Mis “sin cuenta”

Por Iliana Segura

Si mi guion se hubiera llevado a cabo tal como lo imaginé por años y de la manera como detalladamente lo planifiqué durante los últimos seis meses, en este día, en mi cumpleaños número cincuenta, yo habría de estar mirando la estatua de la libertad, rodeada —por primera vez en un viaje— de mi familia completa (papás, hermano, cuñada, esposo e hijos)… Pero una vez más, el creador de este show llamado vida, decidió de último momento, cambiar todos mis planes, y cobrarme una factura que tenía pendiente desde hace muchos años: ese desdén que he tenido siempre hacia mi tercer nombre, y que me ha hecho ocultarlo la mayoría del tiempo, y por la decidía de no poner en orden todos mis documentos, al cambiar pasaporte y visa,  los engorrosos trámites y su respectiva pérdida de tiempo, impidieron que el viaje de mis sueños fuese el festejo de mi arribo al quinto piso.

Por demás está decir a todos quienes me conocen bien, cuanto he llorado, berreado, pataleado y renegado por este hecho y, así estuve, hasta que hace unos días se me apareció por ahí un artículo en el cual su autora compartía cómo estaba lidiando con un diagnóstico de un agresivo cáncer, del cual se había enterado un par de semanas antes de la fecha del “viaje de sus sueños” con toda su familia… Al terminar de leer pensé en mi propio “show”,  y agradecí desde lo más profundo de mi ser, que el cambio en mis planes hubiera sido para mí, un simple asunto de papeles y burocracia. Una vez más alguien se había encargado de enviarme mi “cachetada con guante blanco” y recetarme una fuerte dosis de “ubicatex” que buena falta me hacía.

Y en un abrir y cerrar de ojos estoy aquí, en el primer escalón de mi quinto piso. ¿Pero, por qué nadie me avisó que después de los 50, el tiempo le pisaba durísimo al acelerador? ¡Nunca antes un año de mi vida había pasado a tal velocidad!, y me pregunto si así será “de aquí pal real”, porque, de ser así, más vale que me ajuste muy bien el cinturón, pues en otro “acelerón” y con algo de suerte, estaré en los sesenta, setenta, ochenta, o los que me tenga deparado quien maneja estos asuntos.

Tampoco nadie me avisó que llegando a este punto, a mi cuerpo le importaría un soberano cacahuate mi filosofía de “forever 25” y, sin piedad, me haría recordar mi realidad a través de achaques que últimamente me van sorprendiendo casi a diario; son una especie de susurro que me dice: “No reinita, aunque te sientas de veinticinco, hace muchísimo tiempo dejaste esa edad, eres una cincuentona y, por si la imagen que te brinda el espejo no te es suficiente, aquí te dejo tu “achaquito” del día, nada más para que no se te olvide”.

Eso sí, de edad interesante, pero siempre agradecida con quien sea que se le agradezcan estas cosas, por un año más de vida, por todo lo bueno que disfruto, por todo lo que me regala felicidad, y también por lo malo que, a veces, ser sufre, porque eso es lo que me da aprendizaje y pone mis pies en la tierra, recordándome esas dos cosas que tanto me cuesta aceptar: la primera es que no se puede tener todo en esta vida y, la segunda, que pocas, pero muy pocas veces las cosas acontecen según lo planeado y, eso, no necesariamente tiene que ser malo.

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