¿Y?

Por: Horacio Gómez Junco

Desde ese día no lo hemos vuelto a ver; simplemente desapareció. Se aprietan en mi memoria los momentos en que Florentino me platicó sus temores y sus esperanzas en ese certamen nacional que convocaba a los escritores a someter a concurso un cuento, pero no uno cualquiera, sino uno que fuera verdaderamente breve. El premio era jugoso y su publicación garantizada a nivel internacional.

            Flo tenía tiempo de escribir relatos, vivencias, crónicas, remembranzas; quiso profundizar en el género literario clasificado como cuento. Asistió a conferencias; se inscribió en talleres de narrativa; estudió con perseverancia los libros sobre las teorías del cuento; practicó las técnicas para su buena escritura y hasta se atrevió a tomar cursos de crítica literaria, pensando que con eso puliría sus obras para así eludir la crítica malsana de los diletantes. ¡Estaba preparado para la lid!

            De memoria sabía el “Manual del perfecto cuentista” -al que luego llamaron “decálogo”- de Horacio Quiroga y lo usaba como vademécum hasta que hubo de olvidarlo cuando leyó la Refutación que sobre eso escribió Silvina Bullrich. Por un tiempo quedó desorientado, pero supo sobreponerse. Luego, la moda de dar especial importancia a la brevedad del cuento lo agarró con fuerza; rehusaba aceptar que Augusto Monterroso fuera considerado el rey del cuento breve, autor del más corto del mundo. Todavía recuerdo cuando me lo contó; decía más o menos así: Cuando despertó; el dinosaurio todavía estaba ahí.” ¡Eso era todo! Yo no le encontré gracia alguna, ni entendí por qué tanto furor por una cosa tan sin chiste y bobalicona, pero Flo tuvo la paciencia de explicarme que los críticos encontraban en esa brevedad todas las características inherentes al cuento. Según ellos, cumplía a la perfección con las exigencias asociadas con ese género literario y con la novedad: hacer participar al lector. Acepté sin chistar, aunque no comprendía nada.

            Advertí en Flo una obsesión por escribir historias cada vez más condensadas; esa manía se manifestó cuando vino esa convocatoria nacional del cuento breve. Trabajó noches y días; primero agotó resmas de papel; prefirió escribir directamente en su computadora: borraba, injertaba, reducía. Por fin anunció que había termiando su obra.

            Acudimos al cierre del certamen. Flo, uno de los finalistas, estaba seguro de su triunfo. En el centro de un escenario, tras una mesa imponente, con mantel verde, jarras y vasos de agua, presidía el jurado compuesto por trece críticos de renombre, ¡trece! Una joven leería las obras selectas. A continuación, uno de la mesa -a manera de padrino prepotente- expondría las virtudes de la obra leída y al finalizar, otra la haría de abogado del diablo: señalaría los puntos débiles. Ponderando esos juicios, el jurado votaría su decisión.

            El relato de mi amigo cerraba el evento. La lectora anunció: para terminar, un cuento titulado ¡Ya llegué! Lentamente abrió un libro, pasó una página, luego otra, limpió su garganta y leyó ¡ya llegué! Cerró las pastas. Después de un instante de desconcierto, el auditorio, al ver que la lectora se retiraba del pódium, comprendió que el cuento había terminado y empezaron los aplausos, muy tibios, por cierto. Los vecinos volteaban a verse como pidiendo una explicación que nadie se atrevía a exigir. De la mesa central se levantó el panegirista.

            Comenzó por enfatizar la importancia de la brevedad, la eliminación de material superfluo, especialmente los adjetivos que empalagan. Alabó la dicción, precisa en este caso, y la sintaxis. Puntuación impecable; final inesperado. Esto en cuanto a la técnica, aclaró. Prefiero abundar en los que pertenece a la estructura del cuento, dijo. ¿Era plausible lo que el lector narraba? ¿Se trataba de un cuento lineal o era circular? ¿Abierto o cerrado? ¿Había armonía y balance entre el planteamiento, el desarrollo, el clímax y el desenlace? ¡Y qué decir de los personajes y de la ambientación!…

            ¡¿Cuáles personajes, cuál ambiente, dónde está el argumento? ¡Si no hay nada!, brotó del auditorio un grito airado, seguramente de algún contrario a Flo. Se hizo un silencio. ¡Ah, queridos amigos! -continuo imperturbable el defensor- tenemos en nuestras manos el cuento perfecto. Cada lector -guiado por la mano- puede activar su imaginación de acuerdo con sus circunstancias. Seguramente se preguntará: ¿de dónde vino el personaje? ¿Con quiénes estuvo? ¿Qué aventuras corrió? ¿Por cuánto tiempo fue la ausencia y qué aconteció mientras estuvo fuera? Surgen inmediatamente tramas, formas y fondos infinitos, actores y voces de todos tipos, atmósferas y situaciones tan diversas como imagine el intelecto. Disfrutamos pues, aquí, en uno sólo, un ilimitado número de cuentos, diferentes para cada lector. Y no sólo eso: serán dinámicos y cambiantes, pues como el ánimo de quien lee modifica su interpretación, al leerse de nuevo por uno mismo, se mutarán en cuentos distintos. ¡Nunca se agotará el manantial de posibilidades estéticas!

