Cuentos y poemas

Por Patricio Gómez Junco

El viernes por la tarde, Literálika, lugar de encuentros literarios vio colmada su sala, por la presentación-muestra de la obra de Fernando Esquivel.

Sólo su nombre debería concitar una multitud, pero nuestro áspero entorno artístico no parece saber reconocer la calidad de su obra, sea por falta de información, sea por el esnobismo que suele distraer de lo mejor, sea por falta de interés que colinda con la falta de circulación entre ediciones y lectores.

Escribo estas líneas al impulso de la emoción, seguro de que los cuatro cuentos leídos al atril por cinco avezados lectores, son una muestra fiel de acuciosidad, de precisión en la sintaxis y de imaginación que borda colores, amplía espacios, precisa edades, y ensaya aromas.

Son cuentos que dan de sí para reír, reflexionar,  precisar la vejez o ensoñar la vitalidad, para descreer el entorno, para atisbar el porvenir.

Los lectores, indispensables para la trama, sirvieron en bandeja el texto, en modulaciones varias: narrar, acotar, inferir, reclamar, comentar, dramatizar.

Cinco actores, lectores o escritores según el ángulo, la óptica. Kahua, Juanina, Laura, Rubén y Javier, forman un tejido vivo que se nombra “Dramas, Nuevo León”. Se han reunido semanalmente desde hace 30 años consecutivos. En ese espacio que son ellos mismos, tallerean lo que escriben para la escena, y en la perinola de la actividad “todos ponen” y todos se llevan algo como tarea, aprendizaje o motivación. Pronto podríamos tener una sesión abierta para asomarnos a la dinámica de su trabajo.

Fernando Esquivel fue el centro de la velada temprana. Un público que lo conoce y admira lo cobijó como se cuida a un hijo. Pero también recordó que más allá de sus cuentos está su obra poética. Alguien entre el público sorprendió al autor al sacar de la chistera (hoy en día, celular) uno de sus poemas emblemáticos, cuyos fragmentos inicial y final dieron una probadita de la hondura de su contenido.

Fue allí cuando el homenaje se convirtió en reclamo, reclamo amoroso, sed de conocer su obra: sí, Fernando Esquivel nos queda debiendo la edición de su poesía, por más que él defienda que en su momento hizo una publicación casera, breve y muy limitada: casera porque sólo su familia o unos cuantos amigos la conocieron. Breve porque contenía sólo una parte de sus poemas. Limitada porque el espectro de lectores de Esquivel ya desde hace tiempo era extenso.

Sin que lo haya dicho ni se haya grabado, Fernando Esquivel tendrá que dar el último trámite (releer, recopilar, formatear, etc…) a sus poemas para que pronto los tengamos en el Kindle o en papel, pero que los tengamos para los días aciagos o de nostalgia, para que desborde el mar por nuestros ojos, o para que salte sonora la carcajada.

Sí, cuentos el viernes pasado,  pero próximamente, su alta poesía.

Reconocer en vida es mejor que esperar la ausencia, porque los aplausos han de escucharse y el autor ha de saber de ellos, para henchir el pecho por la proeza de abrir su alma desde la intimidad, a los lectores: confidentes de la particularidad que universalizada está en todos: nuestro interior, tan de cada uno y a la vez, tan de todos. Eso somos: hombres pequeños y grandes, materia de cuentos y poemas.

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¿Y?

Por: Horacio Gómez Junco

Desde ese día no lo hemos vuelto a ver; simplemente desapareció. Se aprietan en mi memoria los momentos en que Florentino me platicó sus temores y sus esperanzas en ese certamen nacional que convocaba a los escritores a someter a concurso un cuento, pero no uno cualquiera, sino uno que fuera verdaderamente breve. El premio era jugoso y su publicación garantizada a nivel internacional.

            Flo tenía tiempo de escribir relatos, vivencias, crónicas, remembranzas; quiso profundizar en el género literario clasificado como cuento. Asistió a conferencias; se inscribió en talleres de narrativa; estudió con perseverancia los libros sobre las teorías del cuento; practicó las técnicas para su buena escritura y hasta se atrevió a tomar cursos de crítica literaria, pensando que con eso puliría sus obras para así eludir la crítica malsana de los diletantes. ¡Estaba preparado para la lid!

            De memoria sabía el “Manual del perfecto cuentista” -al que luego llamaron “decálogo”- de Horacio Quiroga y lo usaba como vademécum hasta que hubo de olvidarlo cuando leyó la Refutación que sobre eso escribió Silvina Bullrich. Por un tiempo quedó desorientado, pero supo sobreponerse. Luego, la moda de dar especial importancia a la brevedad del cuento lo agarró con fuerza; rehusaba aceptar que Augusto Monterroso fuera considerado el rey del cuento breve, autor del más corto del mundo. Todavía recuerdo cuando me lo contó; decía más o menos así: Cuando despertó; el dinosaurio todavía estaba ahí.” ¡Eso era todo! Yo no le encontré gracia alguna, ni entendí por qué tanto furor por una cosa tan sin chiste y bobalicona, pero Flo tuvo la paciencia de explicarme que los críticos encontraban en esa brevedad todas las características inherentes al cuento. Según ellos, cumplía a la perfección con las exigencias asociadas con ese género literario y con la novedad: hacer participar al lector. Acepté sin chistar, aunque no comprendía nada.

