad es el lenguaje, somos narradores natos, y qué importa si nos contamos como únicos lectores o si nuestras historias habrán de ser leídas por millones de ojos. Escribir es una actividad vivificadora, pero hagámoslo bien. Escribir es un arte que se aprende y perfecciona en la práctica del oficio. De ninguna otra forma.

Para escribir bien, hay que escribir muchas veces, hasta que hayamos depurado todo error gramatical, léxico, o de contenido, hasta sentirnos orgullosos del texto final, donde cada palabra brille desde su lugar y cada frase nos cautive por su fuerza.

Al final, todos moriremos, pero no las historias. No los recuerdos que hilvanamos en cada relato. No el eco de las risas plasmadas en una anécdota de infancia. No los aromas impregnados en las descripciones de un viaje. Nuestros relatos y ficciones serán la manera de sabernos cerca. Quizá, nuestros seres queridos no necesitarán leerlas, pero nosotros sí requerimos, ahora mismo, de escribirlas.

angelesfavela@literalika.com

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