            Los aplausos que siguieron casi nos dejan sordos. El semblante de la concurrencia evidenciaba la confianza en el triunfo de Flo. ¿Qué réplica tendría éxito ante argumentos tan convincentes?

            Se levantó la contraparte con parsimonia: el fiscal, ángel del mal. Por unos instantes, mudo, paseaba de un lado al otro frente a la gran mesa central. ¡Qué paquetón le habían dejado! En voz muy baja empezó diciendo:

            Debo reconocer que coincido cabalmente con las premisas sustentadas por mi colega, (aquí, los seguidores de Flo nos mirábamos con aire de suficiencia) con todas excepto con una que taladra y quiebra el asunto central de este certamen: la brevedad. (Al oír esto, se escuchó un murmullo de protesta, pero el fiscal no se detuvo). La brevedad, continuó, no está dada por la extensión del escrito, es decir por el número de palabras que contiene, sino por la ausencia de material superfluo. Y aquí radica la falla de este cuento. (Ahora los seguidores de Flo nos veíamos con incredulidad). Como todo es relativo -seguía diciendo- si en un cuento de diez mil palabras hay diez de ellas vacías, sobrantes o innecesarias, -para detectarlas se necesita de un experto-, el cuento acusaría una falla de uno en mil. Pero aquí, el cincuenta por ciento, sí, la mitad de las palabras salen sobrando, lo que constituye un lastre descomunal y, por ende, intolerable. (¡Fuera, fuera!, aullaban los amigos más fieles de Flo). Porque siguiendo el razonamiento de mi colega -prosiguió alzando la voz- bastaría que el cuento dijera: ¡Llegué!, para lograr esas virtudes expuestas con tanta vehemencia por mi antecesor. El recorte en nada disminuye el efecto narrativo; antes bien, lo amplía, pues la palabra ya, restringe la acción al imponerle un aire de inmediatez. En cambio, al leer únicamente ¡Llegué!, el lector tendría mayor libertad: puede escoger si las acciones sucedieron inmediatamente o tiempo atrás…

            A los alaridos de repudio del auditorio, se sumaron los proyectiles que recibió el que hablaba, inflamando el desorden en la mesa del jurado. A gritos, uno de ellos decía estar en desacuerdo con lo dicho por el fiscal; en todo caso, clamaba, lo que sobra es llegué y no ya, porque esta última palabra encierra todas las posibilidades de acción imaginables y si no, pregúntense ustedes mismos: ¿ya qué?, y tendrán tantas respuestas como de imaginación gocen, aseguraba. Esta nueva opción mantiene una clara superioridad: como nos estamos acercando al límite de la brevedad, de aquí en adelante tendremos que atender no solamente al número de palabras sino también al de letras, y en esto, el ya, lleva enorme ventaja de tres a una sobre el llegué, concluyó afónico.

            El desbarajuste en la sala era tremendo; los del jurado se habían levantado; gritaban y manoteaban entre ellos. Finalmente hicieron desalojar el recinto. Anunciaron que a puerta cerrada seguirían deliberando; les sorprendió la madrigada cuando llegaron a una decisión: ni quitar ya ni suprimir llegué era lo correcto. Si se trataba de hacer el cuento más breve, habría que quitar ambos: bastaría con una consonante ¿Y?.

            Esa sola pregunta monofónica encierra todo el universo, -siendo el lector parte activa en el relato, claro está -Veamos si no: agréguese cualquier otra palabra: Y dónde, y cómo, y cuánto, y por qué, y entonces… Así se abren infinitos veneros donde brotarán los cuentos más ricos, cuentos no contados, escondidos, inconclusos quizá, pero vivos-, sugeridos ahí mismo esa eufonía elemental -historias que demandaban seguimiento. Hemos encontrado la fórmula -célula y organismo a la vez genérico, lo particular en universal. Este hallazgo es un parteaguas histórico en la literatura: piedra filosofal, Aleph literario, sitio donde están y estarán todos los cuentos contados y por contar. Así rezaba la resolución del jurado cuando decidió presentar ese cuento en el inminente certamen mundial.

            Allí ganó de calle: fue proclamado como el cuento breve por excelencia; imposible de reducir: Se publicó ¿Y?, con tanto éxito que su tiraje sobrepasa al de la Biblia.

            Pero no le dieron crédito a Flo; quizá por eso anda extraviado de nuevo: desde entonces no lo vemos.

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