            Advertí en Flo una obsesión por escribir historias cada vez más condensadas; esa manía se manifestó cuando vino esa convocatoria nacional del cuento breve. Trabajó noches y días; primero agotó resmas de papel; prefirió escribir directamente en su computadora: borraba, injertaba, reducía. Por fin anunció que había termiando su obra.

            Acudimos al cierre del certamen. Flo, uno de los finalistas, estaba seguro de su triunfo. En el centro de un escenario, tras una mesa imponente, con mantel verde, jarras y vasos de agua, presidía el jurado compuesto por trece críticos de renombre, ¡trece! Una joven leería las obras selectas. A continuación, uno de la mesa -a manera de padrino prepotente- expondría las virtudes de la obra leída y al finalizar, otra la haría de abogado del diablo: señalaría los puntos débiles. Ponderando esos juicios, el jurado votaría su decisión.

            El relato de mi amigo cerraba el evento. La lectora anunció: para terminar, un cuento titulado ¡Ya llegué! Lentamente abrió un libro, pasó una página, luego otra, limpió su garganta y leyó ¡ya llegué! Cerró las pastas. Después de un instante de desconcierto, el auditorio, al ver que la lectora se retiraba del pódium, comprendió que el cuento había terminado y empezaron los aplausos, muy tibios, por cierto. Los vecinos volteaban a verse como pidiendo una explicación que nadie se atrevía a exigir. De la mesa central se levantó el panegirista.

            Comenzó por enfatizar la importancia de la brevedad, la eliminación de material superfluo, especialmente los adjetivos que empalagan. Alabó la dicción, precisa en este caso, y la sintaxis. Puntuación impecable; final inesperado. Esto en cuanto a la técnica, aclaró. Prefiero abundar en los que pertenece a la estructura del cuento, dijo. ¿Era plausible lo que el lector narraba? ¿Se trataba de un cuento lineal o era circular? ¿Abierto o cerrado? ¿Había armonía y balance entre el planteamiento, el desarrollo, el clímax y el desenlace? ¡Y qué decir de los personajes y de la ambientación!…

            ¡¿Cuáles personajes, cuál ambiente, dónde está el argumento? ¡Si no hay nada!, brotó del auditorio un grito airado, seguramente de algún contrario a Flo. Se hizo un silencio. ¡Ah, queridos amigos! -continuo imperturbable el defensor- tenemos en nuestras manos el cuento perfecto. Cada lector -guiado por la mano- puede activar su imaginación de acuerdo con sus circunstancias. Seguramente se preguntará: ¿de dónde vino el personaje? ¿Con quiénes estuvo? ¿Qué aventuras corrió? ¿Por cuánto tiempo fue la ausencia y qué aconteció mientras estuvo fuera? Surgen inmediatamente tramas, formas y fondos infinitos, actores y voces de todos tipos, atmósferas y situaciones tan diversas como imagine el intelecto. Disfrutamos pues, aquí, en uno sólo, un ilimitado número de cuentos, diferentes para cada lector. Y no sólo eso: serán dinámicos y cambiantes, pues como el ánimo de quien lee modifica su interpretación, al leerse de nuevo por uno mismo, se mutarán en cuentos distintos. ¡Nunca se agotará el manantial de posibilidades estéticas!

            Los aplausos que siguieron casi nos dejan sordos. El semblante de la concurrencia evidenciaba la confianza en el triunfo de Flo. ¿Qué réplica tendría éxito ante argumentos tan convincentes?

            Se levantó la contraparte con parsimonia: el fiscal, ángel del mal. Por unos instantes, mudo, paseaba de un lado al otro frente a la gran mesa central. ¡Qué paquetón le habían dejado! En voz muy baja empezó diciendo:

            Debo reconocer que coincido cabalmente con las premisas sustentadas por mi colega, (aquí, los seguidores de Flo nos mirábamos con aire de suficiencia) con todas excepto con una que taladra y quiebra el asunto central de este certamen: la brevedad. (Al oír esto, se escuchó un murmullo de protesta, pero el fiscal no se detuvo). La brevedad, continuó, no está dada por la extensión del escrito, es decir por el número de palabras que contiene, sino por la ausencia de material superfluo. Y aquí radica la falla de este cuento. (Ahora los seguidores de Flo nos veíamos con incredulidad). Como todo es relativo -seguía diciendo- si en un cuento de diez mil palabras hay diez de ellas vacías, sobrantes o innecesarias, -para detectarlas se necesita de un experto-, el cuento acusaría una falla de uno en mil. Pero aquí, el cincuenta por ciento, sí, la mitad de las palabras salen sobrando, lo que constituye un lastre descomunal y, por ende, intolerable. (¡Fuera, fuera!, aullaban los amigos más fieles de Flo). Porque siguiendo el razonamiento de mi colega -prosiguió alzando la voz- bastaría que el cuento dijera: ¡Llegué!, para lograr esas virtudes expuestas con tanta vehemencia por mi antecesor. El recorte en nada disminuye el efecto narrativo; antes bien, lo amplía, pues la palabra ya, restringe la acción al imponerle un aire de inmediatez. En cambio, al leer únicamente ¡Llegué!, el lector tendría mayor libertad: puede escoger si las acciones sucedieron inmediatamente o tiempo atrás…

            A los alaridos de repudio del auditorio, se sumaron los proyectiles que recibió el que hablaba, inflamando el desorden en la mesa del jurado. A gritos, uno de ellos decía estar en desacuerdo con lo dicho por el fiscal; en todo caso, clamaba, lo que sobra es llegué y no ya, porque esta última palabra encierra todas las posibilidades de acción imaginables y si no, pregúntense ustedes mismos: ¿ya qué?, y tendrán tantas respuestas como de imaginación gocen, aseguraba. Esta nueva opción mantiene una clara superioridad: como nos estamos acercando al límite de la brevedad, de aquí en adelante tendremos que atender no solamente al número de palabras sino también al de letras, y en esto, el ya, lleva enorme ventaja de tres a una sobre el llegué, concluyó afónico.

            El desbarajuste en la sala era tremendo; los del jurado se habían levantado; gritaban y manoteaban entre ellos. Finalmente hicieron desalojar el recinto. Anunciaron que a puerta cerrada seguirían deliberando; les sorprendió la madrigada cuando llegaron a una decisión: ni quitar ya ni suprimir llegué era lo correcto. Si se trataba de hacer el cuento más breve, habría que quitar ambos: bastaría con una consonante ¿Y?.

            Esa sola pregunta monofónica encierra todo el universo, -siendo el lector parte activa en el relato, claro está -Veamos si no: agréguese cualquier otra palabra: Y dónde, y cómo, y cuánto, y por qué, y entonces… Así se abren infinitos veneros donde brotarán los cuentos más ricos, cuentos no contados, escondidos, inconclusos quizá, pero vivos-, sugeridos ahí mismo esa eufonía elemental -historias que demandaban seguimiento. Hemos encontrado la fórmula -célula y organismo a la vez genérico, lo particular en universal. Este hallazgo es un parteaguas histórico en la literatura: piedra filosofal, Aleph literario, sitio donde están y estarán todos los cuentos contados y por contar. Así rezaba la resolución del jurado cuando decidió presentar ese cuento en el inminente certamen mundial.

            Allí ganó de calle: fue proclamado como el cuento breve por excelencia; imposible de reducir: Se publicó ¿Y?, con tanto éxito que su tiraje sobrepasa al de la Biblia.

            Pero no le dieron crédito a Flo; quizá por eso anda extraviado de nuevo: desde entonces no lo vemos.

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El valor terapéutico del perdón

“Escoge no ser herido y no te sentirás herido,

si no te sientes herido no serás herido.”

Marco Aurelio

Por Lorena Morales

Como psicoterapeuta, he encontrado que perdonar es un elemento central en el proceso terapéutico. Es la manera más efectiva de ser libre y por tanto conectar con el presente y, en consecuencia, ser feliz.

El tema del perdón no es nuevo. Se remonta a las bases de todas las corrientes espirituales y a la civilización misma; sin embargo, es un tema con el que las personas seguimos luchando, ya que existen muchos factores que complican practicarlo tales como el orgullo, la inseguridad o la baja autoestima.

El emperador romano Marco Aurelio, gran exponente de los estoicos (aquellos que se distinguían por permanecer ecuánimes ante las tribulaciones), decía que los juicios de valor son los que nos generan sufrimiento. Si vemos las cosas como son, sin agregarles nada, no tendrán el poder de lastimarnos. En pocas palabras, consciente o inconscientemente sentimos lo que hemos elegido sentir.

Trasladando esta enseñanza al perdón, no es el hecho lo que nos daña, sino lo que pensamos y sentimos de los que nos hicieron. Si logramos separar el hecho de lo que sentimos, podremos observarlo y describirlo, pero ya sin otorgarle el poder de lastimarnos.

¿Te insultaron?, ¿te excluyeron?, ¿te traicionaron?, intenta mirar como un observador externo, y busca separar aquello que pasó del juicio o el pensamiento agregado por ti: “soy un tonto”, “no me merezco esto”. Estas últimas frases son las que nosotros creamos, las que nos hunden y lastiman, dificultando que podamos perdonar a otros y a nosotros mismos. 

Sólo tenemos poder sobre nuestra mente y sobre nuestras acciones. Si esperamos que quien nos lastimó venga a pedirnos perdón o a resarcir el daño para sentirnos mejor, cedemos el poder de nuestro bienestar al otro y si esto no sucede, quedaremos muy decepcionados, y la ira, el rencor y otras emociones tóxicas, nos afectarán irremediablemente.

Es mejor quitar las expectativas y saber que cada persona tiene una historia, un bagaje emocional, sus propias heridas, necesidades, cualidades y carencias que hacen que haya actuado de tal o cual forma, y quizá nunca entenderemos las razones, pero podemos perdonar, más que por ellos, por nuestra paz y estabilidad emocional. 

Perdonar no es olvidar, no es no buscar justicia, tampoco es minimizar los hechos o tener que acercarnos de nuevo al agresor.  Es ver los hechos por lo que fueron, no tomarlo personal, hacer lo que necesitemos para remediarlo, pero, se haya o no conseguido, es importante soltar y seguir adelante con nuestra vida.

La buena noticia es que para perdonar no necesitamos tener frente a nosotros a quien infligió el daño, incluso pudo haber fallecido. Y para perdonarnos a nosotros mismos, ¡siempre nos tendremos! Sólo necesitamos el deseo y la decisión de ser libres, y si no podemos hacerlo solos, es posible buscar ayuda. 

Recuerdo la película de “La Misión”, donde Robert De Niro interpreta a Mendoza, un mercenario y traficante de esclavos quien, después de matar a su hermano en un ataque de celos y saber que lo ha perdido todo, busca la ayuda de un sacerdote jesuita, y tiene una transformación psicológica en su búsqueda del perdón, pero descubre que primero necesita perdonarse a sí mismo. La escena que viene a mi mente, es el momento en que un indio corta y tira al río (agua que limpia y purifica) un pesado fardo lleno de objetos innecesarios que él ha cargado a manera de penitencia en su ascenso a la montaña, conduciéndolo a una liberación, que le permitirá vivir la felicidad que nunca había sentido. 

Es difícil vivir con el peso de nuestros resentimientos.  Muchas angustias, depresiones e infelicidad vienen de la carga negativa que ejercen algunas experiencias de la propia vida. Experimentar el perdón primero con nosotros, y después con los demás, es una vía para ser felices.

lorena@blueprint.pro

Emociones y sentimientos

Por Ángeles Favela

Si las historias requieren personajes para ser narradas, los personajes requieren vida para ser creíbles. Un personaje que siente, es un ser humano como cualquier otro. El secreto es mostrar el interior de cada uno de ellos en el momento necesario, no antes, no después.

Las emociones son la base para la construcción psicológica de los habitantes de una historia. La gama que las conforman puede ser un abanico tan extenso como lo es la complejidad del pensamiento humano. Una distinción básica entre emoción y sentimiento se refiere a la permanencia en el tiempo. Una reacción física momentánea es derivada de una emoción y, el resultado de analizar y plantearnos internamente ideas o circunstancias, nos lleva a explorar la zona de los sentimientos.

Las emociones se han catalogado, Aristóteles en los albores del siglo V ya listaba las siguientes: miedo, confianza, ira, amistad, calma, enemistad, vergüenza, desvergüenza, compasión, bondad, envidia, ira, emulación y desprecio.

Los expertos han nombrado los sentimientos tales como admiración, enfado, afecto, odio, euforia, tristeza, optimismo, indignación, gratitud, impaciencia, satisfacción, envidia, amor, venganza, agrado, celos.

Un personaje muestra a través de su comportamiento, razonamientos, reacciones, todas los emociones y sentimientos que conforman su psicología. Las emociones son una vertiente que proviene de nuestra mente, y el sentimiento sería todo aquello que nos decimos y el modo en cómo lo vemos.

Las listas de emociones y sentimientos van en aumento constante: la conformidad, la dependencia, el abandono son algunos de los nuevos integrantes en el pensamiento de una persona. La gama ha crecido sobrepasando los 240 enunciados, y podría seguir en aumento si se toma en cuenta la posibilidad de las combinaciones de unas y otras. Una emoción es un híbrido cuando sus ingredientes son variados, qué interesante e interminable tema es nuestra mente, ¿tú qué opinas?

En la literatura la locura está presente. El concepto se refiere a un desequilibrio mental que se manifiesta en una percepción distorsionada de la realidad, la pérdida del autocontrol, las alucinaciones y los comportamientos absurdos o sin motivo. Lo magnífico es que en una historia la locura podría no referirse propiamente a una patología: es más bien mostrar una emoción o un sentimiento en su potencia más alta y luego estabilizar al personaje a medida que transcurre el cuento o la novela. ¡La magia de la literatura es una maravilla!

Así pues, los conflictos de una historia son a la vez los conflictos de un personaje, de una sociedad o de una generación.

En la literatura hay obras como ejemplos extraordinarios del manejo de emociones y sentimientos: la piedad podría ser el tema central del cuento Diles que no me maten de Juan Rulfo. El amor en La increíble y triste historia de la cándida Eréndida y su abuela desalmada, de Gabriel García Márquez. La traición, en la Ley de Herodes de Jorge Ibargüengoitia.

¿Y las emociones y sentimientos que las historias despiertan en nosotros sus lectores?… esa es otra historia.

hola@literalika.com

El principito

Por Ángeles Favela

—¡Un día vi ponerse el sol cuarenta y tres veces!

Y un poco más tarde añadiste:

—¿Sabes? Cuando uno está verdaderamente triste le gusta ver las puestas de sol.

—El día que la viste cuarenta y tres veces estabas muy triste ¿verdad?

Pero el principito no respondió.

El 6 de abril de 1943 fue publicada la novela de Antoine de Saint-Exupéry. Sin duda el niño rubio, amigo entrañable de una rosa, es uno de los personajes más queridos en la literatura universal. Yo lo quiero. Quizá porque es un libro que ha estado presente en mi vida siempre. No puedo recordar con exactitud cuando fue la primera vez que lo leí, pero tengo la certeza de haberlo conocido antes de que yo supiera el significado de las letras. Tal vez mis padres me lo leían. Así que cuando en el colegio, durante tercero de primaria la maestra nos presentó a El Principito, él y yo ya éramos viejos conocidos.

En ese momento no imaginaba que esa novela habría de leerla muchas veces, y es que hay algo en esas líneas que se ha ido desdoblando para mí, poco a poco, a través del tiempo. He vuelto a ella muchas veces.

Cuando somos niños, gradualmente vamos descubriendo cómo los adultos ven el mundo y la vida en general y, por decir lo menos, sus ojos nos parecen algo extraños; luego somos nosotros quienes nos convertimos en adultos.

A veces creo que el niño de cabello rizado y yo, nos parecemos en algo; ser dueños de un arsenal constante de preguntas no hace la vida fácil. Me inquieta mirar mis ojos cuando releo este libro, compruebo que en mí habitan un montón de niñas, de adultas, de mujeres. La novela me ha regalado un valioso prisma de perspectivas. Lo esencial es invisible a los ojos. Me gusta saber que existe alguien incorrompible y perdurable [aunque sea un personaje de ficción] que conoce bien el valor del amor y de la amistad, que sabe que casi todo es cuestión de disciplina. Cada capítulo posee la brevedad y la fuerza pocas veces vista en una obra.

El principito sabe lo que uno aprende hasta muy entrados los años, por eso me gusta su carácter y los lentes con los que mira la vida, el amor y la sociedad.

Hace poco, alguien me preguntó si pensaba que El principito era un libro para niños o para adultos. No fue la pregunta lo que me sacudió sino mi respuesta, dije que era un libro para adultos. En ese instante me sentí como el señor muy colorado del capítulo VII, quien todo el día se repite que es un “hombre serio”… Pasé dos días pensando en ello, y esa misma noche lo leí de nuevo.

Fue una noche difícil, enfrentando fantasmas nuevos y viejos demonios. Uno nunca sabe cuando nuevos paradigmas se le han instalado en el pensamiento sin previo aviso y son momentos para reacomodar los pensamientos, las certezas y las dudas. Durante esa noche de lectura lo que más quería era que llegara la puesta del sol. Así han sido las releídas, a lo largo de mis cincuenta y dos años, de un momento a otro tengo de nuevo el libro en mis manos.

La respuesta es simple: es un libro para todos, un libro que es imprescindible que alguien más nos lea cuando somos niños, una obra obligatoria para los primeros años de escuela, para la turbulencia de la etapa adolescente y para muchos otros momentos en los que el ser humano, en medio de soledad o en la algarabía propia de la vida, se pregunte de qué está hecho o sobre qué suelo está parado.

Las capas del pensamiento van cambiando y la compañía de esta novela me resulta insustituible. Durante esa noche de lectura lo que más quería era que llegara la puesta del sol.

—Hace millones de años que las flores tiene espinas y hace también millones de años que los corderos, a pesar de las espinas, se comen las flores. ¿Es que no es cosa seria averiguar por qué las flores pierden el tiempo fabricando unas espinas que no les sirven para nada? ¿Es que no es importante la guerra de los corderos y las flores? ¿No es esto más serio e importante que las sumas de un señor gordo y colorado? Y si yo sé de una flor única en el mundo y que no existe en ninguna parte más que en mi planeta; si yo sé que un buen día un corderillo puede aniquilarla sin darse cuenta de ello, ¿es que esto no es importante?

El principito enrojeció y después continuó:

—Si alguien ama a una flor de la que sólo existe un ejemplar en millones y millones de estrellas, basta que las mire para ser dichoso. Puede decir satisfecho: “Mi flor está allí, en alguna parte…” ¡Pero si el cordero se la come, para él es como si de pronto todas las estrellas se apagaran! ¡Y esto no es importante!

No pudo decir más y estalló bruscamente en sollozos.

La noche había caído. Yo había soltado las herramientas y ya no importaban nada el martillo, el perno, la sed y la muerte. ¡Había en una estrella, en un planeta, el mío, la Tierra, un principito a quien consolar! Lo tomé en mis brazos y lo mecí diciéndole: “la flor que tú quieres no corre peligro… te dibujaré un bozal para tu cordero y una armadura para la flor…te…”. No sabía qué decirle, cómo consolarle y hacer que tuviera nuevamente confianza en mí; me sentía torpe. ¡Es tan misterioso el país de las lágrimas!

Cultura inmaterial

Por Ángeles Favela

La humanidad va dejando en el mundo la huella de sus pasos. Algunas de esas creaciones y acervos, son reconocidos como patrimonio cultural mundial. Pero, ¿qué es el patrimonio cultural?: se dice de todos aquellos bienes tangibles de las naciones, imposibles de cuantificar en su valor y, por supuesto, irremplazables. Una de las características para alcanzar el grado de patrimonio mundial, es la certeza de que su pérdida sería, no sólo para un país, sino para la humanidad entera, un quebranto.

Los bienes del patrimonio se clasifican en dos: culturales, (los creados por la humanidad) y los naturales.

En el año de 2003 se implementó la Convención para la protección del patrimonio cultural inmaterial. ¿Inmaterial? Pensé la primera vez que escuché el termino, imaginé la interminable lista de cosas intangibles que podrían considerarse en ese rango, y al consultar la lista oficial me llevé gratas sorpresas: las artes del espectáculo, los usos sociales, rituales y actos festivos, los conocimientos y usos relacionados con la naturaleza y el universo, y algunas de las técnicas ancestrales tradicionales, es decir, “todo aquel patrimonio que debe salvaguardarse, consistente en el reconocimiento de los usos, representaciones, expresiones, conocimientos y técnicas transmitidas de generación en generación y que infunden, a las comunidades y a los grupos, un sentimiento de identidad y continuidad, y que contribuyen a promover el respeto a la diversidad cultural y la creatividad humana”.

Los esfuerzos de la convención se dirigen también a la catalogación de instrumentos, objetos, artefactos y espacios culturales que son inherentes a las prácticas y expresiones culturales.

Imagina lo interesante y retador de alcanzar los objetivos para los que fue creado ese organismo. Para facilitar el camino ellos han hecho dos divisiones importantes: la primera se refiere a la lista del patrimonio cultural inmaterial con urgencia inminente de protección, y la segunda es referente a lo más representativo de valor cultural inmaterial en la humanidad. En la actualidad existen alrededor de 500 elementos integrados en las dos clasificaciones anteriores.

México es uno de los dos países de América Latina con el mayor número de manifestaciones reconocidas e inscritas. Además de los inmateriales, México cuenta con casi 40 sitios considerados como patrimonio de la humanidad, muchos de ellos naturales y otros tantos bienes culturales.

Es notorio que a lo largo de las últimas décadas el término “patrimonio cultural” fue cambiando y expandiéndose. Al principio eran únicamente monumentos y colecciones de objetos, hasta incluir, actualmente, a todas aquellas tradiciones que nos fueron heredadas de los ancestros y a su vez que serán transmitidas a nuestros descendientes.

La cultura inmaterial puede ser sumamente frágil y además representa también un vínculo importante si se trata como herramienta de respeto entre culturas y comunidades. El respeto va dirigido en gran parte al valor de los conocimientos y las técnicas, más que a la manifestación cultural en sí, y lo más interesante es que el patrimonio cultural inmaterial no se integra sólo con elementos que provengan de los antepasados, sino que puede ser lo contemporáneo y característico de una comunidad actual que beneficia de cierta forma a la humanidad.

Hoy que vivimos en la época de los procesos y procedimientos, sin duda habrá muchos de ellos, dignos de ser considerados parte del acervo cultural inmaterial. Quizá en nuestra comunidad se esté gestando algo que, si es integrador, representativo y reconocido por muchos, y además útil para crear, mantener y transmitir, se convertirá sin duda en un elemento más para la lista de cultura inmaterial.

Todos vamos recorriendo el mismo camino de la vida, estamos en la búsqueda constante de ser mejores y sí a esto le integramos el toque de fraternidad y ayuda mutua, es muy probable que, lo que ha sido útil a unos, habrá de servirnos a muchos otros.

Si todo lo que hace bien y además se hace bien, se cataloga y comunica, la humanidad entera dará pasos grandes hacia adelante, sí, esos pasos que en la actualidad, en algunos ámbitos se vislumbran lejanos, pero que se requieren ahora con urgencia.

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La primavera de Sabines

Por Ángeles Favela

Inicia la primavera vestida de un verde tierno. Hay mañanas nuevas. Hasta nos parece más nutrida la voz de tórtolos y el aire que era frío es ahora fresco. Imagino que los encinos y las rosas y con ellos todos los árboles del parque sienten el cambio paulatino desde un invierno riguroso hasta la nueva estación florida.

Durante el mes de marzo se celebra el día mundial de la poesía, y fue en este mes cuando nació y murió el poeta Jaime Sabines. 

Sabines, un poeta que se mantuvo fuera de la línea intelectual de su época, más bien se dedicó a crear en solitario. Sus versos son mundanos, incluso blanco de algunos críticos literarios, pero eso a él no le quitaba el sueño. Sabines fue de esos poetas naturales que escriben mientras se dedican a vivir. Él estaba en contra de lo mágico, apreciaba más bien todo lo que podía tocar, oler y sentir.

Fue su padre, Julio Sabines, quien fomentó en él el gusto por la literatura. El poema Algo sobre la muerte del mayor Sabines, del cual el poeta se sentía muy orgulloso, muestra la muerte de su padre y la admiración y amor que sentía por aquel hombre nacido en Líbano.

Pasó el viento. Quedaron de la casa

el pozo abierto y la raíz en ruinas.

Y es en vano llorar. Y si golpeas

las paredes de Dios, y si te arrancas

el pelo o la camisa,

nadie te oye jamás, nadie te mira.

No vuelve nadie, nada. No retorna

el polvo de oro de la vida.

Jaime fue un hombre común, hizo de todo, sus días transcurrían en las actividades cotidianas de un vendedor de telas. Escribía poesía a ratos, por las tardes o noches, sin dejar de lado su inseparable cigarrillo.

Su estilo ha cautivado a quienes han encontrado en sus líneas a un conversador infinito, una voz que habla del amor, con el humor que nadie más lo ha hecho, su lenguaje es terrenal, incluso, a veces, prosaico. La soledad, el dolor y la angustia son temas recurrentes en su poesía. 

En 1972, Jaime Sabines recibe el premio literario Xavier Villaurrutia por su trayectoria literaria junto al poeta nicaragüense Ernesto Mejía Sánchez. A partir de ahí, la trayectoria artística de Sabines se ve alentada por una gran serie de reconocimientos: El Premio Elías Sourasky en 1982, El Premio Nacional de Ciencias y en 1983 el de Artes Lingüísticas y Literatura.

La muerte le llegó en el año de 1999, padecía cáncer.

El poeta le escribió también a ese momento al que todos estamos destinados.

CUANDO TENGAS GANAS DE MORIRTE

Esconde la cabeza bajo la almohada

y cuenta cuatro mil borregos.

Quédate dos días sin comer

y verás qué hermosa es la vida:

Carne, frijoles, pan.

Quédate sin mujer: verás.

Cuando tengas ganas de morirte

no alborotes tanto: muérete y ya.

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El entusiasmo de 847 textos

Por Ángeles Favela

Culmina un certamen literario. El proyecto emprendido por Kidtopia Guía, Editorial Océano, y Literálika, al cual luego fue invitada la Fundación El mundo escribe como jurado, buscaba entusiasmar a niños y a jóvenes entre 7 y 15 años, en sus respectivas categorías, e invitarlos a escribir. 

Nunca imaginamos ser receptores de ochocientos cuarenta y siete textos plasmados cada uno en una cuartilla, escritos a mano y, en muchos de los casos, decorados con colores, ilustraciones y hasta hojas secas de alguna planta. 

Fueron cientos los que se animaron a viajar con las palabras, a estrenarse como escritores creativos. En las aulas infantiles y juveniles fue un proyecto que se convirtió en páginas y páginas de escritura, enviados por los maestros de los jóvenes y niños, para ser leídos (uno por uno) por un jurado que seleccionó, admiró y comentó… para otorgar al fin veinte reconocimientos y premios a los que consideraron los mejores.

Cómo me hubiera gustado que cada uno de los participantes hubiera escuchado todo el proceso de lectura, los comentarios, los puntos de vista de los 15 jurados que aplaudieron a estos noveles escritores. 

El proceso llevó varias semanas, desde la convocatoria hasta la ceremonia de reconocimientos, con la logística y organización que todo esto conlleva.

También me hubiera gustado mucho tener la oportunidad de escuchar los motivos que llevaron a cada uno de estos ochocientos cuarenta y siete jóvenes y niños a participar. 

El día del cierre del evento, tuvimos la oportunidad de escuchar y conversar con los veinte seleccionados y a través de sus palabras, supimos brevemente de sus sueños, de algunas de sus aspiraciones y miedos. Escuchamos también a un padre de familia que espontáneamente se animó a tomar el micrófono, de la misma forma que supimos de los puntos de vista de Grace Mackay, una de las maestras presentes. 

El Primer Concurso de la amistad, nos llevó a todos a pensar en los amigos con los que contamos y, por supuesto, en el amigo que somos. A todos los participantes les permitió explorar en torno a muchos otros temas que habitan en su interior. 

Saber que alguien, en este caso jóvenes y niños, escriben para acompañar su soledad, explorar mundos fantásticos,  conocerse a si mismos, explicarse algunos eventos, comunicarse con sus seres queridos, recordar a sus mascotas o compartir sus vivencias, nos muestra que cuando el ser humano tiene la posibilidad de expresarse, surge la magia formada por sentimientos e ideas: somos lenguaje.

Un evento de premiación puede desperdigar tristezas y alegrías a la vez. Para unos niños será inolvidable ese sábado en Literálika, y quién podría saberlo, pero quizá el futuro no muy lejano, nos depare nuevas sorpresas que surjan de la pluma de muchos de estos jóvenes escritores.

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Plaza Fátima: una semana en dos actos

Por Patricio Gómez Junco

Acto I: Maestros Mexicanos (martes)

Plaza Fátima nos abre sus puertas para que admiremos y gocemos sus salas y corredor, engalanados con pinturas, reflejo y muestra del arte mexicano en pinceles de notables artistas del siglo xx.

Es normal que en un museo nos guste una obra más que otra, o que quizá no entendamos todo lo que se expone. Es normal. Pero indispensable es abrir los ojos, la memoria y el alma para que el duendecillo de la imaginación y la arbitrariedad, del subconsciente y las locuras, nos lleve a alcanzar uno de esos momentos estéticos que nos reconcilien con nuestra historia, país y sociedad (la de hoy) anclada y afirmada en la de nuestros abuelos y ancestros, a la vez que nos ofrezca una oportunidad para entender nuestras dualidades, contrariedades, incongruencias.

En la Inauguración de cualquier muestra, hay formalidades, banalidades y barullo que obstruyen la disposición del visitante. No es el mejor ambiente para admirar, disfrutar o conocer siquiera la obra que se expone.

Al igual que un buen libro nos invita a su relectura. Una buena muestra merece una segunda o tercera visita, en silencio y en sosiego, desde variados ángulos y miradas, para dejar que el pensamiento vague, relacione, compare, discuta, evoque y finalmente nos rebase con un suspiro, brote del alma nutrida de formas y colores.

Un lienzo que expuso ante el artista su desnudez, ahora, transformado por el trabajo del pintor, nos pregunta, reclama o sugiere, nos confronta y nos exige libertad de imaginación y recreación. No hay clichés, no todos ven lo mismo, no todos “oyen dictados angelicales y certeros”. No hay obligación de coincidir ni con la voz común, ni con la del crítico o el curador. Se abre un mundo de libertad en la necesaria ambigüedad del arte.

Así como el mejor vino es el que a ti te guste, el mejor pincel será el que más te llame, emocione o agrade.

Ante la pintura hemos de ejercer la libertad de gusto y opinión, con tal que observemos con detenimiento. La pausa entre las prisas es uno de los ingredientes necesarios para aprender y disfrutar de un museo.

Nos quedan 90 días para repasar (volver a pasar) Plaza Fátima y sus óleos admirables.

A los ciudadanos nos toca completar el esfuerzo, cerrar el bondadoso círculo que se nos ofrece y aprovechar la presencia de Maestros Mexicanos.

Acto II (jueves)

Al tiempo en que se terminaban los ecos de la algarabía de la exposición, durante las primeras horas del jueves, se cerraba una vida. El escritor, dramaturgo, actor y maestro Rubén González nos dejó con las ganas de abrazarlo al día siguiente, 8 de marzo, en que confluiría su cumpleaños con un reconocimiento a su trayectoria.

Literálika ya invitaba a la presentación-homenaje: Dramas Nuevo León, grupo de escritores que por muchos años trabajaron sus propios textos y nutrieron la amistad, al tiempo que le ponían voz al drama de sus diálogos. Seguramente habrán reído a carcajadas el ingenio literario y la fina broma de la pluma.

Plaza Fátima fue aula para sus clases de teatro y también escenario de su actuación. 

Hubo cientos de escenarios más. Y fueron cientos de amigos, cientos de recuerdos los que se fundieron el viernes en un aplauso prolongado en el recinto de la iglesia La Purísima.

Ese día llegó otro homenaje, entre la armonía de las estrellas.

Leer es vivir

“Leer es una manera de expandir nuestro horizonte de experiencias.”

Raymond Mar

Por Ángeles Favela

De un tiempo para acá, aunque más bien debiera decir: “de una edad para acá”, dedicó atención a conocer un poco más sobre los efectos o reacciones que tienen en mí las actividades que realizo de manera frecuente y cotidiana.

Saber del oxígeno que recibe mi organismo mientras camino, y de todos los beneficios que ello representa, me robustece para no flaquear cuando miro de reojo a mis tenis, antes de calzarlos. Es una señal de alerta para no ceder o postergar.

Ser más reflexiva me ha servido para otras cosas, como dejar de comer lo que tanto me gustaba, o cuando muchos años atrás, un día decidí que ese cigarrillo era el último que fumaría en mi vida. 

A veces, hago también lo mismo para lo que disfruto en automático, me gusta esa paz que brinda el conocimiento de la causa y efecto de las actividades que realizo, por fortuna no al grado de obsesión, por lo menos hasta ahora. Ya habré contarles cuando llegue a la línea “de un tiempo para allá”.

Leer es una de las cosas que más disfruto y saber que realizarlo tiene efectos físicos y emocionales, me ha llevado a conocer lo que dicen los expertos al respecto. Raymond Mar, psicólogo de la Universidad de York menciona que “una cosa es la parte del cerebro que se activa cuando leemos y otra es conocer cómo interviene la mente en el proceso”

Y es que nuestro proceso de pensamiento nos permite crear imágenes o asociar con las descripciones que nos proporciona un texto. Sin duda, leer es también vivir. 

Está comprobado que para el cerebro no hay una clara distancia entre la vida que sucede en una historia y esa historia en la experiencia real. Es decir, podemos sentir miedo, dolor y gozo al mismo tiempo que lo siente el personaje de la historia que estamos leyendo.

 “De alguna manera el cerebro simula la acción que lee”, señala Verónique Boulenger, investigadora cognitiva en Lyon, Francia. 

Al leer ejercitamos la empatía, que es la emoción o sentimiento de identificarnos con alguien o con algo. Y esas prácticas o experiencias son significativas para las experiencias siguientes y las siguientes y así de manera consecutiva hasta el fin de nuestra existencia.

La vida es la suma de esos millones de experiencias consecutivas, ¿qué opinas?

Por último, un detalle que me ha llamado la atención es saber que hay gente investigando y otros más que ya señalan que leer nos regala a nivel salud los mismos beneficios que meditar. 

Leer nos permite entrar a un estado de relajación profunda, y mientras escribo esta línea debo confesar que estoy mirando hacia la fila de libros que aguardan en mi escritorio para ser leídos, por lo pronto, elijo uno ahora mismo.

hola@literalika.com